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Minorias oprimidas

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No creo que haga falta la aclaración, pero para que nadie piense que soy un defensor de las Minorías Oprimidas y el título puede llevar a engaño, aclaro que el Azote no es la presunta opresión sino las mismas Minorías.

Detestaría ser confundido con esa subespecie de español y europeo, mentecato permanentemente acomplejado que, seguramente sintiéndose culpable por no pertenecer a una de las Minorías Oprimidas, está dispuesto siempre a reconocer a estas últimas un trato de favor, una consideración especial, pasando por encima de quien no es minoría oprimida y por tanto de él mismo.

Puede ser una persona bien intencionada pero intoxicada de propaganda igualitaria, puede ser un pijoprogre que tiene ya más o menos todo resuelto en la vida -excepto lo del cerebro- o puede ser la variedad más odiosa, el activista por la igualdad que lucha contra toda discriminación, prejuicio y estereotipo.

Estas tres palabras clave son fundamentales. En efecto, nos permiten identificar a las Minorías Oprimidas: se sienten discriminados, culpan de su situación a los prejuicios y son objeto de estereotipos. Eternamente en el papel de víctimas gracias a estas palabras clave, se apoyan en ello para pedir continuamente privilegios, exigir subvenciones, reivindicar derechos particulares y superiores a los de la generalidad de la población.

Naturalmente no todos los grupos perseguidos tienen este estatus. Hace falta un certificado de Minoría Oprimida políticamente correcta, expedido por la “iglesia” del progresismo y sus santones, los intelectuales que los medios nos venden como la conciencia moral de la sociedad. Por ejemplo no son Minoría Oprimida los granjeros blancos de Zimbabwe, perseguidos, expulsados y asesinados con la complicidad del gobierno negro para quitarles sus haciendas.

Tampoco tienen este certificado los blancos en la misma Europa, cuando comienzan a ser minoría en algunos ambientes y van a por ellos por ser blancos. Fenómeno destinado a tener cada vez más difusión y factor importante en la huida blanca de la que se ha hablado en esta revista. Evidentemente no era un minoría oprimida el niño que se suicidó en Gran Bretaña hace pocos meses, acosado por sus compañeros de colegio por ser blanco. La gentuza antirracista y las autoridades no tuvieron nada particular que decir en este caso, excepto negar que esta tragedia hubiera sido causada por acoso escolar y menos aún racial.

Volviendo a las Minorías Oprimidas con certificado que reivindican derechos, son odiosas por partida doble. En primer lugar por su fea costumbre de sentirse ofendidas y discriminadas por todo, con lo cual la presunta defensa de sus derechos rápidamente se convierte en prevaricación sobre el resto de la comunidad, a la cual imponen su ley. En segundo lugar porque estas imposiciones, lejos de ser inocentes y casuales son impulsadas por fuerzas que deliberadamente persiguen la degradación social, la destrucción de identidades y tradiciones culturales. Fuerzas en todo análogas a una infección destructiva que tiene el campo libre porque no hay anticuerpos. Analogía precisa pues los mecanismos naturales de la sociedad para defenderse han sido anulados por una propaganda y un lavado de cerebro continuos, se han denigrado sistemáticamente todos aquellos valores que representan una defensa, como los lazos de comunidad, el sentimiento nacional, los valores familiares, el sentido de la normalidad, el rechazo de la desviación y de la aberración.

Así, la prepotencia de las detestables Minorías Oprimidas, las presiones y la acción de las lobbies y las fuerzas de la degeneración, no encuentran resistencia y penetran como un cuchillo en la mantequilla. Mantequilla social de una población reducida a una masa de borregos conformistas, sin valores, interesada únicamente en su cuenta bancaria y su pequeño hedonismo individual.

Los privilegios que conlleva el certificado progre de minoría oprimida pueden ser un trato de favor en la asignación de alojamientos, ventajas o condiciones particulares en servicios varios, preferencia en ayudas y subvenciones, discriminación positiva... inútil añadir ejemplos sobre una cuestión que quien es sensible al tema conoce perfectamente.

En España, las minorías que más quejas presentan, son por este orden: magrebíes, gitanos, sudamericanos y subsaharianos. Sin embargo no todas tienen carácter racial o nacional; está también todo el mundo de los homosexuales, transexuales, indefinidos y demás desviaciones que se apartan de la sexualidad normal. Sin dejar de mencionar a las mujeres que -aun no siendo evidentemente minoría- en la dictadura feminista hoy imperante rebosan de privilegios y gozan en la práctica de un estatus jurídico superior al de los varones.

Por ejemplo en Navarra hace algún tiempo se aprobó un paquete de medidas a favor de los transexuales que incluía “favorecer su contratación y empleo, operaciones gratuitas a cargo del servicio sanitario, programas de concienciación y capacitación para funcionarios, fomento de la docencia, formación e investigación en transexualidad en las universidades”. No me quedó muy claro en qué consiste concienciar y sobre todo capacitar a los funcionarios, por no hablar del fomento de la formación e investigación. Como no sean congresos científicos repletos de travelos, o más que sospechosos viajes de estudio a Brasil…

Pero no todo es tan ridículo y jocoso, no ciertamente cuando están en juego ayudas sociales, alojamientos, puestos de trabajo, temas en los cuales a menudo se privilegia a minorías o grupos sociales parasitarios, ya sean autóctonos o procedentes de inmigración.

