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La racaille y el futuro de Europa

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Racaille es una palabra francesa que significa gentuza, chusma, escoria, popularizada a raíz de los graves disturbios que tuvieron lugar en Francia en 2005, protagonizados por bandas de origen extranjero. Árabes y negros principalmente, inmigrantes o naturalizados franceses o descendientes de segunda o tercera generación. La racaille precisamente, proveniente de las tristemente famosas periferias sin ley, donde la población blanca francesa es cada vez más minoritaria y la violencia prepotente de las bandas es cotidiana. Islas de No-Europa en Europa, territorios liberados según el bilioso revanchismo de tantos ex colonizados que -siguiendo la famosa consigna de Ben Bella de 1966- piensan conquistar el país que les acoge, y al cual odian, con los vientres de sus mujeres.

Los sucesos franceses no son un caso aislado; el lector atento a la actualidad sabe perfectamente que este tipo de revueltas se está volviendo común en Europa, especialmente a partir de los años 2000, y probablemente es un fenómeno que aún tiene que explotar de verdad.

Reino Unido y sobre todo Estados Unidos tienen una poco envidiable “tradición” de disturbios raciales. En el primer caso como uno de los efectos de la inmigración masiva de ex colonizados del ex Imperio Británico. En América porque el país, desde su nacimiento, se ha poblado con la inmigración, aunque antes de que el progresismo les sorbiera el seso hacían distinciones e intentaban gestionarla de alguna manera, estableciendo cuotas diferenciadas según los países de origen. Pero en Estados Unidos es determinante la herencia de la esclavitud. Fueron los millones de africanos importados en el comercio de esclavos los que dieron lugar a la actual población de negros americanos. A los que por cierto llaman afroamericanos o de color porque los “antirracistas” evidentemente piensan que ser negro es algo demasiado feo como para decirlo en voz alta.

Los disturbios raciales en Estados Unidos, en efecto, han tenido que ver casi siempre con los negros; no sólo en la lejana época de los 60 -el fin de la segregación, los derechos civiles- sino en las décadas sucesivas, en las cuales estos desórdenes se han repetido con una cierta regularidad. Una tensión subyacente que explotó en las revueltas de los Ángeles en 1992 –las más graves hasta la fecha- con decenas de muertos, guerra abierta entre los negros y los asiáticos que se defendían del pillaje y las agresiones, y una situación de anarquía que pudo ser dominada sólo con la intervención militar.

Estados Unidos no ha resuelto mínimamente su problema racial, después de 150 años del fin de la esclavitud, 50 años después del fin de toda segregación legal y tras décadas de discriminación positiva y notables recursos destinados a terminar con las diferencias socioeconómicas entre los grupos raciales.

La situación está muy lejos de una pacífica e integrada convivencia donde el origen étnico no importa. Esto puede ser verdad en el estrato superior de la sociedad, pero no en la generalidad del país. O dicho de otra manera, la utopía progresista y políticamente correcta de una sociedad multirracial, pacífica e igualitaria depende exclusivamente y precariamente de que la cuenta en el banco sea suficientemente abultada. La ficción irrealista de ignorar el dato racial y las tensiones que genera se puede mantener sólo con el control de la información y, allá donde la ficción muestra un descosido y deja asomar la realidad que hay debajo, regando con dinero para taponar el agujero.

El factor racial es fundamental en los cambios que se están produciendo. Las fracturas y líneas de separación se mantienen o se refuerzan, las áreas negras continúan degradadas, las comunidades asiáticas prosperan debido a sus indudables cualidades. La composición étnica cambia, con la creciente presencia de la inmigración de origen hispánico, los blancos WASP que fundaron el país en primer lugar poco a poco se convierten en minoría, aunque mantengan la mayor parte del poder económico.

De manera totalmente natural y contrariamente a la ingenuidad igualitaria, se tiende a vivir en zonas habitadas por quienes son afines étnica y culturalmente, a menudo por motivos de simple supervivencia y tranquilidad en el vivir. Aunque existe bastante mezcla -como es lógico- de ninguna manera es automático o necesario a largo plazo el resultado de una fusión racial, en una hipotética raza futura americana o mundial. La obsesión de una cierta ideología por llegar a este resultado no dejará de pasar factura, en cuanto situaciones de verdadera crisis aparezcan.

