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El rocambolesco conflicto de la nación vasca

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Creo que es necesario en estos días hablar de un tema escabroso pero que tiene que salir a la palestra. Vivimos tiempos de agitación respecto al independentismo Catalán y Vasco y a llegado la hora de poner las cartas sobre la mesa y estudiar los orígenes para saber la base sobre la que se sustenta la petición independentista.

Tratar ambas regiones en un solo artículo sería imposible sin llegar a aburrir soberanamente al lector, por eso lo hare en dos partes  una respecto Guipuzcoa y otra respecto a Cataluña.
Esto no pretende ser un artículo de historia y nada más alejado de mi intención que así sea, pero como la clase política española (tanto la independentista como la centralista) se han empeñado en borrar el pasado a palos e interpretarlo a su buen hacer y conveniencia quiero intentar ser objetivo y para ello es necesario retroceder en el tiempo.

Hay que remontarse a principios del siglo XI para encontrar los primeros documentos sobre Guipuzcoa. En este momento es perteneciente al reino de Pamplona. Así García Acenáriz, señor de “lpuscua” y el rey Sancho III el Mayor donan a San Juan De La Peña el monasterio de San Salvador de Olazábal. De esta documentación se puede obtener que Guipuzcoa es una tenencia entre cuyos primeros mandatarios encontramos a García Acenáriz y Orbita Acenáriz seguida de Fortún Acenariz. La obediencia al reino de Pamplona se acaba tras la tragedia de Peñalen, en la que murió asesinado Sancho IV. Más tarde vemos que la tenencia de Guipuzcoa ahora con el título de condado, viene unida a Álava y a Vizcaya en 1083 con Lope Ennecones y en 1088 con el conde Lupo.

Comienza así una espiral extraña para esta región que voy a intentar resumir y desenmarañar. En 1076 la mitad occi-dental del territorio guipuzcoano pasó a Castilla, regida por Alfonso VI, mientras el resto se incorporaba al dominio del rey navarro-aragonés Sancho Ramírez, con lo que ese cambio de dirección política advertido adquirirá carta de naturaleza, pues serán los señores de Vizcaya quienes gobiernen Guipúzcoa en nombre de los reyes castellanos. Si en 1078 Orbita Aznárez, navarro y primer eslabón conocido del futuro linaje alavés de Guevara, era señor de Guipúzcoa, en 1082 el conde de Vizcaya, Lope Iñiguez, reunía ya en su persona las tenencias de Álava y Guipúzcoa.
Es en  1134 cuando todo se enreda un poco más, tras el fallecimiento de Alfonso I el Batallador se separaron los reinos de Pamplona y Aragón. El restaurador del reino de Pamplona, García Ramírez, era reconocido desde 1134 como soberano sobre Álava, Guipúzcoa y Vizcaya a través de su tenente, Ladrón Iñiguez de Guevara. Esta soberanía la mantuvo Sancho VI el Sabio, que tuvo por tenente en Guipúzcoa al hijo del de Guevara, Vela Ladrón.

Encontramos como síntoma de inseguridad de la presencia navarra en este territorio el que Sancho el Sabio se intitulara “rey en Guipúzcoa” sólo en dos ocasiones, frente a la frecuencia con que lo hiciera García Ramírez. De hecho, cuando en 1200 Alfonso VIII de Castilla incor-poró Álava y Guipúzcoa de forma definitiva a su reino, Navarra no pudo oponerse no sólo a la potencia militar de su adversario sino tampoco a la decisión de las pueblas guipuzcoanas de tomar partido por el rey castellano. Este hecho no debe ser pasado por alto pues contrasta con lo acaecido en Álava en aquel mismo momento. En Álava, Alfonso VIII se apoyó en la nobleza para frenar a la monarquía navarra, utilizando su descontento frente al creciente poderío de las villas realengas mientras que en Guipúzcoa procedió justamente al contrario, y fue preci-samente el compromiso de nuevas fundaciones el que frenaría el empuje de la nobleza feudal y animó a la población a dar su apoyo al castellano. Pensemos que hasta 1200 los navarros sólo habían fundado San Sebastián en 1180 por razones de estrategia política y económica, buscando una salida al mar.