Tampoco faltan los casos de evidente prevaricación donde se supera el límite de lo odioso. Como los episodios recurrentes en que ciertos musulmanes pretenden abolir los símbolos religiosos en colegios porque les molestan. O las dos “madres” lesbianas que adoptaron una niña-víctima, que exigieron y obtuvieron la eliminación del Día del Padre en una escuela italiana. Con la colaboración del habitual psicólogo-mierda según el cual celebrar esa fiesta sería perjudicial para la niña. Y no se trata de un caso aislado; trascendió la noticia porque hubo protestas y una oposición más fuerte de lo habitual, pero se trata de una tendencia en auge.

Lo apenas comentado ni siquiera araña la superficie, pero deja entrever detrás de todo esto una perversa, impresionante mezcla de imbecilidad, caradura, parasitismo, arrogancia, injusticia y prepotencia. Además de una forma de razonar que bordea el límite de la melaza mental. En efecto -como manda la corrección política- se pretende que las razas no existen, no se quiere llamar a los negros, gitanos, inmigrantes por su nombre, se niegan las diferencias y las identidades de grupo en una menestra promiscua de hermandad universal, pero cuando se trata de dar privilegios entonces sí que existen las razas y las minorías.

Todo ello es muy revelador. Revela en efecto, como telón de fondo y motivación profunda, el racismo antiblanco, la preferencia por el extranjero en contra del compatriota, del anormal y desviado en detrimento del normal.

Construcción ideológica y cultural, la Minoría Oprimida es el fruto contrahecho del contubernio entre los complejos de culpabilidad de unos y las tendencias parasitarias de otros. Los unos debilitados por el veneno de la propaganda y la corrección política, los otros que se aprovechan de ello, con una mezcla de lloriqueo y arrogancia que no podemos evitar considerar repugnante.

No se trata aquí de criticar o menos a grupos humanos en sí mismos, o a alguien por el sólo hecho de pertenecer a uno de ellos. Nos pueden gustar o no pero poco hay que decir mientras no pretendan prevaricar. Y prevaricar es poner en el mismo plano la desviación y la normalidad, abolir el natural sentimiento de comunidad y la discriminación, básica y correspondiente a la naturaleza humana, entre quienes son afines y quienes no lo son, o lo son menos, entre el ciudadano y el extranjero.

Borrar cualquier distinción, abatir los límites y los criterios de valoración, estas son las consignas envenenadas que hay detrás.

Combatir la discriminación, abolir los estereotipos y desterrar los prejuicios, son como apuntamos al principio las palabras clave, las fórmulas prefabricadas para el ataque de la corrección política contra la inteligencia, la cultura y la salud.

Cada una de ellas merecería varias páginas y un análisis más profundo que el permitido aquí. Sin abusar de la paciencia del lector, no dejaré de comentar algo sobre ellas, usando para esta ocasión la terminología del enemigo.

Discriminación en su sentido auténtico significa tratar de manera diferente a quienes son diferentes, aplicar un criterio, distinguir e interpretar la realidad correctamente. En cambio en la jerga progresista discriminación tiene el significado de “injusticia”. Esto descubre hasta la raíz el fondo del pensamiento igualitario, que es el odio a las diferencias y por tanto odio a la auténtica justicia, que no es igualitaria sino distributiva: suum cuique -a cada uno lo suyo-.

La cuestión de la justicia o menos de una cierta discriminación es diferente, y precisamente son los progresistas los que aplican discriminación con un criterio de injusticia. Por ejemplo con la inicua discriminación positiva, que es favorecer a los miembros de un grupo para que lleguen donde no lo merecen. Por tanto robando a quienes en cambio lo merecen. En efecto el caso es totalmente análogo al de un ladrón que hablase de robos positivos, pues desde su punto de vista efectivamente lo son.

Estereotipo es -en la jerga progresista- entender y percibir que existen diferencias a nivel de grupos humanos y no solamente individuales. Para el progresista sin embargo no deben existir tales diferencias o ser significativas, existe sólo el individuo. Y sin embargo estos llamados estereotipos son, aunque evidentemente capturen sólo una parte de la realidad, una herramienta necesaria en la comprensión de la sociedad y las relaciones humanas. Porque las diferencias genéticas, sexuales, raciales, culturales son determinantes y esto se refleja necesariamente en la vida real.

Por tanto, son los progresistas los que quieren imponer un estereotipo de la peor especie, privar a todos de su identidad profunda y de sus diferencias, tratar a toda la humanidad precisamente según el estereotipo - en sentido negativo - de seres hechos en serie, nacidos todos iguales, con las mismas necesidades prefabricadas y determinadas por los contables racionalistas de la felicidad.

Prejuicio significa -o debería- opinar, juzgar, valorar algo sin tener un conocimiento suficiente, por extensión negarse a ver la realidad partiendo de opiniones ideológicas a priori. En realidad para la jerga progresista prejuicio es cualquier punto de vista que se oponga a los suyos. Por ejemplo hablar de factores genéticos en las diferencias de inteligencia y de carácter, sostener que existen las razas humanas y tienen cualidades propias no sólo físicas sino mentales, pensar que hay unas actividades más propias de hombres y otras más propias de mujeres.

Ante tanta demagogia y mala fe en la negación de lo evidente, aquí debemos dar la razón a los progres y denunciar sin descanso los prejuicios. Prejuicio es afirmar que todos nacemos iguales. Prejuicio es negar las diferencias raciales y su significado. Prejuicio es considerar la identidad sexual como una construcción cultural.

Concluyendo ya, hay sólo una cosa peor que las Minorías Oprimidas: sus defensores y campeones, Azote dentro del Azote, fauna de ONG y burocracias-sanguijuela que en el fondo debe sentir un poco de repugnancia por la gente que dice defender, porque ni siquiera los llaman con su verdadero nombre y recurren a los grotescos eufemismos de la corrección política.

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