Hombres maquillados

Narcisismo, vanidad, culto de la apariencia y de una elegancia puramente exterior, todo envoltorio y nada de sustancia, afeminamiento -que no tiene porqué ser homosexualidad real, pero a menudo lo es- y vacuidad interior, son los rasgos del nuevo hombre.

Como todos sabemos, hay actualmente hay una -lamentable- tendencia entre los hombres que es la de cuidarse y acicalarse a la manera femenina; maquillarse, prestar cada vez más atención al cuidado del cuerpo y de la belleza, crecientes ventas de productos cosméticos para hombres, la misma difusión de la ridícula expresión metrosexual… son índices de ello.

Llama la atención el que, incluso en situación de crisis que recorta casi todos los tipos de consumo, para estos artículos de lujo el consumidor con DNI masculino se gaste cada vez más dinero. Para el hombre actual la cosmética parece ser muy importante.

No es que el maquillaje en los hombres tenga siempre un significado negativo en todo tiempo y lugar, ni que el hecho en sí mismo tenga una importancia absoluta. En varias culturas y épocas el maquillaje masculino ha asumido formas diferentes. Desde las pelucas, los polvos de harina para el pelo y los demás aderezos usados por aristocracias decadentes y parasitarias, a las pinturas de guerra de los indios, a los tatuajes de marineros y galeotes, y así podríamos seguir… pero la misma consideración de estos ejemplos deja bien claro cuál es la lectura que hemos de dar, para el varón actual, del maquillaje, la cosmética y la cultura de la apariencia.

Y esta lectura es la de una adecuación al modelo varonil que hoy está de moda, es decir el que los enemigos de la masculinidad fomentan y publicitan.

En efecto, sin incomodar a otras tradiciones y culturas, considerando el significado que tiene para nosotros, el fondo de esta tendencia es, evidentemente, un decadentismo masculino y una feminización del hombre. Un asumir y hacer propias tendencias, actitudes y modos propios de la fémina.

Esta es la nueva masculinidad que -nos dicen las lenguas de serpiente- libera al hombre del modelo tradicional de varón. Es decir lo “libera” de su identidad y lo vacía por dentro para convertirlo en un fantasma; confundido, perdido e intoxicado por una propaganda constante e insidiosa, cuyo objeto es desacreditar y cubrir de ridículo cualquier natural y sano instinto masculino -y femenino- que pueda discriminar entre lo que es propio de hombres y lo que no.

De idéntica manera, una infección o una enfermedad “liberan” a la víctima de su salud. Si el microbio y el virus pudieran hablar y teorizar desde su punto de vista, sin duda a la enfermedad la llamarían la nueva salud, como las feministas y sus domesticados mentales hablan de nueva masculinidad.

Ha sido siempre una actitud común, entre los varones sanos, la de estimar en poco y considerar algo ridículo el petimetre, el hombre demasiado preocupado por su apariencia y no pocas veces afeminado. Este criterio sano y recto es el que se quiere pervertir con todos los medios hoy, por parte de una alianza apestosa de feministas, medio hombres e industria cosmética, cada uno por sus particulares motivos, contra el carácter masculino.

Entre todos ellos, la motivación menos innoble es quizá la de la industria cosmética que simplemente quiere, para crear o extender un nuevo mercado, que los hombres se acicalen como las mujeres. Mientras las feministas odian la masculinidad y los medio hombres son lo que son, el consumismo es por lo menos paritario: busca hacer dependientes y menos libres a todos, convertir a todos los seres humanos en compradores compulsivos sin distinción de sexo.

Aquí hay que abrir un paréntesis para comentar la ridícula palabra metrosexual que tan de moda está. Hez lingüística -una más- que viene del otro lado del Atlántico, su sentido es metro(politan)+sexual, es decir la figura masculina típica propuesta como modelo por el matriarcado urbano anglosajón para mejor convertir a los hombres en unos mierdas.

Y en efecto el metrosexual es una de las variantes particulares del mierda. Con una carga adicional de esnobismo: quien usa esa palabra cree estar diciendo algo nuevo y lo hace para creerse que es muy actual, mientras es sólo un esnob. Por ello no usa términos perfectamente adecuados existentes en nuestra lengua como petimetre.

O mejor aún el pisaverde de toda la vida. Recordemos la definición: ”hombre presumido y afeminado, que no conoce más ocupación que la de acicalarse, perfumarse y andar vagando todo el día en busca de galanteos”.

El metrosexual, si acaso, representa un descenso y una caída de nivel en esta figura ya de por sí equívoca, en una versión particularmente degenerada y desvirilizada; es un pisaverde venido a menos, cortado a medida de la televisión, ulteriormente amariconado y que se esfuerza particularmente para parecer lo menos masculino posible.

Narcisismo, vanidad, culto de la apariencia y de una elegancia puramente exterior, todo envoltorio y nada de sustancia, afeminamiento -que no tiene porqué ser homosexualidad real, pero a menudo lo es- y vacuidad interior, son los rasgos del nuevo hombre.

Pero por supuesto no se trata de algo nuevo: la sociedad actual no ha inventado nada, ni los vicios ni las formas de decadencia humana. Simplemente los ha impregnado de vulgaridad, los ha fabricado de plástico y en serie, los ha convertido en un producto comercial.

