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Los que hacen el amor y no la guerra

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Es conocido el slogan de los piojosos y jipis de los años 60, haz el amor y no la guerra. El mismo símbolo de toda una infracultura y de una tendencia social que, como es sabido, va en paralelo a la decadencia masculina y en particular a la feminización del hombre.

Para desbrozar el campo de estupideces vale apenas la pena notar que el ardor belicoso, el aprecio por la guerra y la lucha, no vienen de una sexualidad reprimida como pretende una cierta y grotesca ideología pansexualista, difundida por los malos maestros y en particular por la rama psicológica del marxismo cultural (Wilhelm Reich y Erich Fromm).

Muy al contrario tales tendencias están en una sana naturaleza humana y especialmente en la del varón.

Desde los tiempos más antiguos la figura del guerrero ha sido uno de los más altos ideales masculinos, y no solamente en las sociedades notorias por su carácter combativo y militar. También en otras que no tenían este carácter, donde la casta de los guerreros no era necesariamente la dominante, la relación entre la guerra y la masculinidad ha sido siempre reconocida; si no de manera exclusiva, por lo menos como uno de los tipos humanos donde el carácter viril se realiza.

Por lo demás, cuando les conviene para denigrar la masculinidad, las feministas y los eunucos mentales no dejan de reconocer esto echarlo en cara al varón. Como olvidándose de que ellas mismas no son más que un producto degenerado de sociedades moldeadas por la historia, esto es por la guerra y el conflicto; y también por supuesto moldeadas, dicho sea de paso, por el odiado patriarcado que es fuente de civilización, sin el cual ellas mismas serían poco más que hembras inútiles de una horda semisalvaje.

Desde luego, el instinto de la guerra y el sexual han sido ambos imprescindibles para la supervivencia y el dessarrollo vital de las comunidades, desde el inicio de la sociedad humana e incluso de la misma hominación. Por tanto no se comprende cómo podría existir tal antítesis entre el instinto de la guerra y la sexualidad. Muy al contrario, la unión virtuosa del sexo y la guerra es lo lógico y beneficioso desde cualquier punto de vista. Y naturalmente esta es la realidad a todos los niveles; pensemos en las grandes civilizaciones militares y conquistadoras, que eran todo menos puritanas, en la atracción que en una mujer bien nacida ejercitan los uniformes y el guerrero (incluso en el seno de sociedades lobotomizadas por el mediocre moralismo pacifista), en la misma poligamia de varias culturas guerreras.

Sin olvidar el hecho bien conocido de la fascinación sobre muchas mujeres que ejercen tipos como el del mafioso y el criminal: aunque estos sean una degeneración del tipo del guerrero, la sombra del guerrero que aún habita en ellos los hace atractivos y viriles, a pesar de todo. Seguramente más que el tipo del oficinista, o incluso el del fontanero o del que viene a leer el contador del gas.

Roma, Japón, El Islam, Grecia…ellos hacían el amor y hacían la guerra. Se me perdonará la ñoñería anglosajona de hacer el amor para la actividad sexual pero tal expresión insípida me resulta oportuna para los fines de este artículo.

Considerando todo lo anterior, salta a la vista la ridiculez de considerar todo instinto y gusto por la lucha y la guerra (en sentido amplio, repito) como una sublimación de la sexualidad reprimida. También es cierto que una de las maneras de apartar al hombre de su camino, y de dominarlo, sea poner en el centro de la vida y los intereses el sexo y la mujer. Pero no porque una sexualidad liberada y no reprimida (por usar la jerga freudo-progre-marcusiana) elimine la razón de ser del instinto y el gusto por la guerra, sino porque el pansexualismo reblandece y reduce a melaza el carácer y el cerebro, ocupa todos los espacios y le quita la vitalidad al varón.

Es un poco como cebar a alguien como un cerdo, viciarlo, inflarle monstruosamente la barriga hasta que no piense nada más que en comer, incapaz físicamente y psicológicamente de hacer otra cosa y dirigir sus energías en otras direcciones. Es posible hacer que el cebado piense sólo en la comida, pero no significa que los otros intereses de la vida, y los impulsos correspondientes, sean glotonería reprimida y sublimada, como diría un hipotético Freud del panglotonismo, en vez de histórico del pansexualismo.

El que hace el amor y no la guerra es el hombre que ha renunciado a una parte esencial de sí mismo, a la agresividad en sentido amplio. Que no es necesariamente ir a romperle la cabeza a alguien, aunque bien puede serlo como caso particular. Es el hombre que contrariamente a las apariencias, aunque tenga actitudes de macho no deja de ser un varón descentrado y dominado, por el sexo y por tanto por la mujer.

Este es el aquí el significado de la revolución sexual, de la moral permisiva y promiscua: es el procedimiento de fabricación en serie de los domesticados, la reducción de partes importantes de la población masculina al estado de hijos de las flores. Los ingenuos de la época pensaban que sería la época del sexo y del desenfreno, y en parte es así, naturalmente, pero sobre todo y en realidad era el inicio de la época del dominio de la mujer sobre el varón.

Este es el significado real del pansexualismo y la atmósfera que crea. Esto será siempre así por la misma naturaleza humana y del sexo; el hombre a un nivel más aparente es afirmativo y activo, a un nivel más sutil es la mujer quien es fascinante: fascina, atrae y por tanto es activa.

No siempre ha existido esta fijación obsesiva por el sexo que vivimos hoy, aliada del consumismo más desenfrenado; la misma vida sexual era más normal, apenas ayer. Pero la inflación del sexo y el pansexualismo ha llenado todo el espacio mental y social, todo se sexualiza; este carácter de la sociedad está precisamente a la raíz de la debilidad masculina, de su incapacidad de reaccionar ante la tiranía feminista, cada vez más evidente por todas partes y a todos los niveles.

El que hace el amor y no la guerra, en breve, es la expresion de una degeneración masculina que ha facilitado la propagación del feminismo, y diría más aún que es su condición necesaria. Esta penosa figura no se opone ni se opondrá al feminismo, porque es un varón incompleto y de clase inferior. Domesticado a través del sexo, aunque exteriormente pueda ser el tipo de un Don Juan, su libertad y su voluntad tienen la cadena medida.

En resumen, el tipo de hombre totalmente manipulable que resulta del abandono de la masculinidad verdadera, el tipo que los ideólogos de la antimasculinidad y el pansexualismo, los malos maestros, han forjado.

Voy a terminar con unas máximas de supervivencia elemental para jóvenes.

Olvidad las estupideces de los psicólogos, los educadores y los expertos. Alejaos de los apóstoles de la igualdad y de la nueva masculinidad como si fueran la peste, soltad ventosidades mentales y si es posible físicas frente a sus cursos de adoctrinamiento. Ignorad especialmente sus consejos para alcanzar la felicidad, porque son la receta perfecta para la infelicidad crónica y una vida de pastillas antidepresivas.

Pero sobre todo y lo más importante: haced el amor y haced la guerra.

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