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ERNSTFALL EUROPEO La destrucción de nuestro mundo

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Ernstfall es una de esas palabras alemanas malamente pronunciables y que apenas admiten una traducción precisa. Ésta en particular es un concepto central en la reflexión del gran jurista y pensador político alemán Carl Schmitt, que podemos entender como “estado de emergencia”, “estado de excepción”, o “situación límite”. Un momento histórico en que se experimenta una ruptura, se presentan amenazas mortales y radicales, una condición que exige un cambio de rumbo y una acción decisiva, porque está en juego el futuro, se decide entre el renacimiento o la caída definitiva, el estado de libertad o esclavitud, la misma existencia de la comunidad, su identidad y su continuación como tal.

Es un punto en el cual se cruzan las líneas de la historia y de los futuros posibles, en el que ya no valen las normas aceptadas, las recetas, la pura gestión o administración, es necesaria una acción soberana por parte de la voluntad humana, porque del camino escogido depende que el porvenir sea oscuro o luminoso, que sigamos existiendo como nosotros mismos o que nos convirtamos en otra cosa, o simplemente que desaparezcamos.

Este estado de emergencia justifica una ruptura, una línea radical, en este momento en el que las normas aceptadas y las reglas pierden validez, se vuelven secundarias frente al fin supremo que es la propia existencia y la conservación de la propia identidad, el deber hacia nuestros hijos y ese gran organismo que es la civilización en la cual nos reconocemos.

En la historia se han dado muchas veces tales situaciones, ha habido continuamente ernstfälle porque el devenir histórico es una continua lucha por la existencia. Como en la vida biológica, ese organismo que es un pueblo, una nación, una cultura o una entera civilización, debe mantenerse y desarrollarse en un medio a veces benévolo, a veces hostil, y a veces grávido de amenazas mortales, de desafíos que forman un punto de crisis de cuya resolución depende el futuro. Históricamente los pueblos, colocados de frente a esta encrucijada decisiva, en esos puntos donde el destino se concentra como los rayos del sol en una lente, unas veces han superado la crisis y otras no.

Unas veces han fracasado porque han dado al respuesta equivocada o no estaban a la altura, o el desafío ha sido superior a sus fuerzas; entonces han desaparecido de la historia o han caído en la servidumbre. Otras veces, en cambio, han sabido reaccionar con la energía y la voluntad que el momento exigía y han logrado superar el examen de la historia: el más severo examen, que dictamina quién tiene derecho a continuar existiendo y quién se va a disolver en la corriente del tiempo.

Actualmente nos encontramos frente a uno de esos momentos, ante un ernstfall europeo. Nuestros pueblos, los pueblos de Europa como tales –y naturalmente entre ellos el español- están amenazados en su identidad y su misma existencia, en peligro de desaparecer, de ser disueltos y barridos de la historia.

La amenaza a la que se enfrenta Europa en este momento es doble. Por una parte a nivel cultural y social, con la gran destrucción de nuestra identidad en la gran homologación del sistema; disuelta y esterilizada en el estilo de vida destructivo y degenerado que promueve, en el olvido de la propia tradición y el propio ser, para sustituirlos por el vacío y la nada de una pseudocultura basura y la nada organizada de la sociedad del consumo, el dinero y la imagen. Por otra parte el proceso de sustitución étnica de los pueblos de Europa con pueblos alógenos, a través del hundimiento de la demografía europea y la inmigración de masa.

Estos son los dos frentes de la agresión contra Europa: la invasión ideológica, la degeneración social y la decadencia espiritual por un lado; la invasión inmigratoria y la colonización étnica por otro, que amenaza convertir a los europeos en una minoría en su propia tierra. Estas dos agresiones son de muy diferente naturaleza y operan a niveles distintos. Cada uno según su temperamento o su percepción podrá pensar que una de las dos es la realmente importante y el verdadero peligro, pero las dos juntas se combinan para dar forma al peligro mortal frente al que nos hallamos.

La amenaza espiritual es menos directamente visible, pero más insidiosa precisamente por esto: la pérdida de nuestra identidad y la degeneración de nuestros pueblos en masas decadentes y manipuladas requieren, para ser percibidas como tales, una cierta sensibilidad y una conciencia ya despierta. Su labor de corrosión y de podredumbre de la sociedad, la conciencia y el espíritu es lenta e invisible pero profunda.

