Get Adobe Flash player

Calidad de vida

Share

 

La calidad de vida es sin duda uno de los fetiches de nuestro tiempo. Por otro lado, no es que quede mucho donde elegir una vez deconstruidos los grandes ideales, vaciados de contenido y de profundidad los valores, las aspiraciones y motivaciones fuertes, cargadas de intensidad y de significado. Cuando patria, religión, familia, estirpe e identidad no significan ya nada. Cuando todo es un producto de consumo y se reprime sistemáticamente desde la infancia cualquier aspiración superior, cuando nos han explicado que sólo existe lo material y que somos animales económicos que maximizan su utilidad.

En pocas palabras, cuando los ideales y los dioses están muertos en las mentes y los corazones, la asamblea de asnos que se declara a sí misma cima de la evolución humana proclama su aspiración y su nuevo dios. Aspiración en verdad raquítica, diosecillo en verdad miserable, pero es lo único que queda: la calidad de vida.

Es el mínimo común denominador de los anhelos humanos, el residuo de la voluntad y las pulsiones vitales, el poso que queda en el fondo de las personas y los pueblos cuando se les han quitado su identidad y sus valores. Es el único ideal concebible en la igualdad, lo cual muestra una vez más la íntima relación de los Azotes entre sí.

Se supone que calidad de vida es vivir bien. Pero esto dice poco; lo importante es el modelo concreto, las aspiraciones que se condensan en la expresión calidad de vida. No se trata ciertamente de ideales por los que a alguien se le ocurra hacer algún sacrificio o pasar incomodidades, ni son imaginables masas que se rebelan enfervorizadas para exigir calidad de vida. Pero de eso se trata, de no movilizar masas y menos aún pueblos o comunidades, sino de gestionar reflejos pavlovianos en agregados de individuos.

Muy al contrario, aquí se trata de perseguir la pequeña felicidad solipsista, el alejamiento de los grandes temas y del compromiso, el vivir bien y confortablemente, la ausencia de sobresaltos. La base es que el bienestar económico y la riqueza son lo principal, pero se concede que haya también otros aspectos menos materiales, que de todos modos al final van a recaer siempre en los valores típicos hoy dominantes.

Como corresponde a nuestro tiempo, que valora sólo lo que se puede medir y reducir a un número -mejor aún si es un precio- se han establecido índices de calidad de vida, que se supone definen quién vive bien y quién no. El más difundido es el índice de desarrollo humano, que tiene en cuenta tres aspectos: riqueza per cápita del país, esperanza de vida y nivel de escolarización. Es naturalmente ya una posición ideológica definir el desarrollo humano como algo que se pueda cuantificar, y más aún establecer que los parámetros de medida sean la riqueza, la duración de la vida y la escolarización. Seguramente hay una mejora respecto al burdo criterio que se usaba antes de tener en cuenta sólo la riqueza, pero siguen siendo criterios cortados a medida de quien los define.

Es decir del modelo de sociedad occidental consumista, materialista y del bienestar que se nos propone, explícitamente, como el mejor de los mundos posibles y el ideal futuro para toda la humanidad. Los índices de desarrollo humano, y en general todo el discurso de la calidad de vida, giran alrededor de esto, y lo que dicen en realidad es en qué medida un país o una comunidad se aproxima a este modelo. La calidad de vida es entonces la manera que tiene la sociedad occidental moderna de decirse a sí misma que es la mejor posible; con la temeraria afirmación adicional de que la gente es más feliz, está más satisfecha y vive una vida más plena y equilibrada cuando su calidad de vida es alta.

Que la felicidad humana esté en la posesión de bienes materiales, en la duración de la vida y en otros criterios cuantitativos es un gran rebuzno, que ninguno de los grandes pensadores o maestros en la historia de la humanidad -y tampoco medianos que yo sepa- ha soltado nunca. Pero sin entrar a fondo en este terreno espinoso y opinable, como mínimo es evidente la arbitrariedad de esta manera de medir la felicidad humana y su inconsistencia, incluso desde criterios puramente cuantitativos y definibles rigurosamente.

