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La gran barriga

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Teratología política, o de la degeneración de la política en partidocracia.

Teratología significa el estudio de las anomalías y deformidades en los organismos vivientes. Es una palabra que probablemente el lector no utilice a menudo -yo mismo confieso que hay días en que no la uso- pero es muy adecuada para el tema de esta breve reflexión, como será evidente cuando lleguemos al final.

Casi para todo el mundo es ya evidente la degradación de la política en el sistema democrático, su reducción a una lamentable farsa, el abismo entre lo que debería ser y lo que es. En vez de lucha de personalidades, de ideas, concepciones del mundo y propuestas para afrontar las cuestiones reales, tenemos sólo una escuálida riña barriobajera por las poltronas (eso sí, son barriobajeros clase alta), una clase política degenerada para la cual el nombre de casta es más que adecuado, una casta cuyo único fin es perpetuarse a sí misma y vivir a costa del resto del país. Situación que es común a todas las democracias, con España e Italia como casos límite.

No ha nada nuevo en ello, por supuesto. Siempre ha habido clases dirigentes que se perpetúan a sí mismas, siempre ha habido privilegios y corrupción. Pero no todas las clases dirigentes son iguales. Los privilegios para ser conformes a justicia se tienen que corresponder con superiores exigencias, en primer lugar la de que dirigentes cumplan con su deber, que es trabajar para la salud, el vigor y la prosperidad de sus pueblos, pensar y proyectar su futuro.

Todas las clases dirigentes tiene privilegios, pero no todas son iguales en corrupción, en capacidad de liderazgo, en inteligencia y obra. Hay clases dirigentes que respetan a su pueblo, que trabajan por su futuro, su libertad y su identidad, porque se saben parte de un organismo y una comunidad que ni empieza ni termina con ellos mismos. Y hay también clases dirigentes traidoras, compuestas de miserables y vendidas a los enemigos de su pueblo y su nación, cuya única preocupación es conservar y acrecentar sus miserables privilegios mientras obedecen a sus amos que permanecen en la sombra.

Es evidente, claro como el agua, cuál es la categoría a la que pertenecen las clases dirigentes actuales de la demopartidocracia.

La democracia es simplemente un sistema, particularmente logrado, para que la gente soporte el gobierno de una casta excepcionalmente corrupta, incapaz y que no sabe hacer nada más que política. En democracia se soportan abusos, intromisiones, imposiciones fiscales que en épocas pasadas habrían llevado a la revuelta, porque los ha votado en las urnas en el cansino rito de las elecciones.

La mejor descripción que he leído del sistema democrático es la del escritor italiano Massimo Fini que la ha definido, de forma quizá poco elegante pero exacta, como “una forma para dar por el culo a la gente con su consentimiento”. La forma más lograda, añado yo. La prueba del éxito del sistema en legitimar una casta de sinvergüenzas, la mayor demostración del poder de la ilusión democrática, está ante nuestros ojos, porque la gente sigue votando a los mismos partidos del sistema a pesar de saber perfectamente que está votando una casta de sinvergüenzas.

Esto no quita que el sistema, a pesar de todo, esté crujiendo por todas partes. Todo el mundo está desencantado y es evidente hasta para el más obtuso el nivel de degradación y mediocridad al que se ha llegado. Ya no hay programas realmente distintos, las diferencias son poco más que cosméticas, ni auténtico enfrentamiento sobre cuestiones de principio. Palabras, acciones, personajes son todos iguales en su mediocridad aplastante.

En las urnas no se decide nada, absolutamente nada de importancia. Todo sucede como si hubiera un partido único cuyas facciones se alternan en el poder. Y en efecto, más allá de la apariencia, en la esencia y políticamente los partidos del sistema son un partido único, la falsa alternativa entre “izquierda” y “derecha” es una parte del decorado teatral, que hay que mantener porque es importante que la gente siga creyendo en la representación y pagando la entrada.

Cuando se habla de los partidos del sistema -para ser precisos los que no son ignorados o demonizados por los grandes medios- en rigor hay que hablar por tanto de un partido único y dos corrientes, que llamaremos la rama descamisada del partido único (la “izquierda”) y la rama encorbatada del mismo partido (la “derecha”). Las dos ramas se reparten el trabajo y cada una hace su parte cuando está en el poder, sin que jamás una deshaga lo que hace la otra, salvo en cuestiones secundarias.

La especialidad de la rama descamisada es la destrucción de la familia, el fomento de la degeneración social, la corrupción de menores, la apología y el favorecimiento de las desviaciones sexuales y la confusión sexual desde la infancia. También el gorroneo subvencionado a gran escala, con fondos públicos, de parásitos descamisados amiguetes suyos (burocracias inútiles y dañinas, y lo que llaman gasto social).

La especialidad de la rama encorbatada, en cambio, es la destrucción de las garantías laborales, la sumisión a los poderes de la finanza internacional, la venta a precio de saldo del país. También, como los otros, el gorroneo subvencionado a gran escala de parásitos encorbatados amiguetes suyos con fondos públicos (rescates bancarios, socialización de las pérdidas de los especuladores después de que estos se hayan quedado con los beneficios).

