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La Extraña Primavera Árabe

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Una vez más asistimos a un cóctel sorprendente: Estados Unidos, adalid mundial de Israel, secundado por sus perritos falderos de la OTAN, está de nuevo a punto de culminar el derrocamiento de un gobierno que no le era hostil, y lo hará aliado con Al Qaeda.

La muerte de Chris Stevens, embajador de los Estados Unidos en Bengasi, ha conmocionado a la opinión pública occidental que empieza a asumir que tras la primavera árabe ha llegado el otoño árabe, preludio de un frío invierno que helará la sangre de los más desprevenidos.

Pobres ciudadanos occidentales, condenados a no entender nada a causa de la premeditada ausencia de información veraz, o de lo que es peor, de las toneladas de información intoxicada vertida por sus medios de comunicación. No entienden qué ocurre y es comprensible que así sea. Se preguntan ¿Por qué? ¿Por qué después de la primavera árabe y la tan celebrada caída de los tiranos de Oriente Medio, los árabes se encuentren inmersos en un acelerado proceso de islamización, con fuertes dosis de odio a Occidente y a Israel?

Y no lo entienden porque las revueltas que los medios bautizaron con el romántico nombre de primavera árabe se nos vendieron como protagonizadas por jóvenes coordinados a través de las redes sociales, deseosos de un proceso democrático y de una modernización de sus países. Cada nueva caída era celebrada en nuestros telediarios como una conquista de la libertad; sus luchadores eran héroes y allí donde fue necesario se les prestó tanto apoyo como pudieran necesitar.

Occidente no ha intentado siquiera guardar la apariencia de neutralidad, se amenazaba con juzgar a los ya derrocados líderes, se impusieron sanciones internacionales, se enviaron asesores, dinero y armas. Y cuando todo esto no fue suficiente se intervino militarmente, como en el caso libio.

Ahora descubrimos que Túnez, el que fuera el país más occidentalizado del mundo islámico, está gobernado por un partido islamista y los salafistas se han hecho los dueños de la calle ante la pasividad de la policía. Han atacado hoteles donde se servía alcohol, han asaltado eventos culturales que consideraban contrarios al Islam y han llegado a asesinar en un campus universitario a un joven por pasear de la mano con su novia.

Descubrimos que Egipto, el eterno mediador en la zona, el más fiable de los aliados que Occidente tenía en el mundo árabe, ese Egipto que durante décadas presumió de un gobierno laico y de su modelo de convivencia entre la mayoría islámica y las minorías como los cristianos coptos, se ha trasformado tras la primavera árabe y está gobernado por los hermanos musulmanes; las hordas islamistas extienden el terror entre la minoría cristiana a la vez que prometen mano dura para con los turistas y destruyen mercados de libros. Alí Khafagy, director de las Juventudes de Justicia y Libertad en Giza declaraba recientemente: “Los indecentes trajes de baño y la mezcla de sexos en la playa son cosas que van en contra de nuestra tradición. No es sólo una cuestión de religión. Cuando voy a la playa, yo no quiero ver la desnudez”.

Ante estos cambios ¿cómo no van a preguntarse nuestros mal informados ciudadanos qué demonios ha ocurrido? Sentados frente al televisor ven atónitos las embajadas occidentales sitiadas por enfurecidos musulmanes y la muerte del embajador de Estados Unidos en Libia... ¿No habíamos derribado a los malos? ¿No habíamos ayudado a los defensores de la libertad? Y sobre todo ¿Pero no habían ganado la guerra “los nuestros”? ¿Por qué nos agradecen así la ayuda prestada?

Los medios de comunicación intentan explicarnos la situación diciendo, básicamente, que es una lástima que la primavera árabe finalmente haya sido rentabilizada por el islamismo radical, pero que nosotros hicimos lo que debíamos hacer: apostar por los luchadores de la libertad. La cuestión es que los apodados defensores de la libertad por la prensa occidental nunca lo fueron y lo que es peor, la prensa occidental lo sabía y nos mintió desvergonzadamente.
Que los insurgentes eran unos radicales islámicos era, desde el primer momento, algo tan evidente que sólo dos cosas pueden justificar ese tono de preocupación y asombro con el que ahora se nos están narrando los acontecimientos: o bien nuestros periodistas son unos absolutos incompetentes, o bien son unos manipuladores natos que siguieron al pie de la letra instrucciones de no desvelar quién se encontraba detrás de la tan elogiada primavera árabe hasta que ya fuera inevitable la victoria de los insurgentes gracias, por supuesto, al apoyo militar económico y logístico de las potencias occidentales.

Poco parece haber importado a quienes nos vendían las bondades de la primavera árabe que los líderes del Islam más radical apoyaran desde el principio dichas revueltas, como el número dos de Al Qaeda, Ayman Al Zawahiri, que llamó abiertamente a los musulmanes a levantarse contra Gadafi, o que el influyente clérigo musulmán Yusuf al-Qaradawi, líder de los Hermanos Musulmanes de Egipto, emitiera desde la cadena Al Jazeera una fatua por la que cualquier soldado libio pudiera disparar y matar al acosado líder Muamar Gadafi. Tampoco pareció importar a los medios de comunicación la emisión de un vídeo en el que el libio Abu Yahya al Libi, un importante líder de Al Qaeda, instaba a sus compatriotas a continuar e intensificar la lucha contra Gadafi... No, ni estas ni otras muchas noticias similares han importado, había que presentar a los rebeldes como luchadores por la libertad y punto.

Tampoco importaba la presencia de miembros de Al Qaeda dirigiendo las unidades militares rebeldes, como Abdelhakim Belhadj, a quien las autoridades rebeldes han confiado el mando militar de la capital del país. Belhadj es el antiguo emir del Grupo Islámico Libio de Lucha (LIFG, por sus siglas en inglés), incluido en la lista de organizaciones terroristas tras los atentados del 11-S en Nueva York. O Abu Laith al-Libi, responsable de campos de entrenamiento de terroristas y enlace entre Al Qaeda y el movimiento talibán, según el diario Asharq Alawsat. O Abdelkarim al-Hasadi y Abu Sufian bin Qumu, ex prisioneros de Guantánamo y actualmente importantes comandantes de los sublevados.
No, nada de esto importaba, para nuestras televisiones eran luchadores por la libertad y ahora claro, después de tal campaña de intoxicación informativa, la población no entiende los asaltos a embajadas.

Ya ni las mentes más cándidas pueden creer que hemos asistido a una serie de revueltas espontáneas promovidas por jóvenes con aspiraciones. Lo cierto, y fácilmente constatable, es que hemos estado ayudando al islamismo más radical a derrocar, uno tras otro, a gobiernos laicos y prooccidentales; o al menos si no prooccidentales como el caso de Libia, sí aliados frente al fundamentalismo islámico, algo que, todo sea dicho, seguimos haciendo con Siria: de la misma forma en que se denunció que miembros de Al Qaeda estaban peleando en Libia contra las tropas de Gadafi, hoy se está denunciando que son las milicias de Al Qaeda las que están peleando en Siria.

De hecho el actual líder de Al Qaeda, Aymán al Zawahirí, ha pedido a los musulmanes del mundo árabe que apoyen a los rebeldes que buscan deponer al presidente sirio Bashar Al Assad. En su comunicado pidió a los musulmanes en Irak, Jordania, Líbano y Turquía que se unan al levantamiento en contra del "pernicioso, canceroso régimen" de Assad. El vídeo de ocho minutos fue publicado en páginas extremistas de Internet.

¿Cómo han reaccionado los Estados Unidos ante este apoyo explícito y manifiesto de Al Qaeda a los insurgentes en Siria? Pues de la misma forma en que lo hicieron en el caso libio. La secretaria de Estado, Hillary Clinton, ha prometido hacer llegar más ayuda a la oposición en Siria y coordinar con Turquía medidas concretas, incluidos aspectos de espionaje y militares, mientras que Barack Obama ha firmado una orden que autoriza operaciones encubiertas de la CIA y otras agencias para apoyar a los rebeldes sirios en su lucha por acabar con el régimen de Bachar al Asad, según han revelado la CNN y la agencia Reuters.

Una vez más asistimos a un cóctel sorprendente: Estados Unidos, adalid mundial de Israel, secundado por sus perritos falderos de la OTAN, está de nuevo a punto de culminar el derrocamiento de un gobierno que no le era hostil, y lo hará aliado con Al Qaeda. Al menos en esta ocasión no tendremos que asistir, al espectáculo bochornoso de ver a nuestro ejército del brazo de las fuerzas qataríes, un país con un régimen pseudo medieval en el que aun sobrevive alguna forma se esclavitud, como sucedió con Libia, involucrándonos en una guerra en defensa de "la libertad y la democracia" que según nos decían se encontraban encarnadas en los extremistas islámicos que formaban el grueso de los rebeldes libios.

La pregunta del millón sin duda es ¿Por qué? ¿Por qué Estados Unidos ha empleado tanto tiempo, esfuerzo y dinero en derrocar los regímenes que no eran un peligro para Occidente? Y lo que es más sorprendente ¿Por qué lo ha hecho a sabiendas de que ayudaba a islamistas radicales, enemigos acérrimos de Occidente y de Israel, a hacerse con el nuevo gobierno?
Un general sirio encargado de las operaciones en el oeste de Alepo ha dicho a la agencia de noticias AFP que los europeos muestran una “ceguera” con el apoyo a los rebeldes contra el régimen del presidente Bashar al-Assad. Expresó con incredulidad “¿No entienden que somos la última presa que está frenando el flujo de islamistas hacia Europa?” “¡Qué ceguera!” remachó.

Cualquiera diría que lejos de estabilizar la zona, lo que Estados Unidos está haciendo es crear la tormenta perfecta. Quizá en el invierno árabe que se avecina a alguien le interese una nueva guerra árabe-israelí a gran escala ¿Tiene otro sentido todo cuanto está ocurriendo?

 

“En la política, nada sucede por accidente. Si sucede, usted puede apostar que así se planeó”.

Franklin Delano Roosevelt.

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