El pueblo
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El pueblo

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Un pueblo ridículamente universal o miserablemente particular, es lo políticamente correcto.  Porque con un marco de referencia histórico y cultural concreto, la gente ya no sería más esa cosa amorfa e indeterminada que los políticos manejan.

Todos hablan del pueblo, pero a poco andar les resulta peligrosa una palabra con múltiples interpretaciones y prefieren hablar de “la gente”. Ese es el concepto de la imbecilidad semántica. “La gente” es la consumación idiomática de un ideal político y cultural: el mismo que vemos cada día en los medios de comunicación, el que los políticos postulan por esos mismos medios. La “gente” es lo que queda del pueblo, una vez reducido a un simple grupo de consumidores.

Es cierto que alguna izquierda ortodoxa, aferrada a su vieja terminología tanto como a su fracaso, utiliza todavía en ciertas oportunidades el término pueblo. El suyo es un pueblo tan abstracto y anónimo como “la gente” del show partidocrático demoliberal.

Es que todos ellos apuntan siempre al pueblo indiferenciado de la fe progresista, que nos propone el término “gente” para la masa de autómatas que dirigirá la vanguardia esclarecida de los magos de la economía y la burocracia tecnocrática, los únicos autorizados para conocer y difundir “el final de la historia”, los iluminados que aplican conceptos “científicos” para encauzar los problemas del materialismo con más materialismo humillante y opresor.

La palabra pueblo sin embargo, puede llevar en sí toda una filosofía política alternativa. Partiendo de esa palabra, se pueden alcanzar metas elevadas si conseguimos encauzarnos en la dirección correcta. La cultura, la historia, la espiritualidad, todo se puede analizar alrededor de una idea precisa sobre qué es un  pueblo y qué no lo es.

Una comunidad organizada en torno de su identidad y de sus propios objetivos es para nosotros un pueblo. Una experiencia intransferible y vivencial, y aunque los autores traten de volcarla lo mejor posible en la teoría, no cabe duda que el arte, la cultura y la historia, son el mejor testimonio de esa realidad.

Una lógica elemental nos indica que “la humanidad” no es un pueblo, sino un concepto abstracto. En todo caso, sería la indiferenciación final de todos los pueblos, que implica por lógica la extinción particular de cada uno, la síntesis prevista para lograr el diseño de un hombre a la medida de la globalización económica tecnológica y financiera, en su progresiva concentración de poder.

La gente, los “recursos humanos” o el “material humano” -como he visto escrito en la puerta de una agencia de empleo- son la idea de pueblo que tiene el sistema.

La fácil manipulación de las ideas puede designar como pueblo a casi  cualquier cosa, desde toda la población del orbe a cualquier grupo humano por ínfimo que sea. Esto es posible por la falta de un contexto real de resistencia cultural. La “gente” puede pertenecer a una región, a un barrio o a la humanidad entera, pero nunca a un pueblo como entidad histórica y culturalmente trascendente.

La palabra pueblo ha pasado a ser sinónimo de todo y de nada, porque ya no hay marco de referencia para una definición apropiada.

Las identidades culturales, lo que diferencie e identifique a un grupo humano de la absoluta generalidad o de la más estrecha pequeñez, ha sido prolijamente eliminado del lenguaje, de las ideas y del sentido común.
Un pueblo ridículamente universal o miserablemente particular, es lo políticamente correcto.  Porque con un marco de referencia histórico y cultural concreto, la gente ya no sería más esa cosa amorfa e indeterminada que los políticos manejan.

Un pueblo es tal, cuando su identidad mantiene voluntad y poder para seguir existiendo en el contexto universal, cuando tiende a integrarse en un proyecto de poder en un espacio preciso. De lo contrario, se diluye en unidades mínimas regionales o en unidades abstractas universales.

Un pueblo es articulación orgánica de identidad, espacio y poder. Un pueblo es un orden establecido desde sí mismo, en relación con un destino. La grandeza consiste en que esa identidad sea lo suficientemente dinámica para poder expandirse espiritual y materialmente, y suficientemente estable para no perder su esencia. Una unidad dinámica de identidad, que despliega un poder suficiente para la subsistencia.

Con estas ideas en mente, pensemos cuántos de los amontonamientos de “gente” que conocemos, pueden llamarse todavía un pueblo.

Juan Pablo Vitali

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