Emigración: Un problema nada moderno
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Emigración: Un problema nada moderno

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SE ACABÓ el tabú sobre hablar de la EMIGRACIÓN, puro y duro… y directo a vuestra conciencia, porque en esta revista hay LIBERTAD y yo ejerzo mi derecho de expresión haciendo uso, que no abuso, de tal prerrogativa; si algún lector se siente ofendido, es libre de NO seguir leyendo una vez acabe este párrafo de introducción. Uno está hasta las narices de que le tachen de racista por opinar “distinto” sobre la invasión de Europa; me alegra leer el slogan de una campa-ña que vaga por Internet: “antirra-cista es una palabra clave para anti-blanco”… NADA HAY MÁS CIERTO… y si soy racista según ellos, LO SOY. Basta ya de medias tintas y tonterías que somos mayorcitos. Nosotros no caemos en las trampas del sistema y llamamos a cada cosa por su nombre, y además tenemos muy claro que la verdad NO es precisamente la que nos cuentan/venden. DICHO ESTÁ.

SIEMPRE, siempre, siempre, aquellos que ven en nosotros, los nacional-demócratas, una amenaza para el sistema, nos van a tachar en primer lugar de racistas por nuestras posturas antiemigración. Las ideas “racistas” que defendemos y que intentan abrir las conciencias de nuestros conciudadanos atentan muy direc-tamente contra esa falsa estructura social que nos quieren imponer, por ello tienen que atacarnos, calificán-donos de lo que no somos, para “alertar” al resto de la población y que así, se desmarque de nuestras posturas, por “violentas”, “xenófo-bas” y “racistas”, haciéndoles creer que somos poco menos que delin-cuentes violentos: una mentira más del sistema.

Hacemos bandera de esta política, y esto DUELE a los defensores del “stablishment”, porque ellos saben que el problema está ahí y que si la población toma conciencia del mis-mo antes de que éste sea imparable, se les acaba el montaje. Hemos de despertar a los españoles, a los europeos: ¡¡¡CIUDADANOS, NOS INVADEN!!! Es una muy bien estructurada estrategia del “Poder”, sí, con mayúscula, EL PODER, para acabar con la vieja Europa.

Os voy a dar argumentos podero-sos, herramientas de combate, ver-bos de sangre, palabras con fuerza que os han de ayudar en vuestra lucha dialéctica en la calle. Se vence siempre primero a uno mismo, y después, se derrota con la razón y se conquista por la fuerza…

PERO empecemos por el principio, algo tan obvio como el vocablo que utilizan para llamar al hecho en sí ES ERRÓNEO… Sí, sí, no es inmigración, no debería llamárseles inmigrantes. La marea extranjera que inunda Europa no es inmigración, que sí lo fueron, por ejemplo, los andaluces que se desplazaron a Barcelona a buscarse los cuartos en la época del desarrollismo español, allá por 1950… a eso sí se le puede llamar INMIGRACIÓN: movimiento de población DENTRO del mismo país, naturales del mismo que van de una región a otra… ¿Veis? Ya vamos mal, lo que nos viene de fuera no son inmigrantes sino EMIGRANTES, pero “ellos” nos hinchan la cabeza tanto con la palabra “inmigración” que ya no cabe la otra para definir lo que realmente son: EMIGRANTES… foráneos, extranjeros.

NO SOMOS TODOS ciudadanos del mundo, como decía Zapatero y al-guno más de la caterva multicultural que rodeaba a tan excelso y preclaro Presidente de la Nación; por ello no me da la gana llamar inmigrante al que viene del Senegal, Pekín o Colombia a trabajar a España… no son compatriotas, son extranjeros. Además, la gran mayoría ILEGALES, por lo que además les puedo calificar sin ofender a la verdad de DE-LINCUENTES, con todas las letras de la palabra sin omitir ninguna. Ahora, los “buenistas” dirán que me he pasado, que eso no es así, etc. etc… Digan lo que digan esos, quien entra ilegalmente en un país atenta contra el derecho e incumple con su acto unas leyes establecidas y en vigor, por lo tanto, es un delincuente.