En cambio la invasión étnica y los trastornos que conlleva, en la degradación de la convivencia y la sociedad, es de naturaleza elemental, física, cotidiana; puede ser observada por todos y sus consecuencias se sufren en el día a día. Sin embargo, a pesar de ello, la censura en los medios de desinformación y la traición de la casta política hacia su propia gente logra ocultar el problema. Por su parte, la sociedad en conjunto, desmotivada, narcotizada y atomizada en individuos profundamente egoístas se puede permitir el lujo momentáneo de ignorar la cuestión, seguir como si nada cambiara con la única diferencia de unos cuantos huéspedes más. Esa gran masa inerte llamada clase media seguirá tranquilamente con su mediocre manera de vivir, si acaso erigiendo algún pequeño muro para protegerse y cultivando su pequeño fetiche miserable de la calidad de vida.

¿Hasta cuándo? Hasta que los idiotas del estrés posvacacional y sus estúpidos hijos sin carácter, educados en el narcisismo, la no violencia, la ausencia de traumas y el cultivo de la autoestima, se despierten de su mundo de fantasía y de mentiras mediáticas, para salir a la calle y encontrarse con el Tercer Mundo en su propia casa, del cual ya no podrán escapar porque no tendrán donde refugiarse.

Sí tendrá siempre donde ir, en cambio, la canalla que habrá dado lugar a esa situación. Los políticos felones y traidores, los manipuladores en la sombra, los malos maestros, los destructores de Europa y asesinos de los pueblos.

Doble amenaza, como he apuntado antes, pero me parece claro que una de esas dos amenazas es más urgente que la otra, más inmediata, y es precisamente la amenaza de sustitución étnica.

En efecto, en esta situación de ernstfall europeo estamos amenazados tanto de destrucción espiritual como de destrucción étnica, y aunque no puede decirse que una sea más importante que la otra, una tiene remedio y la otra no. El dato cultural y la identidad son más elevados y superiores al puro dato racial, pero la raza, sin determinar la cultura, forma siempre la materia prima y la base. La madera y la piedra no son la escultura, pero la calidad de la madera o de la piedra son fundamentales para la calidad de la escultura.

La decadencia espiritual y cultural, el olvido de uno mismo y el hundimiento en el pantano de la degeneración, todo esto es gravísimo, pero existe la posibilidad de una vuelta atrás, de recordar lo que uno es, de renacer y salir del pantano inspirándose al propio pasado y la propia identidad. Se puede superar la enfermedad y la decadencia con un esfuerzo de voluntad, apelando a las energías profundas que están dormidas, hablando con nuestros padres y los que vinieron antes que nosotros y nos formaron, a través del mensaje que nos han dejado, para continuar nuestra aventura histórica mirando al futuro.

Lo que quiero decir es que la decadencia, la alienación de nuestra identidad y la pérdida de nuestras raíces son reversibles, existe una cura a la enfermedad, es posible esperar en la continuación de la propia civilización, siempre que exista aún el material humano capaz de hacerlo. La raza, la base étnica, el pueblo, como queramos llamarlo.

En cambio la sustitución étnica de los europeos por poblaciones procedentes de África u Oriente Medio, es irreversible, no hay vuelta atrás y significaría el fin de nuestra cultura y nuestra civilización tal como las entendemos. Si los europeos desaparecen su cultura y su herencia desaparecerán.

Naturalmente, el mundo no se termina aquí. Surgiría otra civilización, o más probablemente la semibarbarie a la que se encamina la mayor parte de los países africanos. El nivel de la cultura dependería ciertamente del nivel de la inmigración, pero en cualquier caso no sería ya la nuestra. Habríamos muerto como pueblos españoles y europeos. Y aunque la sustitución étnica nos trajera –que no es el caso desde luego- pueblos industriosos y con indudables cualidades, en vez del excedente demográfico de África, el discurso de fondo no cambia.

Si a España vinieran, pongamos, treinta o cuarenta millones de los mejores japoneses o chinos o indios, pueblos industriosos y de indudables cualidades de carácter y la inteligencia, quizá el resultado fuese una gran potencia industrial, económica y tecnológica. Y con el tiempo quizá también cultural. Pero no seríamos nosotros, ni sería un pueblo europeo, el pueblo español y su cultura habrían muerto.

