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Moralismo Salutista

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Vivimos en la era del salutismo. Omnipresente es la preocupación por la comida sana, la vida sana y los hábitos saludables, continua la obsesión por bajar a toda costa un decimal más en las estadísticas de mortalidad y enfermedades, inmensamente fastidiosa la plaga de los expertos que aconsejan y expertean sobre todo ello.

Y es curioso porque los hábitos del ciudadano medio son cada vez menos saludables; no hay más que ver hasta qué punto vivimos en el reino de la pereza y la gula, fomentadas por la sociedad actual. Por razones principalmente consumistas, pero también porque, como todos los otros vicios que también son promovidos activamente hoy en día, debilitan al hombre.

Uno puede imaginarse al ciudadano del futuro como un ser de músculos atrofiados y aparato digestivo gigantesco, necesitado de máquinas para desplazarse, que consume continuamente porciones enormes de comida basura y bebidas azucaradas mientras lee revistas salutistas.

Los norteamericanos, punta de diamante de la sociedad del consumo y del bienestar, están realizando esfuerzos heroicos para acercarse a ese ideal.

También deja un poco perplejo todo este salutismo en una población que, muy lejos de ser saludable y sana, consume medicinas y asistencia médica en grandes cantidades, está afligida por fastidios físicos y psíquicos en gran número, vive debilitada y dependiente como nunca antes en la historia. La apariencia de salud generada por las estadísticas es engañosa y depende totalmente de medios artificiales; no tiene nada que ver con que se haya logrado una mayor salud, vigor y resistencia genuina, física y mucho menos psíquica. Más bien al contrario.

En efecto, sin negar las evidentes conquistas de la medicina moderna, hay que matizar bastante su significado. Por ejemplo en el aumento de la esperanza de vida, las estadísticas en buena medida mienten puesto que gran parte de ese aumento se debe a que hay mucha menos mortalidad infantil (especialmente durante el primer año) que hace unos siglos. Por tanto es falso que vivamos ahora varias décadas más que en épocas anteriores: en la Antigüedad muchos llegaban a viejos también y, para quienes superan la primera infancia, en realidad se han ganado veinte años de vida o menos.

Lo que no está mal, pero depende sobre todo de medios artificiales, no representa una mayor salud real y, de cualquier manera, muestra lo falso que es considerar el pasado una época de vida corta, miserable y enferma.

Hablando en general de la enfermedad, es imposible eliminarla, por mucho que nos vendan lo contrario y aunque el salutismo se apoye en esa ilusión. Siempre habrá enfermedad y muerte porque son parte de la vida, la obsesión por negarlas que hoy nos domina se debe considerar una aberración y un desequilibrio mental. Lo que sí estamos consiguiendo, por cierto, con el abuso de medicinas y la medicina tecnológica es, por un aparte, crear cepas de microorganismos resistentes al tratamiento, por otra debilitarnos nosotros mismos cada vez más.

Imaginemos por un momento que un dios malicioso llega y elimina de un plumazo todas las prótesis, las ayudas y los aparatos de la medicina, dejando a cada ser humano solo consigo mismo, con su cuerpo y su verdadero estado de salud. Después de la primera escabechina la imagen de la humanidad resultante, especialmente en los países desarrollados, sería lamentable. El resultado de este ejercicio mental nos habla de nuestro verdadero estado de la salud mucho más que toneladas de estadísticas; nos ilustra la endeblez de fondo, los peligros implícitos en el mito de la “salud” y el “bienestar” actuales, que no están basados sobre una salud autentica, que pertenezca realmente al ser humano, sino en criterios externos y accesorios.

En esto como en otras cosas, las generaciones se han emancipado sólo para caer en nuevas dependencias.

El ejemplo principal es el de la campaña antitabaco, que no se limita a proteger de los efectos negativos del humo –innegables pero que habría que comparar con todos los demás venenos que respiramos o ingerimos– sino que acosa al fumador en un afán que sólo cabe llamar persecutorio.

Este moralismo, más allá de los motivos más o menos prácticos y racionales sobre la defensa de la salud, presenta un aspecto inconfundible de mojigatería. Y es precisamente esto lo que realmente es malo para la salud, ante todo mental.

La oposición sin cuartel al moralismo salutista es una necesaria profilaxis psicológica, una medicina preventiva interior esencial para el cuidado de la salud. En efecto, tener algún vicio es necesario y saludable, sobre todo si el vicio es malo para la salud.

Eso creo que lo sabían todos, y también los médicos antes de que nos volviéramos tan estúpidos como para pensar que la salud y la felicidad se pueden cuantificar.

Pero esto era antes del obtuso criterio que mira solamente las estadísticas, antes del necio dogmatismo que pretende cuantificar el bienestar humano y degradarlo a un procedimiento de optimización. Una mentalidad propia de un tiempo en el que domina la cantidad sobre la cualidad, la obsesión de medir todo, reducir el sentido de la vida y la felicidad humana a un problema de cálculo.

Sobre estos temas, además, no existe un auténtico debate sino sólo el juego de comisiones de expertos e intereses privados, sin tener en cuenta el sentir de la población cuya opinión es manejada y teledirigida.

En esto como en cualquier otra cosa, cabe añadir.