Hay, es verdad, algunas notas de color. En particular la rama descamisada tiene variedades que se diferencian en el número de botones abiertos de la camisa, en la higiene personal (izquierda callejera y perrofláutica) o -en el caso de nuestro país- en la longitud de la coleta.

Hay varias formas de describir esta situación gráficamente. A menudo son la metáfora y la analogía los medios con que se llega al fondo de las cosas y se captura su significado profundo. Así que intentaremos llegar al alma de la clase política actual tomándonos -por así decir- alguna licencia poética.

Se puede comparar la política con un circo y a veces se ha hecho. Qué duda cabe: en la zoología política ciertamente hay animales, así como payasos (con poca gracia, todo hay que decirlo), muchísimos saltimbanquis y equilibristas así como ilusionistas, maestros en el arte hacer pasar el humo por la realidad. No faltan las bailarinas aunque en estos tiempos feministas lleven un perfil algo discreto; por no hablar de los magos que en vez de sacar conejos del sombrero hacen desaparecer euros y, como no podía faltar, la especie partidocrática por excelencia que es el trepa. Finalmente, aunque la corrección política haya desterrado a los enanos del circo moderno (dejándolos en el paro para defender su dignidad), en los partidos del sistema todos son, políticamente hablando, enanos.

Como en el circo, el público paga la entrada, sólo que el circo de la política el público ni siquiera se divierte y el espectáculo, francamente, es penoso.

Es una buena analogía como primera visión de la clase política, pero insuficiente. Más precisa y adecuada -porque sugiere también una acción correctiva- es comparar nuestra nación con un cuerpo debilitado y cubierto totalmente de sanguijuelas, que ávidamente luchan por un trozo de piel donde chupar la sangre. Hay cada vez menos sangre, pero esto le importa muy poco a las sanguijuelas; cada una va a lo suyo, lo único que le interesa es abrirse paso a codazos hasta su trocito de piel, para defenderlo con uñas y dientes cuando lo haya conquistado. Una notable propiedad por cierto de las sanguijuelas, que comparten con la clase política, es que son pequeñas cuando se adhieren a la piel, pero cada vez crecen más cuando empiezan a chupar la sangre. Una diferencia importante, en cambio, es que las sanguijuelas se caen después de veinte minutos, cuando han tenido bastante. La clase política, en cambio, no se despega jamás si no es forzada a ello, y nunca está saciada.

Es evidente lo adecuada que es esta visión para el Estado de las Autonomías, la proliferación de políticos, gobiernillos, organismos, ONGs, comités y asambleas, comisiones, asociaciones de parásitos subvencionados…el ejército de sanguijuelas le ha chupado a nuestro país casi toda la sangre y lo seguirán haciendo hasta la última gota.

La misma analogía ya sugiere, como digo, un tratamiento. Para recobrar la salud hacen falta dos cosas: sangre nueva para revitalizar el país y sobre todo arrancar las sanguijuelas. Debido a su naturaleza particular, sin embargo, las sanguijuelas arrancadas deben ser consideradas como residuos biológicos tóxicos, que deben ser neutralizados en una planta de tratamiento y reducación. El lector no debe imaginar campos de concentración, alambradas, guardias. Nada de eso. Será suficiente algo mucho menos espectacular, aunque para ellos dramático. En primer lugar hacerles cumplir la pena que les corresponde por sus delitos, y luego ponerles a trabajar, que es lo que más les horroriza. Naturalmente en oficios acordes a sus efectivas cualidades y capacidades, que para la mayor parte de ellos son casi nulas.

Sin embargo la más adecuada analogía con la política la da el mismo cuerpo humano. El cuerpo humano, interpretado analógicamente, es una fuente de sabiduría y conocimiento, que nos permitirá entrar en el significado de la verdadera política y calibrar la medida de la degeneración alcanzada hoy en día.

En el cuerpo humano cada parte tiene su función y todas son necesarias; la salud y el perfecto funcionamiento se tienen cuando todas cumplen con su labor y hay un equilibrio entre ellas. Lo que no quiere decir que todos los cuerpos sean iguales; algunos tienen una parte más desarrollada que otras, algunas serán más importantes que otras pero todas son necesarias.

Es posible llevar adelante esta comparación en el caso dela política, pues un movimiento político -llamémosle o no partido- es como un cuerpo humano y muchas partes del cuerpo se corresponden con lo que debe tener un movimiento político sano, vital y válido. Centrándonos en los tres aparatos u órganos fundamentales y necesarios que deben estar presentes, sin los cuales no se va a ninguna parte, estos son el cerebro, el corazón y los atributos viriles.

Un movimiento político debe tener cerebro, la inteligencia para diseñar y llevar a cabo estrategia y táctica, para afrontar y dar una solución a las cuestiones históricas y políticas, para ser capaz de gestionar un estado y una sociedad compleja, sus problemas domésticos y las relaciones internacionales. Es el cerebro lo que da a un movimiento político la capacidad de dirigir y construir un destino.