Para ilustrar lo que os digo con un ejemplo comparativo os voy a con-tar la pequeña historia de mi padre (sí, sí… MI PADRE) como inmigrante en Alemania, allá por el año 61 del siglo pasado… Así tal vez valoréis mejor lo que significó aquella emi-gración (que no INMIGRACIÓN) española, italiana, griega, que trabajó en Centroeuropa como mano de obra no cualificada, y entendáis porqué la emigración actual es un verdadero problema. Mi padre, “un valensianet” con 25 años y el servicio militar cumplido, quiere recoger “uns duros” antes de casarse y decide ir a Alemania, concretamente a Offenbach am Main a trabajar; bueno, allí le envían, pues uno casi no podía elegir; la oficina de emigración alemana te catalogaba según tus capacidades laborales y estudios y te colocaba allá donde hicieras falta. Mi padre, con sus pocos estudios y su carnet de conducir “especial” obtenido en el servicio militar (sí, esa mili tan “mala” de la que todos tenemos algunos buenos re-cuerdos, y donde uno podía sacar algún provecho con empeño) cayó en la industria pesada alemana, en plena expansión… Y allí se fue mi padre: viaje pagado, pasaporte en vigor, contrato de trabajo, certifica-do médico y de “buena conducta” y residencia conocida (pues les facili-taban alojamiento en el mismo complejo industrial) a una fábrica de máquinas de ferrocarril. Estuvo allí el buen hombre un par de años, hizo sus ahorrillos, vino y se casó con mi madre, a la que “regaló” como viaje de novios un pasaporte junto a él a Alemania, donde quedó embarazada de mí y volvió sin acabar su contrato de un año para parirme en España (cosas de entonces)… Mi padre aún aguantó un año más y meses después de nacer yo en el 64 se vino a su país, con sus ahorros y lo aprendido allí… Además, tuvo que aprender a chapurrear algo de alemán para hacerse entender, cobraba lo que un trabajador alemán en su puesto, sin ayudas ni prebendas, ni tenía ningún tipo de subvención, exactamente igual que un ciudadano alemán, ni más ni menos. ¡Ah, por cierto! ¡Ni se le pasaba por la cabeza pedir carteles en español o algún trato de favor por ser inmigrante! Otra cosita, si no “te portabas bien” (o sea, delinquías, o incumplías tu contrato) te mandaban a casa deportado… y punto, sin problemas… lo mismo que los ILEGALES de ahora ¿verdad?

ESO FUE la EMIGRACION española en Europa, nada que ver con lo de ahora, por mucho que nos quieran hacer comulgar con ruedas de mo-lino. Todas las comparaciones son odiosas, pero esta es especialmente sangrante. Aquella inmigración, por poco cualificada que estuviese, colaboró como mano de obra necesaria en el desarrollo económico de esas naciones centroeuropeas que conformaron el núcleo de lo que hoy conocemos como Unión Europea… aquella Comunidad Europea del Carbón y del Acero que nació del Tratado de Roma.

Ese que os ilustro con el ejemplo es el PROBLEMA EVIDENTE: el emigrante que se cuela en Europa que viene como puede, sin saber leer ni escribir, sin vacunar, sin formar, además con cultura y raíces ajenas a la nuestra, con costumbres y religiones muy distintas, incluso con apariencia extraña; al que nada más llegar le dan ayudas, beneficios sociales, subvenciones, vivienda y le buscan trabajo. Además, si delinque y va a la cárcel sale de allí cobrando el paro y con la nacionalidad bajo el brazo, y por lo tanto, con derecho a pedir la reagrupación familiar y poderse traer así a su mujer e hijos, los que, como no podía ser de otra manera, se harán acreedores de otros tantos beneficios sociales, subvenciones, bonos escolares y demás. Así llegan, a montones, y no sólo aquí: los países limítrofes con el mediterráneo sufrimos más que ninguno la lacra de la invasión subsahariana; Francia, Grecia e Italia conocen como nosotros el problema de la emigración (llamémosla ya por su nombre) ile-gal; una invasión en toda regla.

Por cierto: ¿Qué ha ayudado a crear el emigrante ilegal en Europa? ¿Qué ha aportado al país en que se cuela? ¿Dónde están los beneficios de la emigración en la sociedad donde se implanta?

Y esto en sí no sería un problema grave si estas grandes masas no se asentaran definitivamente. Si su estancia fuera temporal o limitada y restringida en derechos, no acabaría formando parte sensible de la es-tructura cultural del país invadido, pero, contrariamente a lo que cabría esperar, este país articula una serie de “ayudas” a los emigrantes que favorecen no ya su llegada e implantación en el mercado de trabajo, sino su definitivo enquistamiento en el tejido social, del que NO participan, (véase sino los altercados en París en año nuevo, por ejemplo) y esto provoca otra serie de medidas encaminadas a evitar lo evidente: EL GUETTO.

