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Esnobismo

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Una mañana cualquiera de una imaginaria protagonista, perteneciente a la clase alta o a lo que hoy en día pasa por tal. De cualquier manera tiene pasta y como veremos hace uso de ella. Llamémosla Eva.

Quizá el lector piense que me invento las cosas que van apareciendo en este relato. Pero no. Todo es real y lo único inventado es la protagonista que hace de hilo conductor.

Eva es una mujer cosmopolita y moderna, es española pero viaja mucho y acaba de volver de Nueva York. Allí ha admirado el nuevo y lujoso hotel para perros y gatos que acaban de inaugurar y desearía que en España hubiese algo así. Pero lo que más le incomoda es que no haya psicoanalistas para perros en Madrid como los hay en América. Piensa que aún estamos muy atrasados.

En efecto le gustan los animales. Tiene una perrita muy cuidada y coqueta; le pinta las uñas, le compra jerseys de marca, le cambia el peinado todos los meses. Todo ello le cuesta un dineral. Pero es que vivir con estilo es caro, piensa.

Antes de salir a la calle de paseo con la perrita se abre una lata de aire que ha comprado en el supermercado. Cinco euros por la lata de oxígeno. La coge en la mano y parece vacía, puesto que no está a presión y se utiliza sólo una vez; se abre y hay que inspirar fuerte, teniendo cuidado de que no se caiga al suelo como le pasó una vez derramando el oxígeno.

También se bebe un vaso de Agua de Nueva Zelanda, diez euros el litro. Un poco cara, pero ella quiere calidad de vida, y desde luego no va a comprarse una vulgar agua de cualquier manantial ibérico. Tras vestirse con sus vaqueros de marca, que tienen un par de tijeretazos de autor en cada pierna y le han costado algunos cientos de euros, sale a la calle mientras acaricia su sortija. Es una pieza especial, comprada a caro precio en Estados Unidos. Una auténtica joya de diseño fabricada a partir de las cenizas de una de sus mascotas preferidas, un conejito que le había hecho compañía durante años. Tiene también un par de colgantes que contienen las cenizas de un gato y un hurón pero hoy, después de examinar su estado anímico interior, se siente más con humor para llevar el conejo.

Ya casi ha superado el síndrome postvacacional, en poco tiempo gracias a la ayuda del psicólogo y a los consejos que ha leído en un libro. Una semana de spa y dos de estrés posvacacional, pero por fortuna el mal trago queda atrás y puede empezar a planificar el siguiente viaje.

Satisfecha contempla, antes de salir su casa, los objetos y las decoraciones. Todo ello, como por lo demás su vestuario, tenía estilo, aunque le había costado caro. Ella naturalmente no lo pensaba en estos términos, pero en conjunto era la encarnación misma de los ideales de una España finalmente moderna y adaptada a los tiempos: la inversión total del viejo sueño de las Tres Bes: Bueno, Bonito y Barato. Éste había sido siempre el ideal inalcanzable que no existía en la realidad. Pero ahora, en vez de esa quimera casposa y propia de nuestros abuelos, había llegado su contrario, el FCM: Feo, Caro y Malo; esto sí que existía en el mundo real, tenía muchísimo éxito y la gente se volvía loca por comprarlo. Bastaba que fuera de marca.

Ha quedado con unas amigas para tomar café. Observa su graciosa perrita a la que ha endosado, además del jersey, unas braguitas para el celo. También le habían costado lo suyo pero eran muy elegantes. En la tienda le han garantizado su resistencia a los ardores amorosos de los perros. Se pregunta curiosa si habrían hecho pruebas en laboratorio para poderlo certificar.

Las braguitas eran muy necesarias, piensa. En cuanto las había visto las había adquirido. Como ella misma, la perrita era muy pija y no se podía permitir que el primer vagabundo callejero, cualquier perro proletario de la calle, le entrara así como así.

Pasa por delante de una pastelería para perros y gatos recientemente abierta. Todo parece muy apetitoso y casi le dan ganas de probar las delicatessen que allí hay, pero se contiene pensando en la línea y en las delicias que va a probar en la cafetería con sus amigas.

Unos metros más allá, hay una cervecería para perros, otra novedad en Madrid. Allí están los chuchos, sentados en sus mesas y sorbiendo su cerveza de una escudilla. Qué aspecto de pillos, pensó Eva. Hasta le parece que están mirando torvamente a su perrita. Piensa espantada en la posibilidad de que los amigotes de la cervecería para perros, después de unas pintas, se pongan burros cuando la vean pasar por delante. Menos mal que tiene puestas las braguitas para el celo. Los comedidos y aburguesados canes de la pastelería no representan un problema, son unos señores y saben comportarse; pero de los otros, ciegos de cerveza, se puede esperar cualquier cosa.

Finalmente Eva se sienta en la cafetería de lujo donde sirven toda clase de primicias. Un grupo de amigos esta allí, esperándola. Piden lo último, lo más in del momento: el café de caca de elefante. Se trata de un café que ha sido elaborado dando de comer los granos a un elefante y recogiéndolos luego de sus excrementos. El paso por el tubo digestivo del paquidermo le da al café su particular carácter. Un auténtico lujo: 850 euros al kilo. Comentan los matices de su sabor y el retrogusto, mientras sienten un turbio placer imaginando a jornaleros indios hurgando en las monumentales plastas de un elefante en busca de esas auténticas pepitas de oro oscuro.

Como tienen hambre acaban pidiendo algunos platos de cocina de diseño. Tardan cinco minutos en leer y comprender el nombre de los platos, un minuto en comerlos y quince minutos en comentar los matices del sabor, tras lo cual se quedan todos muy satisfechos.

Uno de sus amigos ha comido una tortilla deconstruida, formada por cebolla caramelizada, espuma de patata y huevo, dispuestos uno encima de otro en una copa. Comenta entusiasta un artículo que ha leído en el periódico sobre la cocina de diseño, que equipara, en su genialidad, el creador de la tortilla deconstruida a Mozart. Los demás asienten con la cabeza sin ni siquiera sospechar el calibre de la bestialidad.

Eva vuelve a casa y por el camino pasa delante de un bar donde hay un grupo de amigos bebiendo cerveza y comiendo tortilla de patata.

Qué vulgaridad, piensa.

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