Debe tener también corazón, es decir debe tener unos valores, una sensibilidad común que une en camaradería a las voluntades individuales, que las hace amar y odiar las mismas cosas. Es el corazón lo que da la motivación profunda para actuar y defender unas ideas, en vez de perseguir cada uno su propio interés y acomodarse en su vida privada.

Y por supuesto un movimiento, como su líder, debe tener también atributos viriles. Pelotas. Porque la política es lucha y acción, también en la calle y no sobre el papel, en el mundo de las voluntades humanas, los intereses y grupos poderosos contra los que se ha de combatir, y que se van a defender de manera sucia, sin respetar las reglas de cortesía. Las reglas de cortesía existen entre los partidos del sistema porque es una lucha falsa y domesticada sobre un decorado, no existen contra un verdadero enemigo político. Por lo tanto un movimiento sin atributos viriles no va a ninguna parte. Esto es lo que da la capacidad para incidir en la realidad; para no quedarse en una protesta y un testimonio, que en sí mismos pueden ser dignísimos y meritorios pero están destinados a ser arrastrados por la corriente del tiempo, si no son capaces de una acción eficaz en la sociedad.

Cerebro, corazón y atributos. Si falta uno de los tres el movimiento político está cojo e irremediablemente limitado.

Ahora bien, en la política actual, no es que falte alguno de estos tres elementos, es que faltan los tres, es que no hay ninguno de ellos. Observando el panorama actual, los líderes –pase la palabra – y los partidos políticos del sistema no tienen ni cerebro, ni corazón ni cojones.

Para ver que falta el cerebro en la política, basta considerar el nivel ínfimo, el vacío neumático de su no-discurso y de sus no-conceptos, la caída en picado de la estatura mental y cultural de sus representantes, quienes –eso sí – son listillos que saben muy bien cómo sacar tajada de las situaciones, picardear y picotear hasta la última migaja que se les pone a tiro. Pero eso no es inteligencia, es sólo la habilidad de la célula cancerosa de reproducirse y medrar a costa del cuerpo que está matando.

Tampoco tienen corazón; la falta total de valores en los partidos del sistema es tan evidente que hace superfluo cualquier comentario o explicación. Simples amalgamas de gente unidas por el interés, el culto del dinero y del privilegio, estos son los únicos “valores” que los mantienen como grupos organizados.

Para medir la altura de la caída basta considerar las jóvenes generaciones, en las que el elemento corazón debería estar en primer plano, los ideales presentarse más vivos y en su forma más pura. Los jóvenes que tienden hacia la rama descamisada tienen como ideal una vida ociosa de porros, botellón y cretinización tocando juntos tambores africanos. Los jóvenes que tienden en cambio hacia la rama encorbatada tienen como ideal el master en una universidad americana, el centro comercial y el todoterreno de lujo para ir al spa el fin de semana. Este es el espectro de los valores y los ideales.

Sobre los atributos viriles, cualquier eunuco de guardia en los harenes del Imperio Otomano tenía más pelotas que el político medio actual. Al menos los eunucos sabían combatir.

Recapitulando, los partidos políticos de la democracia han perdido todo, si es que alguna vez lo tuvieron. Se han quedado sin cerebro, sin corazón y sin atributos. ¿Qué les queda entonces, cuál es la parte del cuerpo que han conservado?

La respuesta es evidente.

¡LA BARRIGA!

Tras haber perdido todo el resto, los partidos se han convertido en una barriga gigantesca. Son sólo barriga, una panza devoradora, ávida, que no tiene ni voluntad ni sentimiento ni fuerza, sólo un impulso instintivo de trincar todo lo que se pone por delante; y de hecho se ha trincado todo el país.

Esto es lo que los ciudadanos votan en las urnas, para tener la ilusión de que participan en el destino y en las decisiones que afectan a su vida. Votan a la Gran Barriga que ríe, digiere y sigue trincando.

Ahora es claro lo muy adecuado que era empezar este artículo hablando de teratología política, y ver la política actual como una monstruosidad y una deformidad. No hay palabra más adecuada para un cuerpo que se ha vuelto sólo barriga.

Como consideración final, si el lector acepta la visión que he esbozado de la partidocracia, estará de acuerdo conmigo en que en que –hasta prueba contraria – una barriga no tiene capacidad de dirigir ni de decidir, y por tanto las decisiones se toman en otra parte. O dicho de otra manera, como a pesar de todo tiene que haber un cerebro en algún lugar, y la partidocracia es sólo barriga, el cerebro tiene que estar en otro lado.

Y efectivamente existe en otro lado un poder, existe un cerebro en la sombra, impulsado por un corazón negro dentro del cual hay sólo contabilidad, tipos de interés y dinero virtual, acompañado por sus atributos patológicos que se traicionan a sí mismos en su apología constante de la desviación y la perversión sexual. Este cerebro en la sombra es el que toma las decisiones que la barriga no puede tomar; es el que metódicamente, perversamente, está destruyendo nuestras naciones, nuestros pueblos, nuestra cultura y nuestra tradición, mientras las masas domesticadas e intoxicadas por su propaganda siguen votando, año tras año, a la Gran Barriga.

Esto es lo que vale la democracia actual y éste es su verdadero rostro.

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