Respecto a la incorporación de Guipúzcoa a por una parte, diversos tratadistas ajenos a la provincia defendían la con-quista de Guipúzcoa en 1200 por Alfonso VIII. Considera-ban los fueros meros privilegios obtenidos a lo largo del tiempo. Una de los máximos exponentes de esta línea historiográfica es el historiador navarro Moret. Según Moret la Alta Navarra, a pesar de ser conquistada en 1512, conservó sus fueros e instituciones; la conquista de un reino o territorio por parte de un monarca extraño no implicaba la eliminación de las leyes, fueros e instituciones mediante las que se regía. El caso de la conquista de Guipúzcoa en 1200 y la posterior conservación de sus fueros, era utilizado por los navarros como antecedente de lo que aconteció en la Alta Navarra en 1512.

Por otra parte, existía una visión “pactista”, que coincidía con la visión de las autoridades provinciales, para la que las diversas uniones y desanexiones efectuadas por la provincia con diferentes coronas, a lo largo de la Edad Media, habían respondido a su libre elección y albedrío. No obstante, dentro de esta línea se formaron dos interpretaciones antagónicas. Alonso Núñez de Castro y Antonio Lupián y Zapata defendían la existencia de un documento que recogía las capitulaciones de incorporación a Castilla firmadas en 1200 por los representantes provinciales y el rey de Castilla. Esto suponía que Guipúzcoa se incorporó voluntariamente a la Corona de Castilla y que sus habitantes pasaron a ser vasallos del rey de Castilla. Por otro lado las autoridades de la provincia de Guipúzcoa y Gabriel de Henao defendían que dicha unión con Castilla fue una simple confederación entre dos territorios. Esto supone que Guipúzcoa no se incorporó a Castilla y que sus habitantes no pasaron a ser vasallos del rey castellano; por supuesto, se negaba la existencia de capitulaciones.

Fuera como fuere Guipuzcoa se anexo a Castilla a partir de 1200, la definitiva vinculación de Guipúzcoa a la Corona de Castilla se relaciona estrechamente al capital fenómeno de la organización espacial protagonizada por las villas y los distintos monarcas. La fundación de un total de veinticua-tro núcleos supuso un proceso de reestructuración del territorio acorde a unas directrices políticas y económicas marcadas por los diversos reyes castellanos. Desde el punto de vista espacial y social, Guipúzcoa se organizaba en el momento de la institución de San Sebastián en valles, circunscripciones que constituían agrupaciones de aldeas y tierras, en las que se asentaba de manera bastante dispersa una población vinculada por lazos de parentesco más o menos fuertes. La fundación de villas modificó estas coordenadas espaciales y, por tanto, económico-sociales en las que habían vivido sus habitantes. En la mayor parte de los casos no se trató de la creación de nuevos núcleos de población, sino de su elevación a la categoría de villa.

La etapa comprendida entre los años 1203 y 1237 vio la aparición de cuatro localidades costeras: Fuenterrabía, Guetaria, Motrico y Zarauz, fueron constituidas como villas por los reyes castellanos Alfonso VIII y Fernando III. El interés por los puertos es indudable, pero no lo es menos la intención de Alfonso VIII en delimitar su recién ocupado territorio en sus dos extremos, oriental y occidental, frente el reino de Navarra en Fuenterrabía y ante el Señorío de Vizcaya en Motrico. Con ello, además, se contribuía desde la villa a disolver las relaciones socio-económicas dominantes en Guipúzcoa, entre las que no podía encontrarse cómoda una sociedad más orientada al comercio y necesitada de vínculos sociales más flexibles: las relaciones de carácter feudal basadas en el parentesco, en la red de dependencias que conllevan los linajes de familias dominantes en los valles, se diluyen en la villa, integrada por solares familiares individuales y que aglutina población que no pasará ya a acrecentar la parentela de los poderosos.