En fin, el aumento de la violencia racial que se observa con el fin de la segregación y en general con la difusión del igualitarismo y la corrección política no es casual. Pretender que todos nacemos iguales y que toda desigualdad denota una injusticia, es una receta segura para el caos y el conflicto social permanente.

En resumen una sociedad multirracial es ciertamente posible, pero no será pacífica, especialmente después de que la mentalidad igualitaria ha envenenado tan profundamente las mentes, porque su efecto perverso es precisamente agravar las tensiones raciales y los disturbios consiguientes.

Las observaciones que podemos hacer sobre la realidad de Estados Unidos, con la ventaja de la perspectiva, dan alguna indicación sobre lo pernicioso del mito de la integración y sus implicaciones para el futuro de Europa. Sin embargo las situaciones son análogas sólo en parte; varios motivos juegan en contra de nuestro continente y hacen temer una situación más grave en el futuro.

Europa es más pequeña que Estados Unidos y está ya bastante superpoblada, por lo cual la entrada masiva de inmigrantes necesariamente tiene un impacto mayor. El tipo de inmigración es diferente: no dan los mismos problemas los hispanos, los árabes, los negros, los asiáticos. Por muy enquistada y difícil que sea la cuestión negra en América, la cuestión árabe-islámica será peor. Aunque sólo sea por la diversidad religiosa y el carácter de la ideología jihadista, por la superior organización, agresividad y fanatismo que muestran, en comparación con las generalmente más apáticas minorías negras o hispánicas en América. En el caso de las minorías de Europa, además, cada vez más difundido es el odio hacia el país donde viven y el deseo explícito de liberar el territorio.

Además hay motivos para preocuparse por el futuro económico de nuestro continente y por tanto de su capacidad de usar la prosperidad como bálsamo para calmar las tensiones raciales. Por la sencilla razón de que hoy Europa, desgraciadamente, no es dueña de su destino, no produce élites y gobernantes capaces de pensar en grande y de trabajar para el futuro europeo. Muy al contrario, con las clases dirigentes actuales estamos todos vendidos y carecemos de verdadera soberanía.

Soberanía que, en el campo económico, está usurpada por el sistema financiero y monetario internacional, donde los angloamericanos cortan el bacalao. En el campo militar, condicionada por la OTAN, el instrumento de control y subordinación de Europa a EEUU. En el campo político, en fin, Europa es sencillamente inexistente, con gobiernos que han cedido porciones fundamentales de soberanía y poder, no para articular de alguna manera un verdadero gobierno europeo, sino a favor de ese monstruo burocrático que es la UE.

Estos factores -espacio más reducido, inmigración de tipo más conflictivo, dudosa prosperidad futura, falta de soberanía para hacer frente al problema- hacen temer que las tensiones raciales serán en Europa de un orden de magnitud superior a las que Estados Unidos malamente consigue contener. Ya empiezan a llegar avisos de este futuro, como siniestros crujidos de una casa en precario equilibrio.

Son recientes los disturbios en el Reino Unido de 2011 con coches y edificios quemados, saqueos y decenas de heridos. La tensión entre negros (africanos y caribeños), asiáticos, blancos, y las múltiples comunidades ya enraizadas en suelo (ex) inglés es continua; basta un episodio violento, una pelea, un simple rumor, para encender el fuego de la revuelta.

También en Suecia, en mayo de este año, han tenido sus primeros disturbios raciales serios. Inseguridad y violencia ligadas a las comunidades islámicas ya las tenían, pero como generalmente son silenciadas por las maquinarias de mentira de los medios, podían fingir que el problema no existía. Sin embargo varias noches de guerrilla urbana les han obligado a sacar, aunque sea sólo un poco, la cabeza de la arena.

No me resistiré a reproducir las palabras de su primer ministro, verdaderamente símbolo de la energía y la firmeza con que el gobierno afronta la cuestión:

“Es importante recordar que quemar el automóvil de su vecino no constituye un ejemplo de libertad de expresión, sino que se trata de vandalismo”.

