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Niñatos criminales

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Con una cierta frecuencia nos encontramos con noticias de crímenes o comportamientos dañinos cometidos por jóvenes o adolescentes, en ciertos casos jovencísimos o incluso apenas salidos de la infancia.

Algunos de estos casos pueden tener que ver con la pobreza, con grupos sociales marginales, familias deshechas o criminales, o un entorno compuesto por gentuza que naturalmente tiende a transmitir a los retoños su peculiar carácter. Sin embargo la criminalidad quinqui no es el tema de este artículo.

Lo que interesa aquí es la delincuencia de lo que podemos llamar niñatos criminales, que pertenecen a familias normales y que han tenido todo. O más bien han tenido demasiado de muchas cosas pero desde luego demasiado poco de lo que necesitaban realmente. Para estos casos es más bien difícil encontrar aquel tipo de explicaciones “sociales” y echarle la culpa a las desigualdades y la injusticia social.

Ni el más imaginativo marxista podría, por entrar en algunos ejemplos recientes, culpar a la explotación capitalista de que en la Comunidad Valenciana un chaval agrediera a su madre con un hacha porque le apagó el wifi; o de que en Holanda dos quinceañeras se pelearan por Facebook y una de ellas organizara el asesinato de la otra manipulando a su novio y a otro chaval para ello; asesinato que fue efectivamente cometido.

Tampoco parece que estuvieran oprimidos por la pobreza los miles de niñatos que, en una fiesta convocada por Facebook también en Holanda, arrasaron un pueblo y lo dejaron todo destrozado, ganándose el calificativo de chusma por parte del alcalde del malhadado pueblo. Y en efecto chusma eran, pero no en el sentido antiguo de gente de mal vivir. Eran simplemente turbas de hijos de papá y del bienestar, que en cuanto beben un poco y son muchos desparraman la vulgaridad que llevan dentro y revelan estar sólo un poco por encima del nivel de los monos.

Son sólo ejemplos que apuntan a un fenómeno general. Es inútil multiplicar los ejemplos de sucesos que con una cierta frecuencia se verifican, casos límite de un imbarbarimento que se difunde. Púdicamente se habla, un poco para salir del paso, de pérdida de valores. No es que esto esté equivocado, es que hay que ir más en profundidad porque esta expresión significa bastante poco, como demuestra el hecho de que cualquiera pueda estar de acuerdo con ella.

No hay que escarbar mucho en realidad, para encontrar en la disolución de la familia y la difusión de la pedagogía progresista la raíz de la degeneración y el primitivismo de las nuevas generaciones, víctimas de padres y educadores progres.

Pero muy especialmente tenemos como factor decisivo la pérdida del padre y de su autoridad dentro de la familia. Es bastante sabido por quien ha estudiado el tema sin prejuicios que la ausencia del padre conlleva un riesgo mucho mayor para los hijos de caer en la delincuencia o en las drogas, e incluso de sufrir abusos sexuales. Sabido sí, pero cuidadosamente silenciado por la secta de la corrección política.

Un número creciente de jóvenes crecen sin un padre, o con un padre políticamente correcto que es lo mismo que no tener un padre digno de este nombre. Dejados a sí mismos y carentes de una educación verdadera, que es ante todo formación del carácter, terminan manipulados por otros, dominados por todo lo peor que tienen dentro, que nadie les ha enseñado a controlar y tener a raya.

¿Y la madre? ¿No es importante? Por supuesto que lo es y nada de lo que escribo puede ser interpretado como un menosprecio de su papel. Pero el padre representa ante todo la autoridad y los límites, esto es así y constituye lo esencial de la misión del padre como figura en la familia.
La campaña contra el padre es paralela a la campaña continua y capilar por parte de los manipuladores, que sacan partido de fomentar las peores tendencias y desacreditar cualquier idea de límite y de forma interior. El resultado es que todo lo negativo, lo caótico y en definitiva las peores tendencias que llevamos dentro no encuentran un dique de contención, desbordan y terminan por dominar a las personas.