Habría otra cosa en su lugar, indudablemente, pero nadie tiene el derecho de negar a un pueblo su aspiración fundamental a permanecer él mismo y preservar su identidad.

Podemos apreciar otras culturas y aprender de ellas, pero sin dejar de ser nosotros mismos y siempre desde nuestros criterios y puntos de referencia. Yo mismo aprecio algunos aspectos de ciertas culturas no europeas, pero ante todo amo la cultura y la identidad de la civilización en la que he nacido. Evidentemente no el degenerado estado actual en el que ha caído, que va bajo el nombre de Sistema Occidental, sino el legado histórico, cultural, la particular sensibilidad y manera de interpretar el mundo de quienes han construido nuestra civilización. Y no quiero que desaparezcan engullidos en la decadencia y el caos étnico.

Puedo apreciar al Otro y aprender de él, pero absolutamente nadie puede exigirme que renuncie a mí mismo, y si alguien pretende que renuncie a mí mismo es legítimo combatirlo con cualquier medio. En una situación de ernstfall todo medio es lícito para defenderse a sí mismo y mantener la propia identidad, porque este es el valor supremo al cual todo ha de subordinarse.

El derecho de los europeos a mantener su identidad, a permanecer sí mismos, a preservar su identidad y la tradición de que son herederos, es imprescriptible, sagrado y no negociable. Todo aquel que niegue a los europeos este derecho, todo aquel que persiga o favorezca la destrucción de los pueblos de Europa, es un enemigo. No un simple adversario sino un enemigo radical –distinción siguiendo otra vez Carl Schmitt- y debe ser apartado totalmente del poder o destruido.

Si los europeos se convierten en una minoría en su propia tierra, nadie continuará su civilización y ésta se perderá. Es inútil y profundamente engañoso que nos hablen de nuevos españoles de todos los colores porque no lo son; ni aprecian nuestra cultura ni están dispuestos a continuarla ni son capaces de ello. Y no lo harán.

Alguno podría hacerlo, es claro. Siempre ha habido algo de circulación y de mezcla entre los pueblos. Aquí es importante mantener los principios sin fanatismos: diez, cien, mil africanos o árabes o asiáticos pueden integrarse en España y convertirse en españoles, si tienen las cualidades pueden aportar seguramente algo, sus hijos ser españoles y sentirse tales, fusionándose cultural y genéticamente en el pueblo español. Pero si vienen millones de ellos y además tienen los hijos que nuestras descarriadas y mentalmente manipuladas mujeres ya no quieren tener, el resultado será la destrucción del pueblo español.

Es un concepto que el general De Gaulle enunció hace ya muchos años:

“Está muy bien que haya franceses amarillos, franceses negros, franceses morenos… eso demuestra que Francia está abierta a todas las razas y que tiene una vocación universal. Pero eso a condición de que sean una pequeña minoría, sino Francia dejaría de ser Francia. Somos ante todo un pueblo de raza blanca, de cultura griega y latina y de religión cristiana”

Ignoro qué diría hoy De Gaulle frente a la Francia de hoy, pero una cosa está clara: hace mucho tiempo ya que no son una pequeña minoría y es hora de cerrar las puertas, estableciendo las más severas limitaciones y también diferenciando por tipo de inmigración. Asimismo se debe abandonar el nefasto y suicida principio que da la nacionalidad a quien nace en un territorio porque es la receta para la autodestrucción. La nacionalidad se debe dar según el origen de los padres, las naturalizaciones no concederse de forma indiscriminada, limitarse la estancia de quienes han venido a trabajar y expulsar inmediatamente a quienes cometen delitos o entran ilegalmente.

La gran mayoría de los europeos comienza a darse cuenta de la situación, a pesar de la mentira y la desinformación sistemática operada por los medios, en manos de los enemigos de Europa. Los mismos que con una labor constante de zapa y corrupción social, han trabajado para instilarnos las ideologías de la degradación que nos debilitan, destruyen nuestra salud y nos dejan indefensos frente a estas amenazas. Con sus lenguas de serpiente han propagado una mentalidad inmunda, pretendiendo que nos sintamos culpables por querer conservar nuestra identidad y seguir siendo nosotros mismos, menospreciando el sano y vital amor por lo propio; criminalizando las sanas, legítimas y naturales reacciones de autodefensa frente a lo que desde cualquier punto de vista es una colonización y una invasión por parte de poblaciones alógenas que amenaza nuestra existencia y nuestro futuro como europeos.