Los países con más calidad de vida son las naciones guía y ejemplo de la sociedad del bienestar: Noruega, Australia, Estados Unidos, Holanda, Alemania, Nueva Zelanda, Irlanda, Suecia, Suiza, Japón.

¿Es en estas naciones donde la gente vive mejor, donde satisface sus aspiraciones vitales, donde podría decir, en una imaginaria recapitulación post mortem, que su paso por este mundo ha sido más pleno y ha merecido la pena?

Cabe dudarlo pues hay parámetros y criterios que si fueran incluidos en el dichoso desarrollo humano, darían una “clasificación de la felicidad” bastante distinta. Por ejemplo el índice de suicidios. Aunque aquí entran en juego también factores culturales y es un argumento con una limitada validez, en líneas generales donde la gente se suicida más es porque vive peor, y los países con mayor calidad de vida, sin estar entre los primeros en suicidios, sí están todos en la mitad superior de la tabla. En cambio los países donde la gente se suicida menos sí que son, en su mayor parte, naciones con poco desarrollo humano.

Es lo que tiene la sociedad del bienestar, que cuanto más bienestar hay más gente se quita la vida. Parece que para muchas personas el precio que han de pagar por la calidad de vida es la vida misma. Esto se ve claramente considerando las cosas en perspectiva histórica: las tasas de suicidio aumentan siempre con el desarrollo económico y la introducción del modelo de sociedad moderna actualmente dominante; una tendencia verificada desde el fin de la Edad Media y en la actualidad demostrada -una vez más- con el incremento espectacular de los suicidios en China, paralelamente a un crecimiento económico que evidentemente conlleva tensiones individuales y sociales crecientes.

El discurso de los suicidios no es totalmente concluyente por varias razones, pero seguramente sería correcto introducir este aspecto en el cálculo de la calidad de vida. Claro que entonces las sociedades desarrolladas no saldrían automáticamente como las más felices, con lo cual los índices dejarían de servir para el fin con que fueron creados.

Pero donde realmente brillan los países con más desarrollo humano es en otros índices de infelicidad como el consumo de drogas y psicofármacos, la necesidad de tratamiento psicológico y la incidencia de trastornos mentales; como asimismo en las tasas de gilipollez e hijoputez, de cabreo general, ñoñería y pajas mentales.

El lector pensará que es difícil dar una definición científica rigurosa y más aún medir estas variables, especialmente las últimas cinco, pero es evidente que son indicadores clarísimos de cómo la gente vive su existencia y lo que obtiene de ella. Y en los países con más calidad de vida estas tasas se disparan, como se disparan cuando la calidad de vida aumenta. Seguramente lectores con más edad que yo recuerdan como la vida era más serena, menos amargada, más centrada y con menos preocupaciones estúpidas, hasta que llegó la calidad de vida.

La incidencia de la depresión es más del 25% en países como Estados Unidos, Alemania, Noruega -países que están en el top 5 del índice de desarrollo humano- y también es notable en países como Francia o España que están en la parte superior de ese ranking. Un discurso análogo vale para la incidencia de trastornos psicológicos en general, el consumo de drogas y psicofármacos. En todos estos evidentísimos indicadores de malestar los países con más calidad de vida ocupan las primeras posiciones.

En Estados Unidos, paradigma del bienestar bovino, más de la mitad de la población toma antidepresivos y otros medicamentos psicoactivos. Lo cual quiere decir que más de la mitad de la población no soporta la sociedad en que vive y la existencia que lleva; este es evidentemente el significado del dato. En las naciones desarrolladas líderes en calidad de vida, el uso de antidepresivos aumenta continuamente y estamos en algo menos de una dosis diaria prescrita por cada diez habitantes.

