Get Adobe Flash player

EL RELATIVISMO CULTURAL

Share

 

Es sorprendente que muchos de los ciudadanos occidentales no sean conscientes de que estamos inmersos en una guerra cultural, al menos uno de los bandos en esta contienda siempre fue muy claro al respecto, recordemos las palabras del judeomarxista Georg Lukács uno de los creadores del marxismo cultural:

- "El marxismo solo triunfará si se derrumban los valores de la civilización occidental"

- "¿Quién nos salvará de la civilización occidental?"

Ésta es una guerra en la que el objetivo es destruir todos los cimientos de la civilización occidental. El ataque a nuestros principios y valores se está llevando a cabo en todos los frentes y en todos los ámbitos de la cultura y, para nuestra desgracia, con un éxito arrollador. Hoy me gustaría hablar de una de esas batallas culturales en las que tanto nos jugamos y en las que las ideas del marxismo cultural se han terminado imponiendo con tal éxito que se han convertido en hegemónicas, especialmente en el ámbito académico: el relativismo cultural, uno de esos dogmas incuestionables de nuestra era, uno de esos principios aparentemente incuestionables con los que se envenena a nuestros estudiantes.

El relativismo cultural no es otra cosa que el relativismo o el nihilismo aplicado a la antropología. Según esta corriente de pensamiento todas las culturas tendrían igual valor, y ninguna sería superior a otra, pues todos los valores son considerados relativos. En definitiva, según el relativismo cultural no existen culturas que sean mejores o peores que las demás, así como tampoco un criterio que las pueda evaluar.

Que todas las civilizaciones tengan el mismo valor y no podamos hacer una clasificación que establezca que unas civilizaciones son objetivamente superiores a otras es una pieza fundamental dentro del fomento del multiculturalismo y de la demolición cultural de Occidente. El relativismo cultural considera imposible decir qué criterio es mejor dentro de varias sociedades que son totalmente diferentes en su moralidad, considera así mismo que no se debe imponer algo sólo porque dentro de una sociedad esté visto como bien hecho, habría que tener en cuenta si en otra sociedad se considera correcto precisamente lo contrario.

En la calle esto se traduce en el axioma que todos hemos oído de "son sus costumbres y hay que respetarlas" o, como diría Alain de Botton, "nadie debería juzgar las acciones de otras sociedades, por el solo hecho de ser diferentes a las nuestras, tenemos que ser tolerantes y aceptar que simplemente todos somos diferentes".

Curiosamente el marxismo cultural nunca se muestra comprensivo con aquellos miembros de su propia civilización que no comulgan con sus principios, con ellos despliegan una estrategia bien distinta, lo que ellos denominan la intolerancia con el intolerante. Esto y no otra cosa es el correctismo político o la dictadura de lo políticamente correcto. Si el marxismo cultural defiende el matrimonio homosexual, aquel que se oponga por considerar que la unión de dos hombres no constituye un matrimonio será tachado de homófobo e intolerante y la dictadura de lo políticamente correcto se mostrará intolerante con su intolerancia; si un occidental se muestra en contra de la multiculturalidad será considerado un intolerante un racista y la dictadura de lo políticamente correcto descargará su ira contra él y su intolerancia.

La tolerancia del marxismo cultural solo se despliega en toda su plenitud y comprensión para con los miembros de otras civilizaciones, especialmente si estos se encuentran viviendo en una de las sociedades paralelas que se están desarrollando en el seno de los países occidentales.

Pero el relativismo cultural no sólo es una pieza fundamental dentro de las corrientes que intentan destruirnos impulsando la aceptación del multiculturalismo, la peor misión del relativismo cultural es denigrar nuestra civilización. ¿Por qué iba a sentirse orgulloso uno de nuestros jóvenes de pertenecer a la civilización occidental si tiene el mismo valor que cualquier otra? Por si esto fuera poco se le dice que es la responsable de todos los males del mundo. ¿El racismo? ¿La esclavitud? ¿Las guerras? ¿La pobreza? Todo culpa de Occidente.

Es cuando menos curioso que mientras el gobierno de EEUU coloca posters en las aulas de grandes personajes negros de la historia -con la declarada intención de que los estudiantes afroamericanos aumenten su autoestima y se sientan orgullosos de sus raíces-, los profesores de nuestra aulas enseñan a los estudiantes de todos los países occidentales que su civilización no es objetivamente superior a ninguna otra, que Occidente con Grecia, Roma, el Humanismo etc. no sólo no es superior a la civilización de los aborígenes de Australia o Nueva Guinea, sino que además acumula más pecados y crímenes que todas ellas juntas. ¿Se ha preguntado usted alguna vez acerca del por qué da ese tratamiento tan distinto a los estudiantes afroamericanos y a los estudiantes occidentales? Piénselo, la respuesta no es tan difícil de encontrar.