Los europeos empiezan a estar hartos. Pero no lo suficiente. No con la suficiente presteza frente al caos que se avecina.

Estamos, en efecto, indefensos mentalmente y espiritualmente porque los mecanismos de defensa han sido eliminados, nuestro pulso vital ha sido reducido al mínimo por el veneno de la izquierda cultural y el progresismo, nuestra conciencia está drogada por las maquinaria de la mentira del sistema.

Nos han convertido en una sociedad de estúpidos que se distrae con estupideces y con el sexo de los ángeles, una sociedad donde la educación ha caído en manos de miserables y seres inferiores, que la han transformado en una apología de la debilidad, la falta de principios y el odio hacia la propia identidad.

Una sociedad donde ha desaparecido cualquier sentimiento de comunidad y donde las personas son cada vez más débiles. Esta es la sociedad que se enfrenta a la amenaza demográfica.

La guerra cultural, lo que más arriba denominaba el frente ideológico de la guerra contra Europa, es por tanto tan fundamental como la colonización étnica, porque precisamente es la victoria del marxismo cultural en la guerra ideológica lo que nos ha dejado sin defensas mentales frente a la invasión.

Es la misma basura ideológica que ha convencido las mujeres europeas a no tener hijos, el mismo veneno que ha convertido a los hombres europeos en mamarrachos, la misma inmundicia intelectual que ha rellenado las mentes europeas hasta el punto de dejarse manipular de la manera más repugnante por un humanitarismo mal entendido y por sentimientos de culpa artificialmente fomentados, para que no se rebelen ante los criminales planes de quienes quieren borrar de la historia a los europeos.

En el momento en que escribo estas líneas vivimos una grave crisis de refugiados (quizá muchos de ellos presuntos tales) que intentan entrar en Europa, a miles, por los dos puntos principales que son Italia a través de Libia, y especialmente los Balcanes a través de Turquía. Vienen, la mayoría, del caos de Oriente Medio.

Ya aquí debemos observar que este caos, precisamente, es el resultado de las políticas de Occidente y de los gobiernos europeos que, objetivamente, perjudican los intereses europeos y cuyas consecuencias recaen sobre los mismos pueblos de Europa a los que deberían servir. Los gobiernos, en la práctica, a pesar de la triste retórica democrática que ni siquiera el más tonto se puede ya creer, trabajan contra sus pueblos.

¿Por qué? Evidentemente porque siguen las órdenes y las directivas de otros poderes, poderes que quieren la ruina de Europa y de las gentes de Europa.

En el caso de Libia y la masiva inmigración clandestina que entra por allí, fueron los gobiernos europeos y la OTAN quienes derribaron el régimen de Gadafi para dar paso a la anarquía, una de cuyas consecuencias es la invasión de refugiados e inmigrantes que cruzan el mar desde los puertos libios. En este caso el pueblo italiano está pagando, clarísimamente, las consecuencias del vasallaje del gobierno italiano hacia la OTAN (es decir el amo americano), habiendo colaborado en una agresión militar que objetivamente ha perjudicado de manera grave los intereses italianos, económica y socialmente.

Asimismo, en la oleada de refugiados procedentes de Oriente Medio que intentan entrar en Europa, especialmente de Siria e Irak, la responsabilidad de Occidente en el caos y la desestabilización de estos dos países es evidente y apenas merece la pena comentarla. El servilismo de los gobiernillos de payasos europeos frente a los intereses de Estados Unidos e Israel, que persigue la destrucción de los países hostiles a la entidad sionista, es verdaderamente escandaloso. Y también en este caso esta política desgraciada recae sobre los pueblos de Europa.

