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Las drogas, la fuga hacia la nada y el hombre descentrado

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Las drogas hoy en día están en auge y su difusión a gran escala es más bien reciente, al menos en las sociedades desarrolladas. En algunas sociedades no occidentales se han consumido tradicionalmente drogas procedentes de ciertas plantas (como hongos alucinógenos, hojas de coca), y en todas partes se han conocido desde la antigüedad las bebidas alcohólicas con sus propiedades embriagadoras. Pero el gran momento de las drogas ha llegado en Europa y Occidente con el siglo XX.

A partir de principios del siglo XX, en efecto, empezaron a dictarse leyes represivas contra su tráfico y consumo, evidentemente porque estaban alcanzando una cierta difusión y comenzaban a ser un problema. Desde la segunda mitad del siglo el consumo de drogas se ha generalizado cada vez más en un crecimiento continuo e imparable, junto con lo que podemos llamar la cultura de la droga, que empezó a popularizarse a partir de los años 50 y en las últimas décadas se ha extendido de manera explosiva, junto con muchos otros fermentos de degeneración que hoy en día empapan completamente nuestro mundo. En efecto hoy tenemos el cuadro de una sociedad profundamente enferma y decadente, de la cual la cultura de la droga y el uso regular y masivo de estas sustancias es un aspecto más.

Actualmente el tráfico de drogas es uno de los mayores negocios del mundo y mueve unos 300.000 millones de dólares anualmente. Esto quiere decir que hay una demanda estable y muy importante, concentrada en las sociedades ricas, de frente a la cual los esfuerzos de represión no podrán tener nunca demasiado éxito. Evidentemente el consumo de drogas responde a unas exigencias importantes y profundas en nuestra sociedad. No sólo se trata del consumo de sustancias prohibidas, sino también de fenómenos similares y en el fondo convergentes en un significado común. Como el uso impropio de medicamentos en general, y especialmente el abuso y la extraordinaria difusión de los fármacos psicoactivos.

Tratándose de un mercado ilegal es difícil conocer con precisión de la difusión verdadera de las drogas, y posiblemente las cifras que se manejan estén por debajo de la realidad. Para tener una idea muy por encima sobre las sustancias más clásicas, la principal droga blanda es el cannabis que en Europa es consumido por 10% de los jóvenes y un 15% de los que están en edad escolar. En España se consume más aún y Francia ocupa el poco envidiable primer puesto en Europa con un 30% de la población adulta que lo consume, ocasionalmente o regularmente. Pasando a las drogas más duras, España es líder europeo en el consumo de cocaína – en algo teníamos que descollar – con un estimado 7% o más entre la población adulta, seguida de Italia y Reino Unido. En el consumo de éxtasis el Reino Unido ocupa el primer puesto junto con la República Checa con un 6% de la población adulta, seguido por España, Eslovaquia, Holanda. Son cifras que debemos considerar aproximadas, y no es el objeto de este artículo aburrir al lector con estadísticas rigurosas que puede encontrar en otros lugares, sino simplemente dar una idea. La edad media de inicio a las drogas blandas es de unos 16 años y a las duras algo superior, digamos 20 – 22 años para la cocaína, las anfetaminas, el éxtasis.

En general el uso de las drogas no está disminuyendo, al contrario. Las drogas blandas siguen extremadamente difundidas, y entre las duras, aunque las más clásicas como heroína y cocaína decaen o permanecen estables, las anfetaminas triunfan en Europa del Norte y del Este. Pero sobre todo, aparecen continuamente nuevas sustancias (casi un centenar entre 2009 y 2013) fruto de la creatividad química que se mantiene siempre un paso por delante de la ley y las políticas sanitarias. Muchas de estas sustancias no son ni siquiera ilegales, o cuando finalmente se ilegalizan se inventan otras; se venden a menudo por internet y los efectos de muchas a largo plazo se desconocen. Finalmente, por dar otro dato, se estima que otro 5% de la población hace uso de sustancias legales que imitan el efecto de las drogas.

Equivocado sería por tanto pensar que el problema no existe o está controlado. Quizá es menos visible, y las drogas más devastadoras se han ido sustituyendo por otras. La creatividad química ha ido produciendo nuevas sustancias para responder a la demanda de una sociedad que pide drogas, intentando limitar los peores efectos, al menos a corto plazo.