Quizá no se pueda esperar otra cosa de un país que hace jugar a los niños con muñecas, que detiene a un hombre por corregir a su hijo con una bofetada, que elimina el miembro viril del león en el emblema de sus Fuerzas Armadas porque -diminuto y apenas visible pero gallardo- les molestaba a las soldadesas feministas.

En semejante régimen de castración mental es seguro que cualquier conflicto con suecos nativos, las bandas étnicas ni siquiera tendrán que recurrir a la violencia de verdad: dos bofetadas bien dadas y el otro dejará el campo libre.

No es que me caigan gordos los suecos en modo particular, es que el país nórdico es un símbolo de la enfermedad social, cultural, espiritual que está dejando a los europeos indefensos, incapaces de reaccionar, adormecidos. Porque en aquel desgraciado país es donde más triunfa la ideología y el régimen progresista que es el vector de esa enfermedad.

Volviendo a los disturbios raciales, también en España hemos tenido algún aviso en Salt, localidad con una proporción especialmente alta de inmigrantes. Si queremos, una simple chiquillada de chavales aburridos, a imitación de sus “hermanos mayores” de las banlieues francesas. Algún coche quemado y poco más, pero no deja de ser un aviso.

En España no ha pasado aún nada comparable a la ola de revueltas en las ciudades y las periferias francesas en el otoño de 2005, o a los disturbios más limitados de Bruselas en 2006, o a los suecos del 2013 con “sólo” 150 coches quemados.

En 2005 los disturbios franceses se extendieron por todo el país, afectando a 274 localidades. Se quemaron casi 9.000 vehículos, además de bastantes edificios; escuelas, bibliotecas, tiendas, entre otros. La chispa que prendió el fuego, en esa ocasión, fue la muerte de dos chicos electrocutados en una subestación eléctrica mientras huían de la policía.

En los disturbios sucesivos de 2007 en Villiers-le-Bel, siempre en Francia, fue la muerte de dos chavales en moto tras una colisión con un coche de la policía. Nuevamente coches incendiados, como en todo disturbio que se precie, además de dos escuelas, una biblioteca, una comisaría y varias tiendas. Sin olvidar a los bomberos agredidos cuando iban a apagar el fuego.

El pretexto, el hecho concreto que desencadena los disturbios importa poco, porque el verdadero motivo es la situación de tensión continua, siempre a punto de explotar. Lo que sale en los titulares de los grandes medios son las revueltas masivas, pero en estos suburbios sin ley están a la orden del día actos vandálicos y los abusos cotidianos de todo tipo, por parte de las pandillas de gentuza organizada. Por no hablar de la degradación y el hundimiento de la escuela. Junto con la dictadura de los dogmas nefastos de la pedagogía moderna y las imposiciones ideológicas, la falta de ley y orden en las barriadas de racaille han degradado la situación a un nivel que ya es alucinante en Francia, una situación que es sólo cuestión de tiempo ver reproducida aquí. Colegios convertidos en lugares donde enseñar es imposible, profesores y alumnos -los no gentuza, claro- viven acobardados y las agresiones son habituales.

Gran parte, si no la mayoría de los habitantes de estas periferias, púdicamente llamadas “difíciles” según la hipócrita expresión buenista de la corrección política, son árabes norteafricanos, negros subsaharianos o sus descendientes de segunda o tercera generación. Aunque jurídicamente sean franceses, están totalmente desarraigados y separados del resto de la sociedad. No tienen nada que ver con la cultura, la población blanca o la nación francesa, a las que odian, y tampoco son ya parte de sus naciones de origen.

No es mi intención condenar genéricamente toda la inmigración ni meter a todos en el mismo saco. Cuando la inmigración es limitada no produce necesariamente problemas ni tiene porqué ser negativa, porque unos pocos no son comunidad, y porque existen las diferencias entre personas, además de existir entre razas y culturas. Pero existe un umbral de tolerancia exactamente como en el cuerpo existe un umbral de tolerancia a ciertas sustancias. Y como no puede ser igual este límite para la ingestión de -pongamos- jamón ibérico, tortillas deconstruidas, aguardiente o veneno, tampoco puede ser el mismo para los diferentes tipos de inmigración.