De tal manera, el maquillado-metrosexual-afeminado de hoy es simplemente la versión ridícula, rebajada y plebeya del dandy del siglo XIX. La figura del dandy, en sus tiempos de oro, estaba ligada a los ideales del caballero y el aristócrata frente al creciente igualitarismo, tenía como centro el ideal de la elegancia: en la apariencia pero también en el comportamiento y el gusto. Esto era también modelo y punto de referencia para las clases inferiores, y hasta ayer mismo eran parte de la cultura masculina general.

En general, estos ideales y actitudes, en sí mismos y si se permanece en el justo término medio, no tienen nada de equivocado y están perfectamente en regla con una correcta figura masculina. La elegancia, la pulcritud y el cuidado de la apariencia tienen su valor, siempre y cuando sean reflejo y símbolo de correspondientes cualidades interiores de la persona; siempre y cuando no se conviertan en sí mismas en una razón de vida y todo se quede en apariencia, en una fachada detrás de la cual no hay nada.

El centro de gravedad del dandy está en la opinión de los demás, en ser mirado y admirado. Esto es ciertamente un rasgo de feminización, no necesariamente asociado con la homosexualidad pero sí bastante a menudo. El dandy genuino tiene el punto focal de su vida en el culto del personaje, de la actitud y la pose. Se vuelca hacia lo externo porque el interior está vacío.

Aquí precisamente se revela con evidencia el aspecto nihilista y también la debilidad intrínseca del dandy, su insuficiencia cuando ese culto de la apariencia y la exterioridad no es simplemente un ingrediente de la vida sino su motivo principal. El arquetipo de ello será siempre la parábola de Beau Brummell, su ascensión y su ruinosa caída.

A pesar de todo esto y quedándonos con el tipo del dandy en general, ciertamente había un elemento decadente en ellos pero aún así era un tipo de hombre a años luz de sus encarnaciones actuales. Hemos descendido en verdad, no peldaños sino un entero precipicio para llegar del dandy al pisaverde y aún más al metrosexual.

Relacionado con esto tenemos, como otro aspecto de la moda masculina actual (es decir del Caballo de Troya introducido en la mente del varón contra la masculinidad) la degeneración de la cultura física hoy, que frecuentemente no está orientada a la habilidad o las prestaciones atléticas sino a la pura apariencia; lo que es una vez más síntoma inequívoco de feminización -y por tanto degradación- en el varón. Es el indicador de una endeblez interior y una renuncia a recorrer un camino masculino, para tomar una vía que está en el terreno propio de la mujer y por tanto, ya de entrada, perdedora e inadecuada para el hombre.

Obviamente son tendencias fomentadas activamente por el poder y la ideología antimasculina dominante, funcional a la tiranía feminista que ve con buenos ojos al varón que sigue este camino equívoco, pues así es más fácilmente dominado por la mujer. En efecto, se puede percibir por todas partes la campaña de descrédito general y continua contra las maneras, actitudes y valores masculinos. De manera abierta o sutil, con mensajes directos o con la creación de una atmósfera particular, a través de una propaganda capilar y un lavado de cerebro mediático que utiliza la publicidad, las series basura, el cine.

Basta ver qué modelos penosos y abyectos de hombre, casi siempre ridiculizado, propugnan y presentan los miserables productos de la industria del entretenimiento e imbecilización de masas. Las series basura americanas y españolas que nos propinan son ejemplos perfectos de ello, especialmente las cómicas (que maldita la gracia que hacen) pues dan múltiples ocasiones de ridiculizar.

Toda esta preocupación por el aspecto físico, por tener una piel delicada, por esconder arrugas y ojeras, por suavizar el aspecto masculino y por depilarse, por esconder los efectos de los años que pasan... son la revelación de que hay algo muy flojo en el hombre moderno. Estas inquietudes acosan a hombres perfectamente normales, que persiguen como todos ser más atractivos para la mujer...como el maquillaje en la mujer tiene la misión de hacerla más atractiva para el hombre y aumentar su poder de fascinación sobre éste.

Y aquí precisamente se ve la feminización del comportamiento masculino: en el deseo de ser atractivo a la manera femenina, de atraer, fascinar con un tipo de belleza que ha sido siempre propia de la mujer y del adolescente efebo.

Esta homologación del hombre a la mujer, naturalmente, es aprobada con entusiasmo y fomentada por el igualitarismo, como la paralela masculinización de la mujer que confunde "liberación" y "emancipación" con asumir actitudes y comportamientos masculinos. Por supuesto desde el punto de vista de la fanática ignorancia igualitaria, no existen comportamientos o actitudes más propios de hombres o de mujeres, todos somos iguales en todo.

Ante tamaña necedad, debemos rebatir con fuerza una verdad: que la feminización del hombre representa para éste una degeneración, como lo es para la mujer su feminización. Un hombre que se asimila a la mujer es sólo una muñequita grotesca, una mujer que se asimila al hombre no es más que un mono.

Estando así las cosas, no puede sorprender a nadie que el feminismo encuentre terreno abonado en este tipo de hombre y penetre en la sociedad como un cuchillo en la mantequilla.

 

Por todo ello y concluyendo ya este Azote, lo que hay que condenar específicamente, más allá de manifestaciones exteriores o detalles, es la feminización del hombre y la búsqueda de una belleza femínea y efébica antes que viril. Este es el significado de las tendencias aquí consideradas, para nada inocentes sino que reflejan una caída de nivel. Una señal inequívoca de tiempos marcados por la decadencia, el nivelamiento y la degeneración.