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Los últimos de Filipinas

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El 30 de junio de 1899, el líder insurrecto filipino perdonó la vida a los 33 cadavéricos supervivientes españoles del Batallón Expedicionario nº 2, después de que éstos abandonasen, por su propio pie, la desvencijada iglesia de Baler, tras permanecer sitiados a lo largo de 337 días. Emilio Aguinaldo no dudó en detenerse para reconocer al derrotado enemigo por haber logrado algo insólito: sobrevivir aquel terrorífico sitio durante nada menos que 11 meses.

Fuera de esa vieja iglesia, la guerra contra la metrópoli había terminado. Hacía más de 10 meses que Manila ya no era, oficialmente, territorio español. Aguinaldo, presidente del archipiélago ocupado por los Estados Unidos, pero llamado a constituirse en la primera república moderna de Asia, magnánimamente calificó a ese puñado de kastilas (españoles), el último batallón del Imperio, como "amigos", por "protagonizar una epopeya propia de los hijos del Cid y de Pelayo”.... y, “por el valor, la constancia y el heroísmo con el que han defendido su bandera por espacio de un año". Mientras, no pocos civiles y militares en España se reprochaban, en voz baja, el haber vivido del pasado para poder así subestimar al enemigo, por aquel entonces incipiente, EE.UU. La realidad mostraba por igual a filipinos y españoles la emergencia de la nueva gran potencia militar. Había llegado el siglo XX.

Fue el Comandante Frederick Funston en una carta, al traducir en 1910 el libro del Teniente Saturnino Martín Cerezo, en el Libro de Notas sobre Procedimientos del Instituto Naval de EE.UU., donde recomendaba a cada oficial y a cada soldado que leyera el relato, porque “a quien ésta simple y modesta historia de heroísmo y cumplimiento de las obligaciones no le anime a hacer grandes cosas, sin duda debe tener el corazón de una liebre".

Varias décadas después, en 1945, durante la campaña del Cincuentenario, se tarareó en España el eco nostálgico del Imperio con la música de “Yo te diré”, la canción del filme “Los últimos de Filipinas”, rodada en Torremolinos con Armando Calvo, José Nieto, Guillermo Marín, Manolo Morán y un joven Fernando Rey. Todo un clásico del cine español, más célebre por la canción que por su rigor histórico, según reconoció su director, Antonio Román.

PELEAREMOS HASTA MORIR Y MORIREMOS MATANDO

Al llegar a Baler, una pequeña aldea costera fundada por los franciscanos a 232 kilómetros de Manila, en la costa oriental de Luzón, al noreste de Manila, el 12 de febrero de 1898, eran 55 hombres inseguros y mal armados para rodearse de selva, mar, montaña, y una población pro‑katipunera (independentista) de 1.900 almas, al otro lado de la impenetrable Sierra Madre.

Aquellos 50 soldados, 3 oficiales, el médico y el sanitario mascullaban para sí el recuerdo de apenas unos meses atrás, en octubre pasado, cuando el destacamento del Teniente Mota, hospedado en casa del maestro Lucio, sufrió el asalto a bolo (machete) que acabó violentamente con el propio Teniente y 9 kastilas más. Doce de los que posteriormente serían héroes de Baler también estuvieron ahí. Ya conocían Baler en primera persona.

A nadie se le escapaba que la cabecera del distrito Príncipe (hoy provincia de Aurora) era una ratonera. Y la firma de la Paz de Biac‑nabac‑tó apenas una tregua. El 27 de junio se terminan las dudas. Los vecinos se alejan de sus chozas de nipa y bambú ante el inminente ataque. Sólo queda la opción de refugiarse de los silencios de la selva en la única construcción sólida, la iglesia de mampostería con cal y arena, con todo el acopio posible de víveres y municiones, abundante aún desde que partieran los 400 hombres que habían estado en el pueblo a primeros de año, con la misión quimérica de pacificar la zona.