Uno puede imaginar, como ejercicio mental, un futuro que ha sido ocasionalmente tratado por la ciencia ficción y quizá esté a la vuelta de la esquina, en el cual en vez de sustancias químicas se utilice alguna nueva tecnología para manipular directamente el sistema nervioso. Estimulando los centros del placer, creando sensaciones de euforia, alterando la percepción, el juicio, el comportamiento y las emociones. En resumen obteniendo los mismos efectos de las drogas, pero con mayor intensidad y sin los daños fisiológicos que éstas traen consigo; sin la devastación del cuerpo, sin el síndrome de abstinencia y la esclavitud física que conlleva.

Aun cuando esto sea o fuera posible, seguiría existiendo y aún más la esclavitud psíquica que conlleva la droga, la dependencia de los estados de euforia y placer, el abatimiento en caso de privación del estímulo. En resumen sería el medio perfecto, más que las drogas, para reducir el hombre a una larva dependiente de la estimulación artificial de su sistema nervioso.

Menciono todo esto porque es la dirección que van tomando las cosas y sobre todo, porque si algún día llegamos a estas tecnologías futuristas “sin efectos negativos”, su significado profundo, su carácter destructivo de la personalidad, serían los mismos que con las drogas actuales. Esta estimulación directa del sistema nervioso, que quizá sea la droga del siglo XXI, representa para la persona y la sociedad una trampa aún más insidiosa, una esclavitud aún más férrea, de la sustancia psicoactiva que atrae con el cebo de un paraíso artificial. Por tanto, desde el punto de vista ético y de los valores de la personalidad la consideración es la misma.

El punto aquí no es la cuestión de que sean sustancias legales o ilegales, ni los costes sanitarios y sociales o la cuestión de la criminalidad asociada a la droga. Tampoco nos extenderemos sobre la difusión de la nefasta cultura de la droga, su relación con la disolución de la familia y muy especialmente de la destrucción de la figura paterna. Todo ello, como bien sabemos, resultado de decenios de labor subterránea por parte de los malos maestros y la gentuza que nos ha traído deliberadamente la decadencia y la degradación. Todas estas son cuestiones importantes, es claro, pero aquí interesa la cuestión del significado de la droga, su sentido profundo, la manera en que encaja perfectamente en la sociedad y el mundo de hoy.

Considerando el caso extremo, el esclavizado por la droga, el toxicómano, este personaje expresa de manera concentrada y simbólica los vicios, las deformidades interiores del ser humano que proliferan en la sociedad actual; podemos ver la imagen del toxicómano un poco como esos reflejos que nos devuelven los espejos deformantes, que no inventan nada sino que simplemente exageran algunos rasgos ya presentes.

En efecto, en el drogado vemos una imagen, llevada a la caricatura y al extremo, del típico producto humano, masificado y homologado, del mundo actual. Egocéntrico hasta el extremo, su horizonte es la gratificación inmediata de sus impulsos, teledirigidos por la droga que lo ha vuelto dependiente; carente de autocontrol y de disciplina, poco o nada dispuesto a las renuncias y a hacer sacrificios; privado de reales lazos y de pertenencia a una comunidad, su ideal es el parasitismo, ser mantenido si trabajar y sin aportar nada de su parte mientras se dedica a la gratificación de sus instintos y deseos, compulsivos y no-libres como todo su ser.

¿Cómo no reconocer en este breve retrato mucho, demasiado, de lo que caracteriza el hombre actual, producto natural e inevitable de una sociedad decadente y sin valores? Llevado al extremo, cierto, pero justamente por ello se resaltan más las líneas maestras.

Para profundizar en esta cuestión debemos considerar los diferentes tipos de drogas y sus efectos. Muy a grandes líneas tenemos tres grandes ramas:

Las drogas depresoras, que inhiben o ralentizan la actividad de alguna región del cerebro. Comprenden la mayor parte de las drogas de uso médico y – cuando se usan de manera por así decir recreativa – son las que generan estados de placer, que podemos considerar el placer de un éxtasis y una beatitud pasiva. En este grupo están entre otros los narcóticos (morfina, heroína, metadona) y en general los analgésicos; concebidos para aliviar el dolor, cuando se usan impropiamente – sin una necesidad médica - generan los estados de placer mencionados.

Las drogas estimulantes, que como el nombre indica producen una mejora temporal, una intensificación de la actividad neurológica o física. Por ejemplo las anfetaminas y la cocaína. Estas drogas generan estados de excitación y de una intensidad particular; por así decir hacen girar la máquina humana a más revoluciones “dopando” el motor. Efectos por tanto diametralmente opuestos a los del primer grupo; donde antes se buscaba pasar la vida tumbado en un sofá en un estado de éxtasis ahora se busca vivir a tope, al máximo, en un ritmo acelerado y frenético.