En el caso de la emergencia de los refugiados, uno no puede evitar hacerse preguntas y observar que hay algo raro, algo como poco sospechoso. Ha habido un flujo creciente de refugiados ciertamente, pero la guerra siria dura desde hace al menos tres años, el caos en Irak y el control por el Estado Islámico (ISIS) de amplias zonas de Irak y Siria no es de ahora ni de los últimos meses. ¿Por qué empiezan a venir ahora en masas tales que crean una situación crítica? Porque Turquía ha decidido dejarles pasar y enviarlos a Europa, no sólo a refugiados auténticos sino a muchos que no lo son en absoluto.

Toda esta marea humana que entra por los Balcanes pasa necesariamente por Turquía o por las aguas vecinas, y además este país tiene una grave responsabilidad, puesto que ha apoyado siempre a los rebeldes sirios, que han contado allí con una frontera amiga desde el principio de la guerra. Se impone por tanto la sospecha, o más bien la certeza, de que alguien ha decidido que es el momento para provocar una oleada migratoria hacia Europa, alguien que es más grande que el gobierno turco y juega sus cartas en vista de su objetivo verdadero, que es inundar Europa con refugiados e inmigrantes.

Está bien dar asistencia a las víctimas de estas guerras, nadie dice que no, pero la primera y principal asistencia es abstenerse de políticas y agresiones criminales que generan estas crisis humanitarias. Y también ayudar, por ejemplo, al gobierno sirio e iraquí a aplastar a los fanáticos degolladores que están ahí por culpa de (o directamente financiados por) Occidente y las monarquías petrolíferas del Golfo.

En segundo lugar, lo lógico y humano sería que se prestara ayuda a los refugiados en el país más cercano (Turquía) hasta su repatriación, y que Europa proporcionara la ayuda necesaria para afrontar el problema (en personal especialista, en bienes, económica).

Huelga decir que esta política, razonable, humana y realista no será aplicada. Porque los amos del mundo y los gobiernillos traidores de Europa, lo que persiguen es aumentar el caos y llenar Europa con refugiados, sin importar el coste humano.

El problema, sin embargo, es más amplio que el caos de Oriente Medio. Aunque éste se resolviera y volviera la paz –que no será así durante mucho tiempo- tenemos siempre el hecho bruto, elemental, de que los europeos cada vez tienen menos hijos y los únicos que de verdad los tienen son los inmigrantes y sus descendientes; tenemos la fuerte natalidad de los países árabes y la explosión demográfica en África, que en las próximas décadas traerá cientos de millones de nuevos africanos a ese continente.

Un exceso de población que evidentemente buscará una salida en Europa y, si no se toman medidas urgentes y severas, simplemente nos sumergirá como ya está sumergiendo partes de nuestro continente. Es una situación que no puede más que empeorar, un auténtico colapso demográfico que dejará a las poblaciones blancas de Europa en minoría y sin un espacio vital, sin el territorio proprio que todos los pueblos necesitan para vivir.

Esta situación, grave y difícil ya en sí misma, se vuelve crítica por la existencia de un odio ideológico hacia Europa, que han logrado meter en la cabeza a los europeos mismos; una campaña sibilina, reptante, insidiosa, contra la cultura, las razas y los pueblos de Europa.

Esta es la amenaza mortal, el ernstfall, el punto crítico del destino donde está en juego todo nuestro futuro y la existencia de nuestra civilización. Si no se pone remedio a esto desde ahora, dentro de cien años España y Europa no existirán, nuestros nietos vivirán en un mundo empobrecido y tercermundista, con una existencia probablemente precaria e insegura por el pecado original de ser de origen europeo; un mundo en el que la civilización europea y blanca será como mucho un parque temático o un objeto de museo.

Para algunos esta perspectiva es deseable o es deja indiferente; les da igual que dentro de un siglo no existan los pueblos de Europa o incluso les parece bien.

Estos, para mí, son gentuza. Escoria, miserables, el enemigo absoluto merecedor del máximo desprecio. Sin medias tintas ni matices.

Y nuestro deber es combatirles sin tregua y sin cuartel, porque si perdemos no habrá valido la pena tener hijos, educarles, donarles nuestro esfuerzo y dedicación para intentar transmitirles lo mejor de nosotros. Ni habrá valido la sangre, el espíritu y el sacrificio de quienes vinieron antes que nosotros y nos han pasado el testimonio, el fuego sagrado que no debemos permitir que sea extinguido por los enemigos de nuestra estirpe.

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