El reagrupamiento familiar con que se les favorece, las ayudas económicas, los subsidios, las plazas escolares reservadas… todo ello quiere evitar lo inevitable: la auto-exclusión del emigrante de la socie-dad nativa de la que no se siente parte. Su cultura diferente, su distinta religión, sus costumbres extrañas a los nacionales, acaban creando un círculo interno de relaciones sociales del que muy pocos salen para participar del interés nacional. Las “buenas intenciones” y medidas político-sociales que surgen en algunos ám-bitos orientadas a paliar todo esto arrastra muchos fondos y provisio-nes del erario público, que acaban despilfarradas sin que hayan servido para el fin que fueron previstos. Los “multiculti”, progres, y oenejetas en general sacan mucha “pasta” con esto para financiar proyectos suicidas de inmersión cultural. INÚTIL LABOR.

Me extraña y mucho, que los man-damases de este país no aprecien lo evidente que rezuma de esta pro-blemática. En cualquier país civiliza-do existe una solidaridad intergene-racional que la aparición del inmi-grante deshace… se rompe la solidaridad histórica, la caja de resistencia de la Nación… Un inmigrante sorbe recursos que no ha generado ni él ni sus ascendientes, y tal vez, tampoco lleguen a generar sus descendien-tes… Es un recién llegado que recibe sin haber aportado nada. La red que teje las “enaguas”, las interioridades, el acervo social de una nación surge a través de siglos de interrelaciones económicas a pequeña y gran escala; la solidaridad intergeneracional que lleva a unos hijos a ser mantenidos por sus padres y a mantener después a sus vástagos, solidaridad también entre esta y otras familias de su comunidad reflejadas en el cooperativismo, y de todos éstos a su vez a apoyar la economía regional con su trabajo, que es pilar fundamental de la economía nacional, a la que sustenta y en la que a su vez se apoya cuando es necesario; todo esto, cae en pe-dazos cuando, en un nivel tan numeroso, aparece la figura del emigrante, además mayormente ilegal. Poco a poco se socavan los cimientos económico-sociales y las “enaguas” de la Nación desaparecen por el peso del parásito emigrante, insoportable a tan gran escala.

¿Qué país con SEIS MILLONES de parados puede soportar casi CINCO MILLONES de emigrantes extranje-ros? Esto se hunde, y algunos, los que menos debieran, miran para otro lado. A ver cómo venden ahora que la emigración venía a pagarnos las pensiones.

Encima de recibir numerosos recursos en ayudas; con los envíos de euros a su país de origen, además de llevarse fondos, con ello consiguen aumentar la tasa de inflación pues provocan una sensible disminución del dinero circulante, dinero que hincha las arcas de divisas del país receptor, en detrimento de la economía europea.

Esa cohesión interna sociocultural de la que os hablaba líneas arriba, elaborada, intrincada, interclasista, que se crea a lo largo de cientos de años de historia y trabajo en común, esta verdadera solidaridad intergeneracional que se rompe por la llegada de grandes masas de emigrantes extranjeros, es la que conforma el espíritu nacional en su más sutil esencia. Acabada ésta, poco o nada quedará de la Nación.

Y ahora aparece el PROBLEMA ME-NOS EVIDENTE, pero no por ello menos importante: hay que acabar con Europa, hay que diluir la sangre europea, mezclarla, para que así, sin su fuerza y su pujanza originales, “el poder” consiga que Europa deje de ser el “axis mundi”. La emigración permitida no es sino una herramienta para conseguir esto.

Hemos visto como, una vez estable-cida la emigración en el país, se en-quista y acaba siendo un foco de problemas para los nacionales, cuando no directamente una fuente de enfrentamientos directos entre sociedad y emigración. Estos problemas debilitan la sociedad receptora de la emigración, primero por divisiones internas en la misma, reflejadas en la falta de criterios comunes para afrontar el problema con soluciones verdaderamente proteccionistas para con los nacio-nales; y también por la posible lle-gada a las estructuras de ésta socie-dad por parte de emigrantes que, una vez en el poder, legislen “pro mihi” y en contra de los intereses de los nativos.

Una vez dinamitada la sociedad, su fin está cerca. Las tasas de natalidad de los nativos disminuyen en la misma medida que crecen las de emigrantes, cada vez más medios económicos son dedicados a sopor-tar esta invasión de población tan heterogénea, esta inmersión cultural forzada; sin cohesión, sin futuro, historia ni trabajo en común, la división final y la desaparición de las tradiciones ancestrales y las raíces culturales nacionales está asegurada.