Si alguno de nuestros estudiantes, en un arranque de valor o de lucidez, dijera a su profesor que eso es una solemne tontería, sería acusado de ser un etnocentrista (que es la creencia en que la propia cultura es superior a otras...) y la maquinaria del correctismo político se pondría en marcha. El etnocentrismo hoy día es considerado una suerte de racismo cultural, un pecado imperdonable y aquel que lo ejerce será tratado con la dureza y con la intransigencia que merece su cerrazón y su intolerancia.

Desde luego la antropología -el estudio del ser humano y de las sociedades en las que habita- no siempre estuvo contaminada por el igualitarismo del marxismo cultural, hizo falta que judeomarxistas como Franz Boas o Lévi-Strauss, vinieran a abrirnos los ojos y a sacarnos de nuestro error.

Durante siglos el hombre se interesó por conocer, estudiar y aprender acerca de otras sociedades. Existen textos sagrados en muchas tumbas faraónicas de la época del Imperio nuevo de Egipto (entre el 1550 y el 1070 a.C.) que dan referencia de las cuatro razas conocidas por ellos, libios, nubios, sirios y egipcios. Y Herodoto (484-425 a.C.) en sus Historias nos cuenta las diferencias entre los distintos habitantes del mundo (Libia, Egipto, Grecia, Asia Menor), y nos habla de las diferencias de cráneo entre egipcios y persas. Hipócrates (460-377 a.C.) lanzó la teoría de que el medio influye en los caracteres físicos del hombre, y llamaba la atención sobre las diferencias de quienes habitan climas distintos. El mismo Aristóteles (384-322 a.C.) estudiaban al hombre por ser el animal más complejo, pero su interés por conocer y estudiar otros grupos humanos por parte de los grandes pensadores griegos nunca les hizo dudar de la superioridad de su civilización helénica frente a la de los pueblos bárbaros.

Algunos autores consideran al español fray Bernardino de Sahagún como uno de los antecedentes más notables de la antropología. De la misma manera que otros misioneros del siglo XVI, Sahagún investigó de manera muy detallada la historia, las costumbres y las creencias de los nahuas antes de la llegada de los españoles. El resultado fue el Códice Florentino, de vital importancia en el conocimiento de la civilización mesoamericana precolombina, pero Sahagún nunca se cuestionó sobre la superioridad de su cultura occidental.

Se nos dice que hasta la aparición del relativismo cultural los europeos presos de su etnocentrismo despreciaban a las demás civilizaciones, pero nadie como los occidentales demostró más interés por explorar y cartografiar el planeta. Nadie como nosotros, los occidentales, demostró tanto interés en catalogar y conocer todas las especies animales y vegetales del planeta y desde luego nadie como nosotros, los occidentales y nuestras sociedades científicas, demostró más interés por todas las sociedades humanas existentes, incluso las más recónditas y desconocidas, un interés que por supuesto incluía a aquellas ya desaparecidas en los albores del tiempo. Nuestros arqueólogos, botánicos, naturalistas y antropólogos demostraron un ansia de conocimiento incomparablemente superior al de cualquier otra civilización y ésta es una de esas cosas que deberían enorgullecernos.

Pero todos esos estudiosos apasionados por tribus perdidas en las profundidades de la selva, civilizaciones desaparecidas y grupos humanos -de los que en muchas ocasiones prácticamente nadie había oído hablar- tenían una certeza, la de pertenecer a una cultura superior, no superior por el capricho o por el desprecio hacia los demás, tenían esa certeza como consecuencia lógica de su acumulación de conocimientos, unos conocimientos que los convertían en los hombres más cultos y los mejor conocedores de la diversidad cultural del planeta en que habitaban.

Hoy el igualitarismo cultural no se basa en el profundo conocimiento científico, sino en un dogma de fe al que nos hemos rendido, y en los centros de enseñanza nuestros hijos son adoctrinados en ese dogma, "no existen culturas que sean mejores o peores que las demás", y si la suya es tan buena o tan mala como cualquier otra ¿por qué habrían de luchar por conservarla si es la responsable de todos los grandes males de la humanidad? ¿Por qué sentirse orgullosos de pertenecer a ella? La desafección de nuestros hijos hacia su propia civilización es un paso previo y decisivo para su extinción.

Puede que una buena dosis de etnocentrismo no nos viniera tan mal, puede que enseñar a nuestros hijos a sentirse orgullosos de lo que son, de su identidad y de lo que fuimos no sea realmente tan malo. ¿No creen?

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar