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La islamización de Europa

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Existe una creciente preocupación en Europa por la inmigración masiva e incontrolada, una aprensión por el futuro de las poblaciones europeas y por la misma existencia de las naciones, las culturas, las identidades en que los europeos se reconocen. Inquietudes que en sí son perfectamente legítimas y corresponden a una reacción natural, a un sano instinto de autodefensa por parte de una cultura y una comunidad que se ve amenazada. Sin embargo son sistemáticamente reprimidas, se engaña, se manipula y se adormece a la sociedad para que no reaccione. Se niega a los europeos, a los españoles, el derecho a ser ellos mismos, de decidir a quién quieren y a quién no en su propia casa. Todo ello en virtud de aberrantes, presuntos derechos universales de desplazarse a cualquier lugar y establecerse en casa de los demás, independientemente de la opinión de quienes ya habitan allí.

Políticas criminales llevadas a cabo por una clase dirigente traidora y canallesca, sólo preocupada de conservar sus privilegios. Una verdadera antiélite producto de una selección al revés; intelectualmente, culturalmente y a menudo humanamente miserable, su único mérito es el servilismo al servicio de intereses y grupos de poder que permanecen en la sombra y les dan las directivas.

Esta cuestión normalmente se enfoca desde un punto de vista demográfico-racial, es decir se observa la entrada de poblaciones racialmente diferentes, especialmente musulmanas, y su crecimiento demográfico una vez establecidas en Europa.

Actualmente la población musulmana en Europa, de varios orígenes, alcanza una proporción aproximada del 5% aunque en países como Francia llega al 10%. Parece en este momento lejos de constituir una mayoría, pero la combinación de inmigración masiva y la superior natalidad de las poblaciones inmigrantes ya instaladas puede llevar en pocos decenios a un aumento extraordinario de su entidad, o incluso a que la población autóctona europea quede en minoría. Situación irreversible a la cual los racistas antiblancos esperan, pues las poblaciones blancas quedarían sin un territorio que pudieran llamar suyo. Sobre este tema y las posibles, inquietantes, consecuencias es iluminante el artículo “La huida blanca” publicado en el número 9 de esta revista.

Este aspecto del problema es ciertamente el más aparente y el que empieza a preocupar a la parte más consciente de la población, porque es el que se puede ver en la calle en el día a día. Pero no es el único. Junto a la colonización demográfica, tenemos un peligro invisible. Se trata de la posibilidad, en un futuro a medio plazo, de una colonización espiritual de la religión islámica en Europa, es decir la conversión en masa de poblaciones étnicamente europeas.

Antes de descartar con escepticismo esta posibilidad, es importante comprender que estas cosas suceden en la historia; las religiones y las ideas conquistan territorios, no siempre por la fuerza. El cristianismo hasta la época de Carlomagno (siglo IX) no se extendió por medio de la violencia o la guerra, sino por el tipo de colonización espiritual del que nos ocupamos en este artículo. La religión cristiana nunca habría podido conquistar por la fuerza en el Imperio Romano, sino que lo hizo a través de sus fieles, sus misioneros y sus monjes.

La religión musulmana en cambio, tuvo desde el principio un carácter guerrero, conquistador y de esta manera se extendió. Naturalmente el Islam no tiene ninguna posibilidad de conquistar Europa militarmente desde el exterior, aunque sí demográficamente y, como este artículo sostiene, espiritualmente.

Entre paréntesis, aunque el mundo musulmán nunca podrá invadir Europa, imaginemos por fantapolítica una situación futura de conflicto étnico generalizado en nuestro continente. ¿Hasta qué punto los ejércitos “europeos” serían europeos de verdad? Ya hoy muchos soldados en los países occidentales son de origen extranjero, en España muchos son sudamericanos -que no es el problema principal- pero sobre todo, y en otros países, son africanos, árabes, asiáticos musulmanes. En cambio, nuestros niños mimados no quieren oír hablar de armas, de disciplina, de patria y de ejército, sólo de buen rollito y de botellón. Educados en el horror por la violencia y el rechazo al militarismo, castrados mentalmente por una educación feminizada, incapaces de disciplina y condicionados mentalmente al hedonismo y la vida fácil en la cual tienen todos los derechos y ninguna obligación.

Me parece evidente quiénes elegirán la carrera militar y quiénes serán los soldados del futuro dentro de treinta, cuarenta años o quizá mucho antes. Apenas un instante en términos históricos. ¿Por qué bando tomarían partido los soldados en caso de un verdadero, grave, conflicto civil y étnico? Bien podría suceder que los blancos se convirtieran en la raza sometida en Europa, incluso aunque aún estén en mayoría. Apartheid al contrario, con lo cual los que fueron colonizados por Europa se tomarían su revancha, a la cual han siempre aspirado sin ni siquiera esconderlo demasiado.

Pero me he desviado del tema. Todo lo comentado hasta ahora tiene que ver con una alteración racial de la población europea, pero volvamos a la colonización espiritual, a la posibilidad de una expansión islámica a través de conversiones masivas.

Los números por ahora son bastante escasos o insignificantes y no justifican tal preocupación en este momento. Estamos en cifras orientativas de pocas decenas de miles de conversiones al año para un gran país europeo como Francia o Alemania. Que son bastantes, pero no cifras apocalípticas ni destinadas a crear un cambio espectacular.

Sin embargo las cosas no se miden de esta manera. Los grandes movimientos a menudo se preparan bajo la superficie y las situaciones pueden dar un vuelco repentino, como una casa de madera podrida puede colapsar de manera imprevista e incomprensible. Incomprensible naturalmente para quien no supo ver que la casa estaba podrida.

Esta última analogía parece la más adecuada en este caso, como lo era en los últimos tiempos del paganismo del mundo romano. También entonces una nueva religión vino de Oriente, una religión que parecía una secta judía más, proveniente de regiones atrasadas y provinciales del Imperio, pero que evidentemente, como demuestra la historia, tenía una inmensa fuerza y capacidad de penetración y conquista. Sin ejércitos ni poder económico, con armas puramente espirituales, el cristianismo se encontraba delante un mundo interiormente debilitado, carcomido por dentro y decadente, que había perdido hacía tiempo su vitalidad.

La nueva religión no triunfó sólo porque apelaba a las grandes masas de esclavos y de desheredados. Esto puede ser verdad pero no puede ser toda la verdad. Porque el cristianismo se propagó también con fuerza entre las clases cultas del Imperio, que lo tenían todo desde un punto de vista material; vivían en la abundancia y en el lujo, tenían todos los recursos de una vida refinada y una gloriosa tradición cultural.

Pero estas clases dirigentes, materialistas, refinadas, de vuelta de todo como diríamos hoy, fueron las que se pasaron al cristianismo, y probablemente su importancia fue igual o mayor a la de las masas de desheredados, porque son siempre las élites las que guían a la masa y poseen los resortes de la cultura. Para estas élites probablemente hartas de excesos, de lujos, de vida fácil y decadente, la simplicidad de vida, la moral y el rigor de los primeros cristianos debieron ejercitar una atracción irresistible.

Es importante notar que en este artículo no se aborda la religión como tal, su “verdad” o su significado profundo, de fe. Simplemente se trata aquí de observar que en un mundo internamente decadente y espiritualmente debilitado, que ya no creía en nada, la religión que vino de fuera, la de las provincias “atrasadas”, acabó triunfando.

¿Podría suceder en Europa y en Occidente el mismo fenómeno? Si tiene algo de fundamento la analogía que aquí propongo, entre la decadencia romana y la nuestra en la actualidad, podríamos en un futuro encontrarnos con algo parecido con el Islam. Porque desde luego Europa, su sociedad, su civilización, está en plena decadencia y en plena podredumbre espiritual y moral. Aunque por el momento esta decadencia esté enmascarada por la riqueza, la potencia militar, la supremacía tecnológica; todo ello sin embargo oculta un vacío espiritual, unos estilos de vida que llevan al fracaso y a la ruina interior.