Todo ello conlleva finalmente a la destrucción de la nación, al fin de Europa, que es lo que “aquellos” quieren conseguir. “Ellos” saben cómo nosotros que el mundo como lo conocemos es un concepto EU-ROPEO… Grecia y Roma primeros, como savia primigenia de la que beben nuestros ancestros, pero después España, Inglaterra, Francia, Alemania, Holanda… con la conquis-ta del orbe y la dominación de la tierra conocida a través de sus colo-nias, han hecho con la transmisión de su cultura allende los mares, un concepto único, un concepto euro-peo universalmente compartido de lo que debe ser la sociedad, de cómo debe entenderse la civilización. La civilización, como se concibe desde el siglo XVIII o es europea o no es. Esto también ha dejado su impronta en el modo de comportarse del europeo con el mundo: CONQUISTADOR.

Ese concepto del mundo tal y como lo concebimos hoy es el que quiere derrotar “el poder”, al que debe liquidar y sustituir para establecerse como verdaderamente dominante. La invasión predeterminada y con-sentida de Europa es un delito de lesa patria, y su único fin es acabar por inmersión con la cultura euro-pea, hoy dominante en el mundo. Esta invasión NO ES SINO una he-rramienta más de lucha en las más altas esferas por la supremacía mundial, que quieren para si en detrimento de los intereses culturales y raciales europeos.

El plan empezó con la llegada masiva de hindis y pakistaníes a la masónica Inglaterra del XIX, hoy Londres es una amalgama de razas insoportable; Alemania después de la I.G.M. recibió su dosis de inmigración en masa con la llegada de miles de sus aliados turcos, hoy tienen partido propio y votan sus leyes cuando les interesa; Francia a mediados de los 50 es allanada por argelinos, que viven hoy a costa del estado francés; y España, que por aquellas fechas bajo un gobierno firme se mantuvo al margen de las oleadas planeadas de emigración invasiva, quedando como el último bastión de las “naciones raciales”, ha sido llegar la democracia con sus permisivas leyes, y empezar las oleadas incontroladas de extranjeros. Esas leyes con su blandura extrema en estos temas, han ido consiguiendo que nos pon-gamos por encima de aquellas na-ciones en el ranking de invadidos.

Y ESTO TIENE MAL FIN, si no nos ponemos manos a la obra. Esa obra la hemos de llevar a cabo sin dudar, férreamente, con pura convicción, nosotros, los nacional-demócratas; seremos víctimas de exabruptos, maniobras torticeras, manipulacio-nes, pero hemos de permanecer firmes en la creencia de que traba-jamos para proteger A LOS NUES-TROS.
Se nos lanza siempre en contra por parte de los partidarios del sistema, perroflautas y otras hierbas (algunas de éstas se las fuman) que no queremos emigración en nuestro país, que odiamos a los extranjeros, que nuestro racismo es odio contra el de fuera… Este falso argumento es un bumerán que les puede golpear de vuelta en plena jeta; muy sencillo… Igual que uno no abre a todo el mundo la puerta de su casa por muchos que llamen al timbre; de igual manera la frontera de un país debe ser permeable a la invasión. Solo los extranjeros cualificados, los trabaja-dores, los honrados deben tener cabida en nuestra nación. Esos emi-grantes sí son bienvenidos, pues vienen verdaderamente a producir. Su control necesario no irá orienta-do a prohibir su entrada; sin embar-go, a todo aquel emigrante ilegal e indocumentado que intente el cruce o haya cruzado la frontera, debe aplicársele la ley con el rigor que exija su exacto cumplimiento. Las políticas bilaterales de extradición serán cuando menos, fomentadas, para así poder hacer frente a la emigración indeseada.

Para que esto sea así, se deben cambiar RADICALMENTE las leyes sobre “inmigración” de este país. Además, la labor interna de lucha contra la inmersión cultural debe ser radical: hay que acabar con la multiculturalidad. Por supuesto que los emigrantes pueden conservar sus usos y costumbres, pero debe establecerse como una obligación que respeten las costumbres nacionales, en cuanto a cultura, religión y comportamiento. Conocer no sólo la lengua, sino las tradiciones y cultura nativas debe ser inculcado en el emigrante: este no es su país, si no aceptan las condiciones legales establecidas para vivir y trabajar en España, pueden volver a su tierra con la misma libertad que se han plantado en nuestra nación.

Así las cosas empezarán a volver al cauce del que NUNCA debieran haber salido; ESPAÑA es para los españoles, por supuesto y también, como no, para los emigrantes que queramos los españoles. Ese es el orden natural de las cosas. EUROPA debe trabajar también en este problema, aunque lleva muchos años impregnada de “sabor extranjero” y puede serle más difícil; nuestra tarea no será fácil tampoco, pero cuanto antes subvirtamos el sistema de cosas actual, antes podremos tomar iniciativas a este respecto. TOMAR CONCIENCIA de la emigración como mal mayor, y dejar de entenderla como algo soportable por nosotros, es una parte importante de LA LUCHA: el principio.

A FORTIORI

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