Tres días después, el Cabo veterano Jesús García Quijano, de 24 años, de pronto cae herido por una bala en el talón del pie izquierdo durante una descubierta alrededor de la iglesia. Ni por delirio podía imaginar este campesino palentino el dolor y la humedad tropical que impide cerrar las heridas que iba a sufrir durante los próximos once meses. Ni tampoco que bajo esa improvisada bandera rojigualda en la torre se fraguaba en sangre la última conquista del imperio español.

Julio: mientras negocian en varias tentativas, algunas con intercambio de regalos (botella de Jerez, tabaco de marca...), dentro construyen un pozo, terraplenan todos los huecos, se alternan sueño y vigilancia, construyen un horno, cavan trincheras, sudan la humedad irrespirable y susurran ante el altar algún: Señor, morir habemos, ya lo sabemos.

Agosto: el 4 matan de un tiro desde la iglesia al soldado mallorquín Jaime Caldentey, que había desertado el día anterior. El 13, Manila cae en manos norteamericanas tras un simulacro de batalla pactado entre el general Jáudene y el almirante Dewey para salvar la cara de la rendición. En Baler se intercambian disparos y cañonazos. Mientras, dentro no dan crédito a esas invenciones. En todo caso, confían en que ningún ejército deja abandonado un destacamento durante mucho tiempo. Los insurrectos, liderados por el Coronel Calixto Villacorta, envían a los párrocos españoles López y Minaya, que quedan retenidos (pese a ser "dos bocas inútiles" según el Teniente Martín Cerezo) por orden del Capitán Las Morenas, Comandante Político‑Militar del Distrito del Príncipe.

Septiembre: mueren el párroco Carreño, por beriberi (avitaminosis), y el soldado Francisco Rovira por disentería. Crece la angustia ante la imposibilidad de responder a los cañonazos, la humedad que pudre los alimentos, los gritos con noticias confusas, las heridas de bala, los harapos y pies descalzos, el cansancio mental y físico, la oscuridad...

Octubre: cinco fallecidos, entre ellos el Primer Teniente Alonso Zayas. El tiempo avanza muy lentamente en las antípodas del mapa del mundo visto desde España.

Noviembre: otros 5 muertos por beriberi. Entre ellos el Capitán Las Morenas, quien en pleno delirio amnistía a los sitiadores si deponen las armas. Voces de mujeres, como objeto del deseo, y lista de enfermos, en la que figura el lugar deseado por cada uno para su fosa. Sin apenas ventilación, la humedad y el hedor a excrementos hacen cada día más irrespirable el aire.

Diciembre: mientras, en París, el día 10, se firma el Tratado por el que España vende el archipiélago a EE.UU. por 20 millones de dólares, en Baler ya casi todos están enfermos, incluido el médico Vigil. Han fallecido 11 por beriberi, y la muerte inminente por desnutrición parece inevitable.

El día 14 tiene lugar el último estertor del Imperio español. En salida desesperada del Cabo Olivares y 14 soldados, queman gran parte del pueblo (incluida la vecina casa‑cuartel de la Guardia Civil) para conquistar una huerta cercana, de la que arrancan brotes de calabaza y hojas de naranjo. Vencen a la letal epidemia. 167 días después, se abren las puertas para oxigenar la desvencijada iglesia convertida a un tiempo en cárcel y cementerio. Charanga y cánticos navideños, aunque para Nochebuena ya se ha restablecido el cerco anterior. El día de Navidad llega un Capitán español, prisionero de guerra, y un franciscano, a quienes dentro toman por cómplices bajo amenazas de los tagalos.

Curiosa paradoja de la Historia: la quema por los propios españoles del cuartel de la Guardia Civil resultará, a la postre, la última conquista del Imperio donde no se ponía el Sol.