De esta forma, la creación de las villas guipuzcoanas no respondió a una única causa sino a un complejo entramado de razones económicas, políticas y sociales que varían según el momento histórico, circunstancia que resulta aplicable a las otras provincias. El resultado, a fines del siglo XIV, es la existencia de una red urbana que alteró de forma profunda las estructuras del territorio. Se esta-blecen nuevos polos de atracción, potenciándose el litoral mientras en el interior se crean renovados ejes de expansión. Este fenómeno otorga, asimismo, un impulso definitivo a la red de caminos. Las villas se convierten en jalones de las rutas de la región y éstas dotan a las zonas urbanas de una nueva dinámica económica y social. Por otro lado, formar parte del cuerpo social de una villa impli-ca poseer un derecho de vecindad que conlleva exigencias, pues todos los vecinos están sujetos al pago de impuestos municipales para el mantenimiento de la villa. Junto a las obligaciones, existen una serie de dere-chos: la posibilidad de disfrutar de las tierras comunales; el vecino es juzgado por el alcalde y las autoridades reales según el fuero que recibe la villa, lo que, en principio, le libra de arbitrariedades; se 
beneficia de las exenciones fiscales y penales que la carta foral señala; puede ser fiador y testigo en los juicios, siendo su testimonio superior al de la persona forana. A lo expuesto, se añade la protección física que otorga el vivir en una sociedad que delimita su suelo edificado con una muralla y se dota de instituciones de gobierno. Por todo ello, la condición de vecino será enormemente apetecida por quienes no la posean.

Todos estos aspectos no pasaron desapercibidos a los monarcas cas-tellanos, que vieron en las villas una eficaz herramienta de fortalecer su posición y dominio político territo-rial. La reacción de los señores de la tierra no se hará esperar. Desde el siglo XIV unos recurrirán al enfren-tamiento abierto, yendo de forma violenta contra el mundo urbano; otros tratarán de introducirse en las villas, adaptando sus economías y formas de vida a la nueva situación, acaparando poco a poco las propias instituciones villanas. A lo largo de los siglos XIV y XV, las Hermandades existentes en las tres provincias vascas, agrupaciones de villas que servían de autodefensa en los turbulentos días de las crisis bajomedievales frente a las agresiones de la nobleza feudal, así como la progresiva constitución de sus Juntas Generales, competentes en la toma de decisiones cruciales como la fiscalidad y responsables de la creación de un Derecho territorial, fueron el soporte de la soberanía castellana en aquella tierra.

Como conclusión obtenemos que la anexión política de Guipúzcoa, y por ende las otras dos provincias, a la emergente potencia castellana va íntimamente unida al largo curso de delimitación territorial, reorganiza-ción económico-social y cristaliza-ción institucional, efectuados en un marco de conveniencia mutua para los reyes de Castilla y diferentes grupos sociales del País Vasco. Esta confluencia de intereses fue la clave para que aquel acontecimiento re-sultase perdurable en el tiempo. Pero tan importante como la incor-poración puntual en sí resulta para su permanencia la labor reestructu-radora de los territorios y si en ella se observa una directriz regia, está fuera de toda duda que la mayor parte del entramado social vasco, aquella que pretendía escapar al control feudal de los linajes de la tierra, apoyó decididamente este proceso de estrechamiento de lazos con la monarquía castellana.

Fuera como fuere lo que si es una realidad es que Guipúzcoa comenzó a formar parte de castilla de una forma voluntaria y que es como es en la actualidad gracias a las actua-ciones que el reino de castilla llevo a efecto. Además mucho antes de esa voluntaria anexión, estaban bajo el yugo de Navarra, por lo que su estado se alejaba con mucho de un estado de independencia.

Todo esto me hace formularme una pregunta ¿Quñe independencia puede solicitarse cuando nunca se fue independiente? ¿Cómo poder ser una nación cuando nunca se fue una y cuando pudo ser así se anexionaron voluntariamente a Castilla para que les sacaran las castañas del fuego respecto a Navarra?

En fin esto es la realidad y cada cual que juzgue, opine y tome un juicio sobre el rocambolesco conflicto de la patria vasca.

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