Naturalmente existe la cuestión de la responsabilidad personal por la propia salud y el deber de cuidarla, no sólo desde un punto de vista individual sino por los costes sociales que conlleva. La colectividad no tiene porqué aceptar los costes derivados de la irresponsabilidad de un individuo, especialmente cuando puede perjudicar a los demás.

Esta consideración en sí misma es correcta, pero es fácil –o debería serlo– ver que el buen sentido impone un límite a este principio; si no por otra cosa, porque si se aplica de manera consecuente y hasta el final, el resultado es una abyecta tiranía de los expertos, la clase médica y el Estado sobre la vida privada.

Una existencia en la que tuviéramos nuestra vida regulada hasta el último detalle, no se nos permitiera correr riesgos ni acciones que pudieran sernos perjudiciales, en la que tuviéramos vedado cualquier vicio, sería insoportable hasta para el más bovino y conformista de los seres humanos. Y precisamente ésta es la consecuencia lógica, fatal, de hacer responsable a la colectividad del cuidado de la salud individual, aplicando un principio que en sí mismo es correcto pero tiene consecuencias muy indeseables.

Llevando los principios a sus lógicas consecuencias la alternativa es: elegir entre una colectividad que no se hace cargo de nada, y por tanto cada uno queda abandonado a sí mismo y a lo que le pueda permitir su cuenta en el banco; o una colectividad que se hace cargo de todo y por tanto nos regula cada aspecto de la vida en una existencia sofocante por nuestro propio bien.

Aquí como en otros ámbitos, vale la máxima de que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones, y aquí tenemos el camino a dos infiernos diferentes, ambos con excelentes razones de su parte.

Tiene que ser posible un equilibrio, una vía intermedia y humana. Pero esta vía no se puede hallar por cálculo ni optimización, porque es la vía del buen sentido, del criterio humano y no el de la máquina, un equilibrio que está vedado hallar a la ceguera militante de los calculadores y los esterilizadores de la vida, una vía que requiere el ingrediente puramente humano de una pizca de filosofía.

Un criterio que tenga en cuenta que somos una comunidad y debe existir una solidaridad interna, con la contrapartida del deber de cuidar de la propia salud, pero al mismo tiempo que sepa aceptar una zona no optimizada de libertad, una medida de desorden que se expresa en actitudes y comportamientos contra la salud e incluso incívicos; y esto último en nombre, precisamente, de la salud y la civilización.

Además, cabe añadir que si ya debemos desconfiar y defendernos de la impertinente obsesión por regularnos la vida por nuestro bien en un mundo ideal donde la preocupación del poder sea sólo la salud, debemos desconfiar y defendernos muchísimo más en el mundo real de las lobbies, los intereses constituidos y la política al servicio de la economía.

Pero intentemos profundizar algo más, llegar al corazón del moralismo y la mentalidad salutista. Este carácter profundo se traiciona a sí mismo y se revela en la proliferación de mensajes que con el pretexto de la salud buscan estropear la diversión y la alegría dondequiera que las haya, recordándonos en cada momento los riesgos para la salud y la vida de lo que hacemos.

Podríamos personificar esta actitud en la figura de un viejo renegado y amargado, que en el fondo odia la vida, cuya aspiración y horizonte es un comedimiento y una moderación que no son los del sabio, sino los del pusilánime y temeroso sin energías ni vitalidad.

Esto nos da la clave, la pista para saber dónde buscar la esencia y el significado real de este particular moralismo: en el núcleo interior del salutismo, en su corazón mismo, se esconde a duras penas, como tabú no expresado, un terror abyecto de la muerte, de la enfermedad, de la vejez y del sufrimiento. Sobre todo de la muerte y la enfermedad, que se querrían abolir y se expulsan de la conciencia.

Esta potente deformación psicológica genera un terror paralizante que es el verdadero fondo detrás de la obsesiva atención por la salud. Y ello es precisamente lo que nos impide gozar de la vida. El rechazo de la muerte es el rechazo de la vida, una aberración propia de una sociedad sin luz, apagada, dominada por el miedo a la muerte y esclava de él hasta su fibra más íntima.

El verdadero carácter del salutismo queda así al desnudo, en su actitud de acobardamiento ante la vida, característica de una sociedad que pretende absurdamente fabricar la felicidad a través de la negación de la muerte y la enfermedad.

Sin embargo, como es evidente, todo ello es inútil: la muerte y la enfermedad son parte de la vida: después de haberlas expulsado por la puerta entran siempre por la ventana, revelando cuán necia es la veleidad de querer abolirlas.

Todo ello, subrayemos una vez más, repito, con una salud real cada vez más debilitada y una vitalidad cada vez más apagada. Proyectando al futuro la línea lógica de estas tendencias, podemos anticipar el solipsismo radical de una sociedad enferma y anémica, con seres humanos decrépitos, aterrorizados de cada corriente de aire y de cada infección, mantenidos en vida cada uno por sus por máquinas, estimulados artificialmente en sus centros de placer para exprimir una gota de goce de su cada vez más decaída vitalidad.

Todo esto plantea ciertamente incógnitas sobre el futuro: no debemos pensar que un delirio similar pueda prevalecer siempre, o siquiera triunfar por un largo período. Es siempre posible que las fuerzas de la vida, si de verdad conseguimos bloquear o limitar seriamente su flujo, restablezcan el equilibrio. Como rompiendo un dique en una acción compensatoria, vital y sanamente liberadora.

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