Enero 1899: les llegan unos lotes de periódicos de Manila que, según el Teniente Cerezo, “da asco leer por las vilezas que publican”: victoria katipunera contra la Madre Kastila y, al mismo tiempo, ¿venta a EE.UU. en París, 6 meses después de capitular Manila? Así era, en efecto, como también que, mientras en la vecina Malolos, Aguinaldo abre un Congreso constituyente para redactar la Carta Magna de la nueva República, dentro sobreviven devorando todo lo que se mueve: culebras, ratas, la perrita del difunto Capitán...

Febrero: el 4 estalla la guerra filipinoamericana. Mueren 3.000 filipinos sólo en un bombardeo. Llega a Baler el Capitán español Olmedo, emisario del General De los Ríos y amigo del difunto Las Morenas, pero la “puesta en escena” no resulta coherente al Teniente Cerezo. El 24, dos soldados y un cabo son encadenados en el baptisterio tras intentar desertar. Morir habemos, ya lo sabemos.

Marzo: en palabras del Teniente Cerezo, "mucho supone en el fragor de la batalla el ataque a la batería formidable; mucho el cruzarse con las bayonetas enemigas; pero aún hay algo más pavoroso, irresistible y difícil en la tenaz resistencia del que, una hora y otra hora, un día y otro día, sabe luchar contra la obsesión que le persigue: sostenerse tras la pared que le derriban y no ceder a los desfallecimientos del cansancio." Tres carabaos (búfalos) aparecen ‑para mayor gloria y alegría, frente a la iglesia. En pocos días son engullidos.

ABRIL: los filipinos envían un niño con una carta, que desde dentro es rechazada por bala sin rozarle la mano. El 12 llega un buque norteamericano, el Yorktown, con tiroteos en la inmensa playa de Baler, y júbilo entre los sitiadores filipinos. Confusión y desesperanza extrema entre cuatro paredes, en el otro extremo del planeta, rodeados por las 15 tumbas de compañeros caídos.

Mayo: se escapa con el enemigo el preso Alcaide al romper los grilletes, con todos los datos de dentro. La bandera ondea hecha un harapo por los cañonazos y las lluvias del trópico. Se repiten los gritos de los sitiadores insurrectos con ofertas de paz y amistad, pero el 27 la batalla es encarnizada. El 28 llega en el Uranus el Teniente Coronel Aguilar, pero, alucinados, en pleno delirio, ven a otro traidor en una nueva patraña fabricada por los tagalos. Por fortuna, el Teniente Coronel Aguilar deja atrás unos periódicos madrileños.

Junio: sin solución ni esperanza alguna de auxilio, la madrugada del 31 preparan la salida desde la desesperanza para abrirse paso hasta Manila la noche siguiente. El punto sin retorno en este viaje al corazón de las tinieblas llega cuando el Teniente ordena fusilar, a través de una ventanilla, al Cabo Vicente González Toca y al soldado Antonio Menache, tras 97 días presos encerrados en el baptisterio. Retrasada la huida por la luz de la luna, la mañana del 2 el Teniente relee en “El Imparcial” una nota breve sobre un conocido suyo de Málaga, que jamás podría ser una falsificación, y reúne a la tropa del último batallón imperial antes de izar la bandera blanca y tocar llamada. Pese al profundo temor compartido a las represalias: "Capitulamos porque no tenemos víveres, pero deseamos hacerlo honrosamente. Deseamos no quedar prisioneros de guerra y que ustedes admitan otras condiciones que expondremos, de las que levantaremos acta. Si se han de portar con nosotros de mala manera, han de decirlo porque en este caso no nos rendiremos. Pelearemos hasta morir y moriremos matando". El Teniente Coronel republicano Teeson, como jefe sitiador, y el teniente extremeño firman no causar "más ofensa a las personas". La gente de Baler huye despavorida ante el espectro de los 33 fantasmas que pululan por el pueblo.

AMISTAD DURADERA

Imaginar cómo actuarían hoy 50 jóvenes militares españoles encerrados durante 11 meses entre cuatro paredes, aislados en las antípodas del planeta, sin otra referencia que el sufrimiento extremo, o cómo reaccionaría ante su rendición un grupo revolucionario filipino, sin duda resultará subjetivo, porque la realidad, a menudo, puede superar a la ficción.

