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Perdida en un laberinto

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Ten cuidado con lo que deseas porque podría hacerse realidad... y esto es lo que le está ocurriendo a un montón de personas de la izquierda, que se encuentra haciendo auténtica ingeniería intelectual para poder encajar la realidad y su pensamiento.

Atrapados entre sus ideas y el mundo real se encuentran en un laberinto del que no es fácil salir airoso sin una buena dosis de incoherencia.

Elena (nombre y personaje ficticio) es una mujer de izquierdas, como tal ha optado toda su vida por ser una feminista militante, luchando a brazo partido por cuestiones a su juicio tan importantes como el uso no sexista del lenguaje. Pero lógicamente no era su único frente de batalla: siempre fue una defensora acérrima del respeto a otras culturas frente a las posiciones de la derecha que ella consideraba reaccionarias, intolerantes y casposas.

Todo iba bien hasta que la realidad tuvo la desfachatez de intervenir como un tsunami de mal gusto, insolente y descarada como solo la realidad sabe serlo, y lo hizo en forma de pañuelo. Al principio era algo anecdótico, un toque de color sin importancia, pero el velo islámico poco a poco fue más y más frecuente, entró en nuestras escuelas y su presencia en nuestras calles dejó de ser anecdótica y nuestra querida y bien intencionada Elena se encontró frente a una ecuación de imposible solución. Ella, que había debatido hasta quedar afónica acerca de si el hecho de que un hombre la cediera el paso en una puerta era intolerable o no, se encontraba en la tesitura de condenar el uso del velo como muestra de sometimiento al hombre, o respetarlo y aplaudirlo como muestra de la riqueza de una sociedad multicultural que tanto había deseado.

Ella, que hablaba de la Iglesia Católica como si se tratara de la peste y que en alguna ocasión, entre bromas y veras, había llegado a decir que "la única iglesia que ilumina es la que arde", se había encontrado en una manifestación para apoyar que con dinero público se financiara la construcción de un centro islámico con mezquita incluida... aún no sabía cómo compaginar su ateísmo militante, sus arengas de taberna con los amigos a la hora del aperitivo acerca de quemar y cerrar templos, con sus manifestaciones a favor de financiar la construcción de mezquitas. Pero es que Elena es una mujer de acción: primero se actúa y luego, si hay tiempo, se piensa.

Elena en el fondo no es mala gente, sin lugar a dudas fue la que más satisfacción sintió en todo el bloque de viviendas donde habitaba cuando coincidió con un nuevo vecino de origen caribeño que se acababa de mudar al piso de al lado. Se sintió satisfecha, ella y su pequeña comunidad de vecinos eran la prueba viva de que la convivencia era posible ¡qué posible! ¡deseable! y nuestra buena Elena se dispuso a disfrutar de la nueva situación.

El primer fin de semana apenas pudo dormir. El regetón sonó a todo volumen hasta la madrugada, acompañado de voces, risas y gritos. Y ella en vela en su cama esbozó una sonrisa y pensó que era lógico, que ella misma había hecho una fiesta cuando inauguró su piso, y se reconfortó pensando en lo felices que se les veía, lo alegres que eran sus nuevos vecinos, y en lo mucho que debían haber sufrido los pobres antes de llegar a España.

El segundo fin de semana en blanco no se sintió tan animada, pero entendió que era su forma de exteriorizar su alegría y de relacionarse entre ellos, y se hizo la firme promesa de intentar entenderlos.

Al tercer fin de semana la cosa se complicó. Al parecer la fiesta terminó en una disputa con voces, empujones y carreras por las escaleras... sin duda es un problema de educación nada más, sólo necesitan que alguien les oriente y ayude en su integración ¡y esa bien podía ser ella!

Al cuarto fin de semana llamó a la puerta de sus vecinos. Cuando abrieron empezó a contarles que vivir en comunidad es un ejercicio de mutuo respeto y lo mucho que se alegraba de tenerles como vecinos, pero debían también entender las costumbres de los demás etc., cuando una voz desde dentro preguntó ¿qué ocurre? y alguien con acento dominicano contestó "la rasista de la vesina que intenta jodelnos"... ¡¡¡racista!!! ¡¡¡la habían llamado racista!!! Siempre presumió de ser rápida de mente y de verbo fácil pero ¡¡¡racista!!! Estaba tan poco preparada para una cosa así que no supo contestar.

Dos meses después Elena se mudaba de su barrio de toda la vida a un pequeño apartamento en una zona exclusiva de las afueras. Por supuesto no tenía nada que ver con sus adorables nuevos vecinos, se fue porque la contaminación y el tráfico eran insoportables en su barrio por culpa de ciudadanos sin conciencia que se negaban a usar el transporte público (transporte que por cierto ella tampoco usa).

Y es que Elena está en un laberinto del que no sabe salir.

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