Hay que dar las gracias de esta enfermedad a la generación podrida, lograda expresión de la decadencia actual, y la otra cara de la moneda respecto a la antiélite del principio de este artículo. La antiélite es el producto de la generación podrida, de ella se alimenta y depende para existir; viceversa la antiélite en posesión de los resortes del poder, educativos, culturales, de opinión, garantiza que la generación podrida se perpetúe a sí misma en el tiempo.

La generación podrida es el resultado de ideas destructivas y disolutivas, portadoras de decadencia que, por razones varias, a un cierto punto empiezan a dominar en la sociedad. Comparables a un veneno, producen la degeneración, la pérdida de todos los valores fuertes, el triunfo de los valores decadentes, sustraen la vitalidad al cuerpo social y esterilizan la cultura. El daño que pueden hacer es en un primer momento limitado, pero cuando pasan una o dos generaciones revelan todo su potencial. Una nueva generación toma el relevo, totalmente formada en los antivalores de la decadencia. Entonces la caída se hace vertiginosa, no solamente domina la ideología de la disolución sino que la misma calidad humana se hunde, la decadencia se anida y toma el control de las instituciones, la enseñanza, la cultura. Esta es la generación podrida que ya ni siquiera es capaz de ver la propia degradación.

Un modelo de vida marcado por la falta de ideales, que cree estar de vuelta de todo, se celebra a sí mismo en un triunfalismo idiota y se considera el mejor de los mundos posibles; mientras en realidad es una sociedad vacía que esconde su falta de sentido y de valores con el aturdimiento de masas, el consumismo, el entretenimiento compulsivo que no debe cesar nunca, para no revelar el vacío que hay debajo.

Se podría pensar que, aun siendo esto cierto, es absurda la idea de que una religión, cualquiera y menos el Islam, pueda ganar terreno en nuestra sociedad. Por ejemplo porque nuestra sociedad avanzada y laica ha superado la religión, propia de una humanidad más atrasada; este es el punto de vista de los progresistas y los llamados laicistas.

Sin embargo hay aquí un engaño que es necesario denunciar. No se busca la religión o la espiritualidad porque se sea ignorante, porque haya privaciones y pobreza, como una consolación o una válvula de escape. Muy al contrario, la aspiración a la religión y la espiritualidad, y más en general la de buscar un significado y un sentido fuera de sí mismo, es natural e inextirpable en el hombre. La mentalidad materialista, individualista que encierra al hombre en sí mismo no es el resultado de mayor madurez y de “superar” la espiritualidad, sino de un embrutecimiento, de una vida llena de consumismo y actividades superfluas, de matar el tiempo para no darse cuenta de que se camina sobre el vacío. Se vive en una anestesia interior, como bajo el efecto de sedantes, y en efecto toda la sociedad del consumo y del entretenimiento es un gigantesco sedante.

Se podría pensar también que si efectivamente, ante el vacío espiritual que nos aflige, en el futuro se siente la necesidad de un retorno a valores más tradicionales, a un cierto rigor de vida, a valores fuertes, ahí está la Iglesia Católica y antes que abrazar el Islam se volverá más bien a la religión cristiana, que es la propia de Europa. Pero es dudosa la capacidad de la Iglesia Católica actual de ejercer una llamada a valores tradicionales para quien, como sostengo en este artículo, esté motivado por un rechazo contra la vacuidad de la sociedad actual. Es cierto que aún mantiene ciertas posiciones, y en ciertos campos es aún una barrera contra la degeneración, pero por otra parte dentro de la misma institución se han anidado las mismas fuerzas que han traído la decadencia. No sólo en el sentido de que de lo religioso se desciende a menudo al nivel de la simple moralidad cívica, por no decir de la corrección política, sino que existe incluso una infiltración a nivel ideológico por el marxismo, como se analizó a fondo en el artículo “La rendición del Papa”, publicado en el número 8 de esta revista. Todo ello nos hace dudar de su capacidad para satisfacer una exigencia de retorno a valores tradicionales.