Antes de ser obligados a abandonar sus hogares en la empobrecida España rural para embarcarse hacia el Lejano Oriente, aquellos soldados ya se sabían cobayas humanas en una batalla perdida de antemano. Yo pondré la guerra, había avisado el magnate americano Hearst, a estos jóvenes del campo español, incapaces de reunir los 400 duros que costaba la redención del servicio militar en ultramar.

Superada su histórica aventura hacia la sinrazón, el 1 de septiembre de 1899 llegaron a Barcelona, en el vapor Alicante, los supervivientes de la epopeya de Baler. Arribaban a puerto los mismos héroes por quienes, desde meses atrás, se venía pidiendo auxilio y denunciando abandono en la prensa madrileña, en particular por el propio diario “El Imparcial”.

HE AQUÍ LOS HÉROES

Segundo Teniente Saturnino Martín Cerezo (Miajadas, Cáceres)

Médico Rogelio Vigil de Quiñones (Marbella, Málaga)

Cabo Jesús Gª Quijano (Viduerna, Palencia)

Cabo José Olivares (Caudete, Albacete)

Corneta Santos González (Mallén, Zaragoza)

Soldados:

Ramón Mir (Guisona, Lérida), Pedro Vila (Taltaull, Lérida), Domingo Castro (Aldeavieja, Ávila), Bernardino Sánchez (Guitiriz, Lugo), Emilio Fabregat (Monzón, Huesca), Miguel Pérez (Lebrija, Sevilla), Eustaquio Gopar (Tuineje, Fuerteventura), Marco Mateo (Tronchón, Teruel), Antonio Bouza (Petra, Mallorca), José Hernández (La Laguna, Tenerife), Marcelo Adrián (Buenache de Alarcón, Cuenca), Manuel Menor (Sevilla), Juan Chamizo (Valle de Abdalajís, Málaga), Luis Cervantes (Mula, Murcia), Francisco Real (Cieza, Murcia), Pedro Planas (San Juan de las Abadesas, Gerona), Timoteo López Larios (Alcoroches, Guadalajara), Ramón Ripollés (Morella, Castellón), Eufernio Sánchez (Puebla de Don Fadrique, Granada), José Martínez (Almeiras‑Culleredo, La Coruña), José Pineda (San Feliú de Codines, Barcelona), Felipe Castillo (Martos, Jaén), José Jiménez (Almonte, Huelva), Miguel Méndez (Puebla de Azaba, Salamanca), Ramón Buades (Carlet, Valencia), Loreto Gallego (Requena, Valencia), Vicente Predouzo (Mudelos‑Carballino-Orense) y Gregorio Catalán Valero (Osa de la Vega, Cuenca).

Más de un siglo después, estos hombres sobrevivieron, para unos, abocados a la absurda locura por puro abandono y necesidad. Para otros, protagonizaron de motu propio todo un ejemplo de casta, honor y estricto cumplimiento del deber. En cualquier caso, una lectura de sus 33 vidas desde la empatía, aporta significados muy vigentes en cualquiera de los cinco continentes. Su caso no deja de ser la historia, en minúsculas, del milagro de la supervivencia del ser humano.

Baler, hoy capital de una nueva provincia, Aurora, en nombre de la nuera del maestro Lucio, que alcanzó a ser Sargento en la Guardia Civil del archipiélago, un hecho extraordinario entre la totalidad de guardias indígenas que rara vez llegaban a cabo. Lucio Quezón murió ajusticiado por los insurrectos del Katipunan, tras ser acusado de colaboracionista con los kastilas. Su hijo, que durante el asedio tenía apenas 19 años, sería en su madurez quien hoy se recuerda, junto al poeta José Rizal, como uno de los pilares de la República Filipina: el Presidente Manuel Quezón.

¡España pluma y espada!

¡Gloria a los héroes!