Porque lo mejor, lo selecto, lo excelente que hay en nosotros, hay que cultivarlo. Se llama autosuperamiento, algo que hoy no está de moda pero que está a la raíz de cualquier realización que tenga un valor. Lo malo, lo zafio, lo vulgar, no necesita de cultivo, es suficiente abandonarse a ello. 

Todo esto lo niega un dogmatismo y una mentalidad, dura a morir, según la cual el ser humano es bueno por naturaleza y sólo la sociedad tiene la culpa de la violencia; una ideología nefasta que insiste en sus recetas equivocadas de aplicar dosis crecientes de bienestar, sermones que pomposamente llaman educación en valores y pedagogía progresista.
Pedagogía nefasta que está perfectamente retratada en una cierta corriente de ideas, creo más difundida de lo que parece, según la cual hay que dejar a los niños hacer lo que les dé la real gana, no ponerles ningún límite y mucho menos castigarles, porque ellos al final se autorregulan y llegan a comprender lo que es mejor para ellos de manera autónoma:

Este extremismo antiautoritario es ciertamente muy cómodo para padres negligentes que juegan tiernamente con los niños cuando son pequeños, bonitos y parecen mascotas humanas, pero cuando crecen y la cosa se vuelve complicada prefieren pasar de ellos abandonándolos a sí mismos. Es que los padres tienen mejores cosas que hacer.

Seguro que había aprendido a autorregularse perfectamente el angelito de antes que agarró el hacha contra su madre, por ejemplo. Cabe sospechar que los padres partidarios de esta teoría de la autorregulación en realidad están tan acojonados por los monstruitos que han criado que ya no se atreven a decirles nada.
Imagino que también habrá que dejar que se inicien a la droga porque se autorregulan solos, que vayan con pandilleros y gentuza; que las niñas de doce años vayan vestidas como putas y tantas de ellas se comporten realmente como tales, cobrando o no. Que estén todo el día enganchados a los juegos o a internet o a cualquier cosa. Da lo mismo porque al final ellos solos serán capaces de autorregularse.

Como si las drogas, la comida basura, la publicidad no estuvieran diseñadas científicamente por siniestros expertos, bien pagados para encontrar maneras de anular la voluntad y dominarla, para impedir precisamente que las personas se autorregulen. Lo consiguen ciertamente con los adultos –si no fuera así no se gastarían sumas enormes en publicidad- así que podemos imaginar lo que logran hacer con los niños.

Estas teorías simplemente defienden que se abandone a niños y adolescentes a sí mismos. Lo que supone traicionarles y fallarles en el momento para ellos más crítico y en que más nos necesitan.

Pero no es sólo que muchos padres no quieran educar a sus hijos, es que la justicia a menudo se pone contra ellos. Leyes demenciales escritas por iluminados, aplicadas por jueces igualmente iluminados, gente con cerebros de hortaliza que no ha salido jamás del prohibido prohibir y de la rebelión adolescente, que llegados al Parlamento y a la Justicia hacen lo que pueden para impedir a los padres educar y quitarles su autoridad. Entonces sí que prohíben, prohíben a los padres educar.
Madres denunciadas por detención ilegal por no dejar salir a su hija, madres condenadas por violencia doméstica por pelearse con su hija. De los padres ni hablo porque si sólo se atreven a moverse tienen a la jauría encima.

Pero es importante comprender que no es sólo desidia y negligencia, ni simple estupidez por parte de legisladores y jueces. Que también, pero sobre todo es la ideología que respiramos y que rechaza fanáticamente toda forma de autoridad. En particular de los padres sobre los hijos, y como consecuencia inevitable autoridad y autocontrol de las personas sobre sí mismas, porque una cosa va con la otra.

Una ideología de la putrefacción que se inspira a un ideal decadente propio de una pedagogía decadente, que odia la fortaleza del carácter y todo lo que tenga una forma definida, y en cambio ama una figura humana deshecha y amorfa. Una doctrina que representa una exaltación del individualismo y del capricho en una edad en la cual esto puede llevar sólo al caos interior, a una personalidad informe e incapaz de controlar los propios impulsos.