En cualquier caso, lo que está claro es que cuando el número empieza a ser consistente los factores raciales, culturales y comunitarios entran con toda su fuerza: la gente quiere estar con sus similares y vivir en una comunidad con sus propias reglas. Esta es la naturaleza humana y es algo totalmente justo. Pero naturalmente significa que se introduce un elemento nuevo en la sociedad de acogida, ya no es simplemente un grupo de individuos aislados, como se nos quiere hacer creer.

La existencia de estas masas desarraigadas totalmente no integradas, el problema que suponen para la sociedad, la misma importancia del factor étnico, constituyen la demostración práctica, concreta, de que las imposiciones multiculturales y la propaganda a favor de la inmigración sin límites, el buenista todos somos iguales y ciudadanos del mundo, nos está llevando a un callejón sin salida.

A menudo se habla de exclusión social, de marginación; el habitual blablabla progresista sobre el delincuente como víctima de la sociedad y el buen salvaje oprimido por los blancos malos. Pero esta cháchara y estos falsos discursos deben ser redimensionados, considerando que hoy en día cualquiera que realmente lo desee puede estudiar y puede acceder a la formación y a la cultura. No hay más que facilidades para ello.

La situación laboral puede ser difícil pero cada cual, hasta el más pobre, tiene por lo menos una oportunidad para intentar labrarse un futuro. Si lo suyo no es estudiar tendrá menos -o distintas- oportunidades pero siempre la posibilidad de buscar su camino y de trabajar duro. Pero la realidad es que a muchos, y especialmente a muchos que tienen el certificado de víctimas marginadas y se acomodan en este nicho, no les da la gana hacerlo.

Pero un cierto rechazo se empieza a producir. En medio de las condenas y del mediocre moralismo conformista en la misma Francia ha surgido un movimiento anti-gentuza, como reacción a esta situación ya que es insostenible para mucha gente. Los partidos patrióticos, en general, crecen en Europa y previsiblemente en el futuro se volverán cada vez más importantes. Sin embargo, en cualquier caso la cuestión racial está destinada a asumir un carácter irreversible y endémico, aunque sólo fuera por esas masas naturalizadas europeas, desarraigadas y en su mayor parte irrecuperables.

Poblaciones que vivirán o malvivirán de subsidios y asistencia, porque es el único modo de mantener la tranquilidad aunque sea precaria. Este es probablemente el motivo de que, tras las explosiones de que hemos hablado, las cosas vuelvan a su cauce. No es que se hayan resuelto los problemas, es que la parte del país que trabaja, a través del Estado, ha comprado la paz social. O mejor dicho una tregua, porque estas islas étnicas dejan entrever un futuro de polarización social en el cual serán una fuente permanente de conflicto, siempre listo para estallar y que con seguridad estallará en el momento en que haya una crisis seria, o una incapacidad de subvencionar a la racaille para que se quede tranquila.

Es por tanto un problema destinado a ser permanente. Aun si la inmigración masiva en Europa se frenara o revirtiera existen ya importantes poblaciones naturalizadas y las diferencias de natalidad harán que los blancos sean cada vez menos en nuestro continente. No podemos predecir con seguridad el resultado de todo esto. Algunos temen que los blancos puedan volverse minoría en algún momento del futuro; lo cual puede suceder o no, pero como mínimo es una posibilidad muy real. En algunas ciudades ya está sucediendo. En cualquier caso se deberá lidiar con importantes minorías hostiles a Europa y a su cultura, con territorios por ellas ocupados se deben considerar a todos los efectos como zonas perdidas donde Europa ya no existe.

Nos espera por tanto, probablemente, un porvenir de conflicto y tensiones étnicas, en el cual las estúpidas ilusiones buenistas y buena parte de nuestro sistema social y político van a saltar hechos pedazos. La Colonización de Europa -título de un libro de Guillaume Faye en el que aborda con gran detalle estas cuestiones- ha creado situaciones en gran medida irreversibles, por lo que hay que prepararse para el futuro y estar a la altura de lo que se avecina.

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