Evidentemente donde hay más calidad de vida, más gente hay que no soporta esa vida feliz y llena de calidad.

Parece claro que el hombre necesita sentir que su existencia tiene significado, necesita algo más o algo distinto de lo que propone la sociedad del bienestar y el modelo de vida occidental. Necesita algo más que estos ideales y aspiraciones mediocres, encarnados en la calidad de vida. Ideales que expresan un individualismo total en una sociedad desarticulada, donde el objetivo es maximizar una pequeña felicidad. Aspiraciones que evitan cuidadosamente todo horizonte superior que pudiera disturbar esta contabilidad miserable de placeres y dolores, felicidad e infelicidad. Todo ello termina por mutilar cualquier anhelo superior; elimina la tragedia como la alegría, todo lo que pueda ser profundo y temible, todo lo que pueda amenazar con remover las aguas humanas.

Naturalmente el afán de definir y perseguir científicamente, racionalmente la felicidad, es exactamente la fuente de la infelicidad; es precisamente lo que impide que se alcance esta felicidad, lo que hace que el precio de mejorar las estadísticas de calidad de la vida sea la pérdida de sentido de esa vida y un malestar extraordinario que sólo un autoengaño continuo llama bienestar.

Es una paradoja sólo en apariencia, o mejor dicho es una paradoja sólo para estupidez inteligente del racionalista, que piensa poder pesar y atrapar con la razón la vida. Aquí opera una especie de principio de indeterminación que hace imposible acotar y atrapar lo que se busca, pues quiere atrapar algo que se escapa y cambia de naturaleza en cuanto hacemos ese movimiento para agarrarlo. Una vez atrapado y aferrado con fuerza, nos damos cuenta de que una vez más hemos dejado fuera, se nos ha escapado, lo más importante. No es por tanto paradoja sino expresión de ese quid incognoscible que será siempre escurridizo e imposible de aferrar, no porque esté oculto sino porque está en su naturaleza no dejarse nunca definir y comprender en su totalidad.

La calidad de vida, explícitamente o no, busca una existencia hipergarantizada, protegida, quiere expulsar el riesgo y la muerte. Se trata de un ideal de la vida domesticado, mediocre y cualitativamente inferior. En definitiva la aspiración de vida del “último hombre” que Nietzsche supo describir con pocas, magistrales pinceladas en su Zarathustra.

Es la vida del burgués metafísico, en el cual convergen idealmente el capitalismo y el marxismo, ambos vivitos y coleando hoy en día, aunque no lo parezca. Ambos alineados en su limitación de la existencia y el anhelo humanos al horizonte material y económico.

No se quiere la molestia del conocimiento, del compromiso, de la entrega y del ponerse en juego a sí mismo totalmente, sin reservas. Se solicita únicamente la distracción, de ahí el anormal desarrollo de la industria del entretenimiento. Triunfa el ideal de la vida privada, se difunden múltiples rasgos de personalidad de carácter degenerativo, seniles, antivitales. Se quiere la seguridad a toda costa y el riesgo cero, horrible expresión que implica – lo comprendan o no sus defensores – vivir en una cárcel y reducir la vida a un recorrido sobre raíles fijados una vez por todas, eternamente iguales. Se desarrolla una mentalidad profundamente conservadora y estática, desmovilizadora; se aspira a un equilibrio que es la ciénaga de la muerte del espíritu, a una existencia plana y sin sobresaltos.

Como podemos ver, se trata de valores, aspiraciones, horizontes mentales y espirituales en verdad adecuados para quien no tenga un lugar para ideales fuertes y profundos, ni motivos para comprometerse y actuar, ninguna tarea a la cual sacrificar algo importante.

En resumen y quitándonos una piedra más del estómago, como hacemos en cada uno de estos Azotes, concluiremos que la calidad de vida es la filosofía de quien no tiene nada más importante que hacer en la vida que pasar por ella.

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar