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No hay España sin Dios

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No se puede entender nada sobre la historia de España si hacemos caso omiso de la Religión Católica actual.

El ideario de Patria en un patriota español es completamente diferente del que pueda tener cualquier otro patriota extranjero, por lo que debemos alejarnos absolutamente de sus extravagancias. El más común en él es el de una patria basada en elementos absolutamente novedosos y artificiales que hacen tabla rasa de toda la historia anterior a la Revolución. Son modelos revolucionarios, jacobinos, de pura raigambre liberal, centralistas, unitarios, idealizados, totalitarios y profundamente transformados por una uniformización de costumbres, pensamiento y lengua, y ante todo, profundamente ateos. Un francés, un inglés, un norteamericano, cualquier sudamericano, un portugués, un belga, un alemán o un italiano no tienen más referente patriótico que el que surge de su respectiva revolución, más temprana en el caso del británico, más reciente en el del portugués, todas en un mismo sentido ideológico y con un mayor o menor proceso de larvación hasta el estallido final. En ocasiones, ese proceso se extiende en el pasado a la inoculación del virus protestante, padre del liberalismo y del comunismo (países nórdicos), y en otras, se retrasa hasta épocas recientes por razón de la unificación (Italia, Alemania), la independencia (Canadá, Australia, países balcánicos) o por pura madurez que hace caer la fruta tardía (Portugal).

España es un caso aparte. Es el primer estado moderno en constituirse, en época de los Reyes Católicos, tras una fragua de ochocientos años de Reconquista que continúa en América sin solución de continuidad, y es el único donde la Revolución no ha logrado, a pesar de sus múltiples intentos, constituir un modelo patriótico firme, que substituya al tradicional. Pretenden los actuales "patriotas" demócratas construir e imponer ese nuevo modelo basándose en la constitución de Cádiz o en la segunda república, pero desgraciadamente, y a pesar de doscientos años de liberalismo que llevamos ya padecidos, las guerras carlistas y la Cruzada pusieron fin a tales intentos, que no lograron prosperar. Y en cuanto al liberalismo en el poder, desgraciadamente para los demócratas, y dejando de lado los primeros años radicales de 1820 a 1840, siempre fue de misa diaria y de exquisita educación en colegio de curas, hasta el punto de poderse decir que el reinado de Isabel II y la época de la Restauración a partir de 1876, fueron sin duda una balsa de aceite en comparación con otros regímenes liberales extranjeros, mucho más agresivos y corrosivos, y que jamás constituyeron modelos patrióticos novedosos y contrarios al tradicional.

Este modelo de quinientos años, al menos en su expresión moderna, no se desbarata hasta 1978, con la constitución actualmente vigente, y la profunda y devastadora destrucción social y moral que a su sombra se acometió, en especial a partir de 1982, si bien los preámbulos de la catástrofe ya se hallaban bien dispuestos, al menos, desde 1958. No es posible concebir tal reversión de valores, tal aniquilación del ideario tradicional de patria española, y en tan breve tiempo, sin la extinción absoluta de la Fe católica que se ha producido en los últimos cincuenta años, extinción que no se puede explicar sin la activa colaboración de la jerarquía eclesiástica en el harakiri operado en la Iglesia, no ya a nivel español, sino mundial. Por eso hemos perdido la guerra que ganamos. Los restos contrarrevolucionarios que hubieran podido quedar en Europa después de su derrota en la segunda guerra mundial, resultaron definitivamente aniquilados tras la revolución operada en la Iglesia Católica tras el Concilio Vaticano II, que ha traído como consecuencia la práctica ocupación y extinción de la misma. La conclusión es trágica para los que aún nos conservamos patriotas: el que va a misa los domingos, el cura de la parroquia, el obispo de nuestra diócesis, ni son católicos, ni es cura, ni es obispo; y, por lo demás, son nuestros enemigos, y no podemos permitirnos la imprudencia de tenerlos con nosotros en las trincheras. ¡Cave "catholicos"!

España no se entiende sin la Fe Católica de nuestros ancestros. Ninguna gesta histórica se comprende sin el carácter sacrificado y austero de nuestros héroes, forjado a la sombra de la Cruz. Nuestro patriotismo no puede ser al estilo extranjero de ningún país; nuestra Patria no es ésta, no es el modelo inaugurado bajo perjurio por la constitución de 1978. No creemos en patrias ideales, unitarias, centralistas, totalitarias, revolucionarias al estilo liberal jacobino, basadas en razas, lenguas, estados endiosados de derecho, voluntades populares, derechos humanos y democracia, por mucho que durante un tiempo sea absolutamente necesaria una severísima dictadura para limpiar la Patria y darle su antiguo esplendor. Revolución contra Revolución. Todo auténtico patriota debe dejar de mirar hacia afuera, hacia modelos revolucionarios extraños, para dirigir su mirada al pasado, a las enseñanzas de la Iglesia eterna y de su recta filosofía, que fueron sepultadas en 1962, y que han constituido el alimento espiritual de nuestra Patria y de sus héroes desde Recaredo. Y debe ser también consecuente en sus actos con su Fe. No hay Revolución fuera si no la hay dentro primero, si no se asumen ciertos principios de pensamiento filosófico tradicional y no se actúa con una recta teología moral fuertemente afianzada en el corazón. Así se construyó esta Patria, con la filosofía de Santo Tomás y la Doctrina de la Iglesia inmortal. Esta no es patria de ateos, herejes, perjuros, impíos, sacrílegos, blasfemos, desobedientes, escandalosos, pendencieros, onanistas, maricones, adúlteros, fornicarios, ladrones, estafadores, usureros, corruptos, mentirosos y maledicentes. El futuro de la Patria está en manos de los que aún creemos en ella y en sus valores eternos, y estamos dispuestos a aplicarlos en el sacrificado día a día de nuestras pequeñas e insignificantes vidas.