También se puede objetar que la tradición cultural europea, la forma que ha imprimido a la mentalidad de los europeos, es poco compatible con la estructura mental, las costumbres, la sensibilidad que el Islam requiere; en una palabra que el apego a la cultura europea, no sólo religiosa, es una barrera infranqueable que impedirá una conversión en masa de europeos al Islam. Y en efecto, el gusto, la manera de sentir y pensar, con que se nos ha formado en Europa, y dentro de ella a cada nación, no combina bien con la religión islámica. El arte, la cultura en general, pero también las mismas tradiciones populares, las costumbres, nos han formado de una cierta manera, nos han hecho lo que somos y nos han vuelto refractarios a esa otra mentalidad que es la islámica.

Esto puede ser cierto, pero ¿Quién hay en Europa, en España, que esté realmente apegado a la cultura y a las tradiciones propias, que las sienta realmente en su vida? Las tradiciones están siendo destruidas por la homologación en una cultura basura consumista, la cultura de masas y del espectáculo, que no tiene ninguna identidad porque es una pura operación de marketing y debe vender su producto al mayor número posible de consumidores. Las nuevas generaciones ya no son formadas por nuestra cultura, las tradiciones, las costumbres. Porque el sistema actual quiere homologar todos los habitantes del mundo a una única manera de pensar, de sentir, de vivir. La transmisión de la cultura, que se venía produciendo de padres a hijos, en buena medida se ha interrumpido, y para la mayor parte de las personas en la generación podrida su herencia cultural no significa absolutamente nada. La cultura de masas ha producido un desierto, una tabula rasa en la que las mentes y las conciencias ya no se forman siguiendo la sensibilidad recibida de las anteriores generaciones, sino por esta pseudocultura zafia, sin valor y sin raíces, cuya única lógica es el beneficio.

Por todo lo anterior, recapitulando todas estas consideraciones, pienso que no es tan peregrina la idea de que de aquí a pocas décadas, junto al crecimiento de las poblaciones musulmanas de origen extranjero, impulsado por la inmigración y por su potente natalidad, podamos ver cómo muchos europeos comienzan a convertirse al Islam. Quizá no hoy, pero sí mañana, cuando nuestros hijos empiecen a sentir como sofocante, carente de sentido, vacío, el mundo que se van a encontrar. Cuando la mujer moderna se encuentre con el callejón sin salida y el fracaso al que el feminismo la condena y se vea perdida; de hecho ya hoy muchas de las conversiones al Islam son de mujeres, lo que debería dar que pensar. O cuando los varones, hartos de ser humillados y tratados como ciudadanos de segunda en todo Occidente por una justicia y unas leyes antimasculinas, se empiecen a pasar en masa al Islam. ¿Fantasías delirantes? Puede ser, pero yo no estaría tan seguro de que todo esto no pueda suceder.

En esta situación, por tanto, la combinación de potencia demográfica musulmana y de vacío espiritual de Europa bien puede terminar en una islamización de nuestro continente. Lo que no lograron ni los primeros Jihadistas en el siglo VIII ni los turcos en el XVII pueden lograrlo la colonización demográfica y la decadencia de Europa, ambas fomentadas por unas élites traidoras y las fuerzas que están detrás de ellas.

En efecto, a nadie se le escapará que quienes están trabajando activamente por la inmigración masiva, con el objeto de cambiar la composición étnica de Europa y negando a los europeos el derecho a decidir quién entra y quién no, son exactamente los mismos que quieren destruir nuestras tradiciones y nuestra cultura, los mismos que difunden ideas y políticas que llevan a la degeneración, la podredumbre social y la decadencia.

No querría sin embargo terminar este artículo sin una nota de optimismo y una invitación a la lucha. Soy de la opinión de que, si lo único que uno tiene que decir es que todo se va al carajo, está mucho mejor callado. Pero la decadencia y la muerte no son un destino inevitable, por muy grave que sea la enfermedad que nos aflige y por muy invencible que parezca el poder de los portadores de la degeneración, de los enemigos de Europa que al final son también los enemigos de todos los pueblos con una identidad y una cultura.

Las épocas de decadencia al final terminan siempre, o bien con la cultura decadente siendo superada por los invasores culturales o raciales, o bien por una curación del organismo atacado, que supone una regeneración y un nuevo inicio. Es nuestra tarea trabajar con todas las fuerzas para que se realice esta segunda posibilidad.

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