Las drogas alucinógenas producen cambios en la percepción y la conciencia, como el famoso LSD y los hongos alucinógenos. En general producen sensaciones de bienestar y felicidad. Para lo que interesa aquí son asimilables al primer grupo en su creación de un “paraíso artificial” que el drogado disfruta aislado del mundo que le rodea, aunque imagino que habrá alucinógenos que son estimulantes. En cualquier caso lo que interesa aquí es la oposición entre la pasividad y la excitación, entre el fumado de opio que pasa horas atontado fuera del mundo y el yuppie que cargado de cocaína ve el resto del mundo pasar a cámara lenta ante él.

Además de las sustancias ilegales, ya hemos mencionado el uso impropio de medicamentos como drogas que aumenta la extensión real del fenómeno. Pero también hay que considerar la extraordinaria difusión de los fármacos sedantes, tranquilizantes, antidepresivos y similares, que se toman bajo prescripción médica o sin ella. El uso generalizado - o directamente el abuso - de este tipo de medicinas es un fenómeno paralelo y análogo al uso de drogas ilegales. En realidad es otro aspecto de lo mismo, de la sociedad drogada, pues siempre de drogas se trata aunque se trate de sustancias legales. Por dar un dato, en Estados Unidos el 50% o más de la población consume habitualmente los fármacos psicoactivos mencionados, y en el resto de las naciones occidentales, sin llegar al escandaloso porcentaje americano, la proporción no debe ir muy lejos.

¿Por qué escandaloso? Pues porque significa que en el país líder del mundo desarrollado, la nación modelo de Occidente que considera una misión divina o poco menos exportar su modelo de vida a todo el mundo, más de la mitad de la población no soporta la sociedad en que vive. Pues este, evidentemente, es el motivo de fondo por el que se toman tranquilizantes, los antidepresivos y en general los psicofármacos. Hemos creado una sociedad absurda en que vivir es cada vez más difícil. Por mucho que los falsificadores profesionales y los gurús del sistema nos repitan cada día que somos más felices que en ninguna época pasada, este uso masivo de psicofármacos - del cual ni los niños se libran ya – nos muestra una cruda verdad. Esto es que en realidad, la retórica del bienestar y el necio optimismo de fachada esconden un profundo, subterráneo, enorme malestar; un mundo vacío y carente de significado totales, en que las personas, simplemente, no se encuentran a sí mismas y no encuentran su lugar.

Y aquí vemos cómo no es una casualidad la gran popularidad de las drogas y la difusión capilar de la cultura de la droga. Se empieza a comprender cómo el uso masivo de drogas encaja perfectamente y se revela como un aspecto más del ambiente actual, una respuesta más del ser humano confrontado con el absurdo. Más allá de las causas sociales, familiares, que a un primer nivel son fundamentales, el sentido profundo de la cultura de la droga es una respuesta a la nada organizada, al vacío y falta de sentido de la sociedad que hemos construido, al desierto interior y la aridez que hay detrás de ella.

Como la mitad de nosotros debe recurrir a los antidepresivos o los tranquilizantes, y la mayor parte al entretenimiento, a la diversión compulsiva y prefabricada, para soportar la sociedad en que vive, otros recurren a la fuga y al escapismo, que es la esencia de la droga. Y vemos cómo los dos grandes grupos de drogas son dos caminos posibles, dos respuestas diferentes y aparentemente opuestas, pero en el fondo con un significado común, ante un mundo absurdo en el cual el hombre se encuentra siempre como cogido en contrapié y descentrado.

Enfrentados a esta nada que los circunda, unos eligen las drogas depresoras, la fuga hacia atrás, la retirada en el mundo del éxtasis individual, aislados del mundo en el paraíso artificial inducido por la droga y mañana, quizás, enganchados como hemos sugerido a la máquina que estimulará sus centros del placer. Se prolonga todo lo posible este paraíso artificial que evita enfrentarse al desierto que crece, se excava un pequeño agujero en medio de la nada y si se pudiera, se pasaría toda la vida dentro del agujero.

