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Asistencia psicológica

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De vez en cuando las noticias nos recuerdan que pueden ocurrir tragedias, no en países lejanos donde sabemos que hay guerras, conflictos, pobreza, sino en nuestra sociedad opulenta. Creíamos haber desterrado completamente la inseguridad y el azar terrible que en cualquier momento puede segar nuestra vida, pero en realidad nunca será posible eliminarlo, a pesar de la tecnología a la que pedimos, o exigimos, que nuestra vida sea totalmente segura y organizada. En cualquier momento puede suceder algo inesperado que nos devuelva a la realidad y nos recuerde que la muerte es parte de la vida.

Es innegable de todos modos que hemos tenido bastante éxito en hacer la vida más segura. Esto trae consigo, sin embargo, una gran intolerancia hacia el sufrimiento; un rechazo, una no aceptación de la componente trágica de la vida. Hasta el punto que tal actitud se ha convertido en una de las patologías de nuestra sociedad. Consecuencia de ello es el negarse a admitir la muerte, querer abolirla y borrarla de nuestra conciencia. Tratar la muerte como un tema tabú o de mal gusto como si no existiera. Más en general pero en la misma línea, la frívola pretensión de considerar como un derecho no sufrir experiencias desagradables y negativas.

Estas consideraciones encuadran el Azote de este mes. Se trata de la obsesión actual por proporcionar a toda costa y a todo el mundo “asistencia psicológica” profesional, de entrometerse en nuestra vida para enseñarnos a vivir las experiencias negativas, para ayudarnos a elaborar los lutos y la muerte. Se nos quiere convencer de que tal asistencia es algo necesario y fundamental. Pero si reflexionamos sobre ello, veremos que en realidad maldita la falta que nos hace.

Ya de entrada podría sostenerse que el simple hecho de que una persona extraña pretenda compartir con nosotros una tragedia constituye un acto de impertinencia y falta de respeto: alguien se quiere introducir en nuestra esfera más íntima. Hay quien lo siente así, incluso cuando la intención del que ayuda es sincera. Por tanto y ya de entrada me parece que la obsesión por proporcionar asistencia psicológica en cualquier ocasión luctuosa es bastante impertinente. Impertinencia propia de un Estado niñera que mete continuamente las narices en todas partes, que pretende reducir todo a un problema técnico para que lo resuelvan los profesionales adecuados.

Si prestamos atención a las noticias trágicas o sangrientas, veremos que casi siempre se insiste en el hecho de que, además de asistencia médica, se movilizan psicólogos y trabajadores sociales para proporcionar asistencia a las víctimas o a sus familiares. Para empezar, ya nada más oír la expresión “trabajadores sociales” debemos sentir una enorme mosca detrás de la oreja, pues la asistencia social en general es un campo que se ha hecho crecer de forma anormal y fuera de toda proporción con las necesidades reales. Campo en el que seguramente hay muchas personas capaces y abnegadas, que realizan tareas útiles y necesarias, pero muchas más que están ahí por motivos políticos y clientelares o sencillamente porque no se sabe dónde meterlas. Quizás en ningún otro ámbito el fenómeno de la creación de trabajos superfluos y falsas necesidades para mantener la gente ocupada ha alcanzado tales dimensiones. El gremio de los psicólogos ha tenido ciertamente un gran éxito en expandir su base de mercado.

Este aspecto es importante y ciertamente contribuye a la lamentable inundación de asistencia psicológica que padecemos, pero el quid de la cuestión es otro.

El aspecto fundamental aquí, el hecho cargado de significado, es que el sistema en que vivimos pretenda gestionar el dolor humano, introducir un enjambre de figuras, inútiles en la mejor de las hipótesis, que pretenden ir más allá de la mera asistencia material y entrar en la elaboración de nuestros lutos, nuestros estados de ánimo, de ansiedad y sufrimiento. En todo ello me parece evidente una falta de pudor y de límites, una obsesión delirante por regular y gestionar todo, por entrometerse en un ámbito exquisitamente privado e íntimo, en el que no deberían intervenir personas extrañas, por muy buena que sea la intención.

La elaboración del luto y de las realidades trágicas de la vida es un trabajo personal en el que el único apoyo real y útil es el de personas cercanas, ligadas por relaciones directas a la persona que sufre, o al límite una figura como un tiempo podía ser el sacerdote, para el cual por lo demás no se trataba tanto de un “trabajo” como de una “misión” que era parte de su papel general de guía espiritual, algo fundamentalmente distinto a la actividad de un profesional de la asistencia.

Nuestros padres y abuelos nunca tuvieron necesidad de estas figuras ni las habrían aceptado. Tenían el pudor y la sabiduría de elaborar los momentos dramáticos de su existencia solos, o con las personas que significaban algo para ellos y que compartían su vida. Y afrontaban estos momentos con una entereza y una dignidad absolutamente desconocidas para las nuevas generaciones asistidas por psicólogos. Porque sabían que el sufrimiento es parte de la vida, y sabían que parte del arte de vivir es saber afrontarlo con las propias fuerzas.

Esta sabiduría que a nuestros abuelos les había enseñado la vida y la educación recibida, el valorar la fortaleza ante la adversidad, el pudor y la discreción en el terreno de los propios sentimientos, todo esto la sociedad actual lo niega y rechaza, lo ha declarado superado. Pretende hacernos crecer como niños y mantenernos en un estado de debilidad y dependencia. La misma sociedad que se llena la boca con la “autonomía del individuo” quiere reducirnos a una masa de lloricas que necesita asistencia psicológica institucionalizada para asumir la pérdida de un ser querido, cuando durante miles de años hemos sido capaces de hacerlo sin ello.

Es una mentalidad que parece tener el objetivo, profundamente perverso, de destruir y deshacer todo lo que en el ser humano son valores fuertes, cualitativos, ligados a una personalidad y podemos decir a una soberanía interior. Se quiere reducir todo a mecanismo, el ser humano a una máquina que tiene únicamente necesidad de mantenimiento. Hasta ahora se trataba del mantenimiento físico de la medicina, ahora está floreciendo el campo del mantenimiento psíquico, emocional. Fármacos y expertos para gestionar nuestros estados de ánimo, nuestras experiencias interiores, para que no tengamos que preocuparnos de nada.

Se nos invita a delegar nuestra vida interior a extraños, a engrasar nuestro espíritu y cambiarle alguna pieza de vez en cuando como hacemos con el coche, a vivir mecánicamente y ser “felices” sin inquietudes –las inquietudes y la insatisfacción consigo mismo son simples patologías que deben ser tratadas por oportunos profesionales- y sobre todo a hacernos pocas preguntas, prefabricadas como las respuestas. La vida feliz en la Disneylandia de los muertos vivientes.

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