Pero la cosa no termina aquí. Puesto que los chavales nunca aprenden a controlarse y a dominar su vitalidad, y de todos modos tienen que vivir en sociedad, hay que reducir esta vitalidad al mínimo, hay que lobotomizarles para que no haya nada que controlar, convertirlos en pequeños zombies a base de aturdirlos con palabras, con indigestiones de buenismo y de sermones, de consumismo y de entretenimiento. Y si no basta están siempre las drogas psicotrópicas cuando se vuelven de verdad incontrolables, con buen negocio de quien les vende los fármacos y les trata.

Pero los impulsos vitales no se dejan domesticar así como así, no entran en los raíles de un moralismo y racionalismo mediocres y castrantes. Tenemos dentro, muy especialmente en ciertas edades, un deseo irreprimible de crecer y de ponernos a prueba a nosotros mismos, de encontrar nuestros límites, dentro y fuera de nosotros. Un impulso vital y diría instintivo que tiene la misión de formarnos a través de esos límites y precisamente en la lucha contra éstos. Sólo así podremos saber quiénes somos realmente, crecer de manera que vayamos forjando un carácter y una forma precisa.

Necesitamos en definitiva medir nuestras fuerzas, y para esto es indispensable que algo sólido se nos oponga, algo contra lo que empujar. En resumen necesitamos los límites y la autoridad, aunque sea para entrar en conflicto con ellos, porque exactamente esto es lo que nos permite crecer.
Jamás esto será posible con el muro de goma buenista y mediocre de la pedagogía moderna, enemiga de límites, traumas y autoridad pero que al mismo tiempo nos quiere sin vitalidad, para que seamos un rebaño obediente y que no nos salgamos del cercado que, de todas maneras, nos construye alrededor.

Cuando no encontramos los límites y la autoridad que necesitamos para satisfacer esta necesidad vital básica, si nos los niegan y en su lugar encontramos sólo el muro de goma, los buscamos transgrediendo.

Si papá no nos da un bofetón cuando le hablamos mal, entonces le damos una patada en las espinillas o le mordemos para que nos lo dé. Permitirles todo a los niños o a los chavales no les hace crecer mejor y más felices; muy al contrario les hace buscar eso mismo que les estamos negando y lo piden, a su manera, buscando esos límites en la transgresión. Quieren llegar al punto en que finalmente encuentren resistencia y alguien les diga “hasta aquí hemos llegado”. Aunque sea para rebelarse y protestar.

Pero nunca lo encuentran. Algunos, finalmente, llegan a ese punto cometiendo un crimen; entonces el bofetón que tenían que haberles dado en su momento los padres se lo da la sociedad y la justicia. Pero entonces ya se ha llegado demasiado lejos y ya es demasiado tarde.

No es por tanto –o no solamente- un problema de educar en valores, expresión por lo demás bastante siniestra si tenemos en cuenta el contenido miserable de los “valores” dominantes hoy en día. Pero aunque fueran otros más sanos, el núcleo de la cuestión no es tanto el contenido de los valores como el problema de la formación interior y la forja del carácter. Sólo una personalidad bien formada puede albergar valores fuertes y válidos. De otra manera cualesquiera valores, por positivos que sean, se derramarán a las primeras de cambio fuera de una personalidad porosa y sin forma que es incapaz de contenerlos.

Los niños y chavales víctimas de la pedagogía que hoy domina están condenados a no saber nunca quiénes son, porque no han podido nunca medirse consigo mismos; les han puesto delante un muro de goma que ha cedido a sus caprichos, y están condenados a vagar melancólicamente, tristemente, en la búsqueda de una transgresión que jamás podrá satisfacerles.

Hay quien de frente a esta frustración hace uso de una u otra de las drogas que ofrece nuestra sociedad, químicas, electrónicas, consumistas, para hacer soportable la vida. Y hay también quien transgrede en la criminalidad esperando, finalmente, encontrar un límite preciso y neto en vez de un muro de goma.

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