Otros eligen las drogas estimulantes, la fuga hacia adelante, aprietan el acelerador y hacen girar el motor al máximo de revoluciones; buscan vivir en un torbellino de actividad frenética, moviéndose sin cesar no importa hacia dónde – hacia ninguna parte en realidad – con una intensidad de vida, o mejor con una aceleración, que no les pertenece porque es falsa y fruto del dopaje físico y mental. Mañana, quizás, tendrán unos electrodos conectados a las zonas oportunas del cerebro y les baste apretar un botón para meter el “turbo”. No cambia nada en el fondo, su respuesta a la nada es girar cada vez más deprisa mientras se patina sobre un hielo fino y quebradizo, sin mirar jamás el abismo que hay debajo.

Este pues, es el significado de la droga y la convergencia de significado de las dos repuestas que el ser humano busca en la droga. Dos caminos aparentemente opuestos que en el fondo tienen el mismo sentido de huir de la nada para recaer en otra nada.

Las implicaciones de la droga a nivel individual y social son totalmente desmovilizantes. A nivel social y político se dispersa, se neutraliza la vitalidad y la natural energía del joven, se tira a la basura el potencial de transformación y de cambiar el mundo que el joven lleva consigo como su mejor tesoro, se desvían en una dirección inofensiva.

A nivel individual se degenera físicamente y caracterialmente, la propia vida pierde cualquier carácter de proyecto y de misión para convertirse en una sucesión de instantes que se arrastran en espera del instante final.

Sin embargo, no toda “fuga de la realidad” tiene el carácter negativo y destructivo de la droga, no todo “escapismo” es malo. Hay una frase de J.R.R. Tolkien con la cual el autor de El Señor de los Anillos solía responder a quien acusaba su literatura de “escapista” (seguramente, entre otros, cansinos y plúmbeos autores marxistas empeñados como siempre en “educar” al personal con sus bodrios). Decía el escritor: “¿Quién se opone a la evasión? ¡El carcelero, naturalmente!”

Evidentemente la “evasión” de que hablaba Tolkien no es la misma que la evasión en el mundo artificial de la droga. Tiene un carácter diametralmente opuesto. Existe un escapismo activo, constructivo, que nos puede elevar, sacar lo mejor de nosotros, movilizar nuestras energías; y existe un escapismo pasivo que es el de la droga, que arroja a un pozo negro esas energías. Ante una realidad que es sentida como una prisión, el escapismo de la droga es bajar por un túnel hasta una mazmorra aún más oscura y profunda, es perderse a sí mismo; el escapismo activo es abatir un muro o una ventana en busca del aire puro y de la luz, es encontrarse a sí mismo.

Este último es, ciertamente, el tipo de “fuga de la realidad” que el carcelero realmente detesta y quiere suprimir. La “fuga” que ante una realidad absurda, vulgar, fea, dominada por antivalores y degeneración, no busca escapar en una nada aún más profunda y absurda, sino al contrario moviliza energías, significados simbólicos. Este es el tipo de “escapismo” sano y activo, constructivo, no el que usamos para encerrarnos en un mundo privado y artificial, sino el que nos hace respirar un aire más puro y contactar a nivel emotivo con un mundo de valores más auténticos. Para volver a la realidad con la plena conciencia de que el aire que respiramos está viciado, de que los presuntos valores que dominan en la actualidad no valen nada. Por tanto, no para volver a ningún pasado o para recrear un mundo imaginario, sino para regresar al mundo con el deseo de abrir las ventanas, ver la luz del sol, respirar un aire más limpio.

Concluyendo ya, a un nivel puramente individual, quien recurre a la fuga química de sí mismo y de la realidad, quien acepta el dominio sobre sí de la droga y la dependencia que conlleva, es un individuo descentrado y ha abdicado de su soberanía interior. Por tanto, más allá y antes que por motivos morales, prácticos, legales (todo lo cual siempre es muy relativo) el uso de drogas o de sus equivalentes, o las prácticas que tienen el mismo significado, es negativo por un motivo ético, en el sentido de la forma interior que uno quiere darse a sí mismo y a su vida, de la imagen de uno mismo en la cual se busca y encuentra el propio camino.

Inaceptable es desde este punto de vista la esclavitud y la dependencia, la fuga de sí mismo. Sobre todo y muy especialmente en quien aspira a defender valores fuertes y superiores, en quien se niega a seguir la corriente de la degradación.

En un mundo que cada vez con más prepotencia impone la antiética del abandono, el ideal de la flojera y del desparrame interior, cuyo perfecto símbolo es el drogado, plantarse y decir no quiere decir en primer lugar reconocerse en una ética de soberanía y centralidad interior, de la responsabilidad de sí mismo y la propia existencia asumida integralmente.

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